Revocación de mandato o pérdida del poder

En la política real no existe la revocación de mandato. El sexenio dura lo que dura el poder. Ni un día más ni un día menos. En mi modesto librito La teoría del poder como ciencia exacta menciono que el sexenio es una medida de tiempo político, no una medida de poder político.

Los sexenios no siempre duran seis años. Algunos han durado 10, siete, cinco o cuatro años. Algunos nunca comenzaron. Por eso hemos tenido presidentes sin banda y hemos tenido bandas sin presidente. La verdadera ecuación tiempo-poder no reside en la duración del mandato, sino en la duración del poder. Para revocar el mandato se necesitan 40 millones de ciudadanos. Para perder el poder basta con 40 personas. 

Hoy se habla mucho de la revocación de mandato y, en lo personal, no creo en ella. La siento pérfida, rémora, pérpera, móndriga y sátrapa. No creo que haya servido en país alguno. Cuando se ha realizado, tan sólo ha cambiado el presidente, pero no cambia el régimen, tal como sucedió en Estados Unidos en 1974. O como la repugnante revocación de mandato que tuvieron en 1963.

Si se diera en México, la bancada mayoritaria elegiría como presidente sustituto entre los miembros de su partido. Si ganara uno de sus bandos, elegirían a García Harfuch, Marcelo Ebrard, Edgar Amador o Ricardo Monreal. Si ganara el otro de sus bandos, elegirían a Adán Augusto, Mario Delgado, Luisa María Alcalde o Noroña. Pero no se ilusionen los aficionados del fuego amigo.

Mi siempre amigo Olegario Vázquez Raña me decía que el poder político es como un bloque de hielo. Si lo utilizamos, se gasta y se acaba. Si no lo usamos, se derrite y se acaba. Es mejor aprovecharlo mientras dura y no perderlo en su abandono. Por eso, un gobernante debe saber medir el tiempo-poder que tarda en llegar el éxito o el fracaso. 

Julio César, Luis XIV, Lincoln, Madero y Roosevelt llegaron y se fueron en el tiempo perfecto. A Porfirio le sobró tiempo. Dos años menos de presidencia lo hubieran llevado a la gloria histórica. A Napoleón le faltó tiempo. Dos horas más en Waterloo le hubieran dado la victoria y cambiado la historia del planeta. Los abuelos nos deseaban respecto al tiempo, el poder, el amor y el dinero, “que nunca te falte y que nunca te sobre”. 

Por eso, un viaducto elevado se logra en un año y sólo requiere dinero. Pero una línea del Metro es algo mucho más complicado y se lleva tres años de construcción. Lograr una nación estable se obtiene en 10 años de muy buen talento político. Construir un país seguro nos lleva como 15 años de voluntad, de inversión y de valentía. Alcanzar una economía fuerte ya es más tardado. Se lleva como 20 años. 

Por último, el sueño dorado del gobernante. Ingresar a la gloria histórica. Eso tarda en llegar, cuando menos, 25 años. La política se mide por sexenios, pero la gloria de la historia se mide por siglos. La certificación del éxito es tardada, pero la constancia del fracaso es inmediata. 

Alguna vez le dije a un importante político que el mejor año de su sexenio debería ser el séptimo. Aquel en el que más lo apreciaran, más lo emularan, más lo respetaran y más lo extrañaran. Nunca me creyó y se dedicó tan sólo a su presente. Hoy, no lo aprecian, no lo emulan y no lo extrañan. Todos pensamos que todos pensamos. Descartes dudaría y Sócrates se reiría mucho.

En cambio, el sexenio de Adolfo López Mateos culminó pleno de victoria. Incluso los mexicanos siguieron venerándolo los cinco años que sobrevivió a su sexenio y hasta lloraron su muerte. La gloria siempre lo acompañó. Así, la reina Ana recomendó a su hijo que su pueblo llorara su muerte y no la festejara. Y el muchacho bien que la escuchó. 

El poder es prestado y es fugaz. El periodo presidencial suele concluir en retirada, en deserción o en derrota. El buen gobernante siempre evita merecer la pérdida de su poder. El rey sólo debe caer cuando cae el trono. El presidente sólo debe caer cuando cae el régimen. Y el jinete sólo debe caer cuando cae su caballo.