Presidenta versus maximato

Por el bien de México, deseo que sea una Presidenta respetada, valiente y patriota. Que la quieran porque logre méritos, no porque diga mentiras. Que sea una Presidenta con banda y no una banda sin presidenta. Que se merezca ser llamada la-señora-Presidenta-de-la-República, como reconocimiento a su investidura y no como apodo lastimero o lastimoso.

Hace casi 10 años escribí El jefe de la banda, libro que fue generosamente recibido dentro y fuera del país. Más tarde escribí dos secuencias que me retribuyeron satisfacción y ahora se me ha ocurrido escribir La dama de la banda, sobre la futura Presidenta. Son libros que resaltan lo grato de nuestra política y no escarban en nuestros caños.

Por el bien de México, deseo que sea una Presidenta respetada, valiente y patriota. Que la quieran porque logre méritos, no porque diga mentiras. Que sea una Presidenta con banda y no una banda sin presidenta. Que se merezca ser llamada la-señora-Presidenta-de-la-República, como reconocimiento a su investidura y no como apodo lastimero o lastimoso.

Hoy, muchos suponen que vamos hacia un maximato. Pero bien dice Pascal Beltrán del Río que la futura Presidenta deberá cortar amarras. Si no lo hace por su voluntad, la obligarán los mercados, la ciudadanía, la opinión pública, los medios de comunicación y hasta nuestros países socios. Y, sobre todo, la realidad. Ningún poder político ha vencido a la realidad.

El maximato es un maximito. Sólo existió el de Plutarco Elías Calles y los cuatro presidentes que lo sucedieron fueron apodados popularmente como Los Peleles I, II, III y IV. El último fue Lázaro Cárdenas, quien frenó a Calles y hasta lo exilió del país. Los posteriores intentos nunca se realizaron.

Un maximato hoy es irrepetible, pese a que el presidente AMLO ya se ofreció para colaborar. Desde luego, los expresidentes alguna vez fueron requeridos para simbolizar la unión nacional, que no unión de partido. Ávila Camacho convocó a Calles y a Cárdenas para sumarse a su equipo durante la II Guerra Mundial. López Mateos invitó a los 7 presidentes aún vivos. No tan sólo a su antecesor, sino a todos ellos. No como signo de complicidad, sino de unidad.

El maximato es la perversión política que más nos repugna de todo un siglo. Todo lo demás lo hemos tolerado, menos esto. Hasta la ratería, la bufonería o la tontería. A todo Presidente la historia lo ha perdonado de cargar el sambenito de “el ratero”, “el payaso” o “el pendejo”, aunque bien se lo hayan ganado.

Pero la historia no perdona el maximato. Es tan dañoso y tan odioso que su simple rumor devaluó el peso casi en un 100% en un solo día de la transición del año 1976, después de 22 años de estabilidad paritaria.

Así, también, en 1994 sufrimos el llamado “error de diciembre”, con una devaluación repentina del 300 por ciento. Durante tres décadas, un velo cegador lo ha atribuido a la llegada de los nuevos presidente y secretario de Hacienda. Pero no fue por eso. Zedillo era un prestigiado economista del equipo salinista y con tendencias conservadoras. Jaime Serra fue el secretario de Economía del régimen anterior y constructor del TLC.

Lo que esos talentosos economistas, pero políticos lerdos, no alcanzaron a ver fue que, en el propio diciembre, su reforma judicial provocó un terror nacional porque cancelaba a toda la Suprema Corte de un solo jalón. Exactamente como lo que hoy se propone y cada quien sacará sus propias conclusiones. No sabían nada de política y no sabían nada de justicia.

Zedillo culpó al régimen anterior diciendo que “le habían dejado la economía prendida con alfileres”. Salinas respondió que “¿para qué carajos le quitó los alfileres?”. Y yo les diría, ¿no viste lo que provocaría tu reforma judicial, güey?

Volviendo a nuestro tema inicial, Cárdenas desapareció el maximato para siempre. Si leemos bien la historia y la política, cuando los presidentes mexicanos celebran la expropiación petrolera no es para engrandecer al sindicato ni para denigrar a los ingleses. Es para advertir a los expresidentes que no se les ocurra ni siquiera hablar.

Memento Lázarus. Acuérdense, expresidentes, que a Calles no lo tronaron por lo que mandaba, sino por lo que hablaba. No por sus órdenes, sino por sus palabras. Cárdenas no es el símbolo de la soberanía petrolera. Es el símbolo de la dignidad presidencial.

Temas: