Ricardo Sodi y la justicia del terror
Para mí, la primera pesadilla es sobre la prisión sin juicio, no porque me lo hayan platicado, sino porque yo vi a Videla y a Pinochet. Pero si yo fuera presidente, mi pesadilla sería que un Congreso muy poderoso no se va contra los insignificantes, sino que se va contra los presidentes. No lo digo yo, lo dice la historia.
En su ingreso a la Academia Mexicana de Jurisprudencia y Legislación, Ricardo Sodi nos brindó anoche una conferencia muy interesante en reflexiones y muy espeluznante en sugestiones.
Su tesis esencial fue una documentada reseña histórica de la justicia y de los juristas alemanes antes, durante y después del Tercer Reich. Sostiene que fue la misma línea de pensamiento, de legislación y de comportamiento desde la República de Weimar de 1918 a 1933, la entronización del nazismo de 1933 a 1945 y se sostuvo ya terminada la guerra, hasta que giró con la fundación de la comunidad europea en 1993 y sus cambios generacionales.
Como buen conocedor que es de la historia jurídica, el expositor me invitó a una reflexión ineludible. Para una sociedad, la ley puede ser impuesta o puede ser dispuesta. Es impuesta la que le ensartan contra su voluntad, contra sus creencias o contra sus esperanzas. Se la impone una potencia extranjera o una tiranía unipersonal o una dictadura colectiva. Han existido dictaduras de grupo, de partido, de milicia, de clero, de capital, de proletariado, de cartel y hasta de mayoría.
Por el contrario, es ley dispuesta la que gesta la misma sociedad porque coincide con sus ideas y con sus deseos. Ése es el pavoroso caso que nos planteó el conferenciante. El nazismo no fue una aberrante imposición dictatorial, sino la ideología y la idolatría de un pueblo seducido por sus supuestas superioridad y exclusividad. Pero la camarilla nazi no inventó el nazismo, sino que éste ya existía mucho antes que ellos.
De allí que muchas veces la ley es el producto resultante de lo que desea una sociedad. Que la ley hórrida no es un invento de un bufete hórrido sino el engendro de una sociedad hórrida. Por eso, sus leyes de posguerra fueron tan discriminativas y tan poco humanistas como lo fueron las de la guerra y las de la preguerra. Y aquí viene el mensaje terrible de la conferencia. Que hay leyes y justicia hórridas donde hay ideas y sociedades hórridas.
Cuando salí del recinto me acompañó el grato sabor de las reflexiones nuevas a las que me invitó la disertación de mi amigo, así como la confirmación de algunas ideas que ya he tenido fincadas desde hace mucho tiempo. En el trayecto cerré los ojos, recordé que era la noche de brujas y me invadieron los temores. No me espantan las brujas, sino confieso que hasta me gustan. Pero sí me espantan las sociedades hórridas, sobre todo cuando se meten a legislar.
Ante los fantasmas de una posible constitución tiránica, la primera pesadilla de algunos es sobre la propiedad privada, quizá porque a ellos les han platicado de Lenin y de Mao. Para mí, la primera pesadilla es sobre la prisión sin juicio, no porque me lo hayan platicado, sino porque yo vi a Videla y a Pinochet. Pero si yo fuera presidente, mi pesadilla sería que un Congreso muy poderoso no se va contra los insignificantes, sino que se va contra los presidentes. No lo digo yo, lo dice la historia.
Tantos años viviendo entre la abogacía, la fiscalía y la política me han advertido que muchas de nuestras sociedades y de nuestros gobiernos en todo el mundo desarrollado andan muy mal del alma y muy mal de la mente. La ley puede corregir sus comportamientos, pero nada puede hacer con sus sentimientos ni con sus pensamientos.
La ley es tan sólo el espejo, pero la sociedad es el reflejo. En realidad, mi espejo nunca es el feo. En realidad, el feo soy yo. Así se me apareció la sociedad mexicana cuando cerré los ojos. Lo feo no son nuestras leyes. Lo feo son sus autores.
Cuando entré a mi casa, por fin me reí al mirar a las catrinas, que siempre me hacen dudar si los muertos están vivos o si los vivos están muertos. La verdad, siempre me ha gustado esa duda y mucho me gusta sentir que no soy un cartesiano solitario.
