Presidentes duros y presidentes blandos
Estoy casi seguro de que muchos mexicanos consideran que sus presidentes más duros han sido Gustavo Díaz Ordaz, Carlos Salinas de Gortari o Luis Echeverría. Pero, también, casi estoy seguro de que ninguno consideraría a Adolfo López Mateos como el presidente mexicano más duro de los últimos 80 años. Era muy duro porque era muy firme. Pero no lo demostraba porque no lo presumía
Hay presidentes que parecen muy temibles y que, en realidad, no son tan terribles. Por el contrario, hay presidentes que parecen muy afables y que, en realidad, no son tan amables. Las apariencias engañan, sobre todo en la política. El uniforme de dictador muchas veces no es más que el disfraz de un dictadorzuelo.
Nicolás Maduro habla como dictador, pero no lo es. Augusto Pinochet y Jorge Rafael Videla no hablaban como dictadores, pero lo eran. Maduro amenaza. Videla y Pinochet actuaban. Llenaban con disidentes los estadios-prisión. Colmaban con opositores las cárceles-mazmorras. Y repletaban con adversarios el paredón-panteón. Dan miedo hasta las simples novelas sobre la cárcel argentina de Trelew y la represión chilena de Puerto Montt. Y es que la dureza o la firmeza o la blandura de un gobernante no se nota en una imagen de pantalla, sino en una profunda radiografía política.
Estoy casi seguro de que muchos mexicanos consideran que sus presidentes más duros han sido Gustavo Díaz Ordaz, Carlos Salinas de Gortari o Luis Echeverría. Pero, también, casi estoy seguro de que ninguno consideraría a Adolfo López Mateos como el presidente mexicano más duro de los últimos 80 años.
Se recuerda su amabilidad, porque era muy amable. Se recuerda su simpatía, porque era muy simpático. Se recuerda su sencillez, porque era muy sencillo. Pero no se recuerda su dureza porque nunca se enojaba, nunca regañaba y nunca se peleaba.
Era muy duro porque era muy firme. Pero no lo demostraba porque no lo presumía. Sin embargo, de su dureza y de su firmeza podríamos preguntar a Demetrio Vallejo, a David Alfaro Siqueiros o a Rubén Jaramillo, si se trata de confrontación política. O podríamos preguntar a los invasores de predios y a los hambreadores de alimentos. O podríamos preguntar a los concesionarios ingleses de la electricidad.
A éstos, simplemente les dijo que tenía su pluma repleta de tinta, para firmar cheques de compraventa o expropiaciones de concesión. Que a él le costaría el mismo dinero la compra que la indemnización. Pero que, a ellos, les resultaría diferente cobrar en la notaría, de inmediato y sin gastos, o en la Suprema Corte, a cinco años y con abogados. El resultado fue la mexicanización eléctrica, sin expropiación.
Respecto a extranjeros, la firmeza de López Mateos zarandeó a John F. Kennedy y a Charles de Gaulle, los presidentes más duros de los últimos 70 años de Estados Unidos y de Francia. A ellos les dijo que “queremos recibirlos y homenajearlos en México. Pero, para eso, requerimos que devuelvan nuestras banderas capturadas cuando nos invadieron, sin que nosotros les hubiéramos hecho nada malo”.
Ésa sería una disculpa entre naciones. Kennedy y De Gaulle vinieron a México cargando las banderas mexicanas. No les estábamos pidiendo dinero, como se lo han dado a sus otros enemigos. Les estábamos ofreciendo reconciliación. No olvido, sino perdón.
No sé qué les tuvieron que decir a sus paisanos, pero nuestras banderas fueron sacadas de sus vitrinas de trofeos y desfiladas en México, desde luego, ya portadas por cadetes y militares mexicanos.
Por cierto, John F. Kennedy era durísimo, pero también su pueblo no lo considera así. Piensan que fueron más duros Nixon y Reagan. Sin embargo, cimbró a Nikita Jruschev y a Fidel Castro. Erizó desde a los racistas y hasta a la mafia. Pero López Mateos lo arrinconó cuando le contestó eso de “yo no soy corredor de inmuebles. Soy, como usted, un presidente, y no se equivoque ni se le olvide”. Y Kennedy devolvió El Chamizal.
El gobernante fuerte suele no demostrarlo. ¿Cuántas veces habrá amenazado Cárdenas a los petroleros? Ninguna. ¿Cuántas veces habrá amenazado López Portillo a los banqueros? Ninguna. ¿Cuántas veces habrá amenazado Salinas a La Quina? Ninguna. El malencarado Trump es un flan insípido junto al sonriente Bush. No se registra ningún enojo de Roosevelt, pero dobló y quebró al furibundo Hitler. Y todo político sensato considera al dócil Juan Pablo II como el Papa más temible de todo un siglo.
