Política nacional de sueños
En el caso de la inseguridad y la delincuencia, ¿qué les debemos decir a los mexicanos? ¿Les decimos la verdad que hemos rehusado por años o les decimos la mentira que nos embuten todas las mañanas? ¿Les decimos que ya perdimos esta guerra, así como una vez perdimos Texas y California? ¿O los dejamos que sigan soñando y que ellos solitos se vayan dando cuenta?
Todos los pueblos sueñan. Por eso, sus políticos requieren una “política nacional de sueños”. Esto no es una guasa, sino el crudo cinismo de la realpolitik. Por cierto, la única en la que creo.
Esa real política recomendaría a los políticos sólo dos métodos para con los mexicanos. Uno, despertarlos ya, para que no sueñen más. Otro, sedarlos prolongadamente para que despierten hasta el próximo sexenio. Para lo primero, se requiere mucha valentía. Para lo segundo, se necesita mucha inteligencia.
Si yo tuviera que mostrar ejemplos diría que Ernesto Zedillo nos despertó bruscamente y que Carlos Salinas nos adormeció largamente. Pero ambos, como fueron políticos realistas, asumieron y aplicaron su propia política nacional de sueños. Aclaro que no me refiero a una política de mentiras, sino de sueños, de esperanzas y de fortalezas.
Esto nos presenta advertencias reales y nos obliga a prevenciones reales. Son varios los millones de mexicanos que, por una parte, sueñan con un futuro nacional grande, ineludible e infalible, tal como lo hacen los chilenos, los franceses y los alemanes. No digo que son ingenuos ni ilusos. Son mexicanos esperanzados y optimistas que creen en una futura salvación nacional donde todo será mejor.
Pero, por otra parte, existen otros varios millones de mexicanos que sienten que nuestro pasado nacional fue lo mejor que pudimos tener y que éste es irrepetible, aunque inolvidable. No digo que sean mexicanos amargados ni catastrofistas. Yo diría que son mexicanos orgullosos y melancólicos que piensan, como los argentinos, los italianos y los ingleses, que nuestra mayor gloria ya pasó.
Pero, por debajo de esta contraposición, aparece una realidad terrible cuyo simple enunciado debiera ser la principal preocupación de nuestros gobernantes. Esos millones de mexicanos que sueñan, unos con el futuro y otros con el pasado, constituyen una abrumadora mayoría que concuerda en una coincidencia terrorífica. A casi todos los mexicanos no les gusta nuestro presente, no les gusta nuestra inseguridad, no les gusta nuestra corrupción, no les gusta nuestra política y, por último, no les gustan nuestros gobiernos.
Tomemos el caso de la inseguridad y la delincuencia. ¿Qué les debemos decir a los mexicanos? ¿Les decimos la verdad que hemos rehusado por años o les decimos la mentira que nos embuten todas las mañanas? ¿Les decimos que ya perdimos esta guerra, así como una vez perdimos Texas y California? ¿O los dejamos que sigan soñando y que ellos solitos se vayan dando cuenta?
A la legal y con un calabozazo a la Pancho Madero, esta guerra la perderemos. Las leyes, las policías, las fiscalías y las cárceles no nos ayudan. A la mala y con un bukelazo a la Pancho Villa, también la perderemos. Los malos tienen más gente, más armas, más dinero, más seriedad, más efectividad y más crueldad que los buenos.
Pero también así estamos en el asunto de la corrupción, del agua, de la salud o de la educación. En todos nuestros problemas estructurales los guindas, los colorados, los anaranjados y los azulados han valido para lo mismo.
Ya no importa si a los mexicanos se los decimos, sino ¿cuándo se los decimos?, ¿cómo se los decimos? y ¿quién se los dice? ¿En campaña, en interreino o en nuevo sexenio? ¿Se los dice AMLO, Xóchitl o Claudia? ¿Quién le entra? ¿Se los decimos poquito a poco, como lo hacen Putin y Netanyahu? ¿O se las soltamos de un jalón, como lo hacían Churchill y Kennedy?
No estoy diciendo que sean enfermedades terminales porque ésas no existen en el Estado. Pero sí que algunas tardan en remitirse. La economía argentina quizá se recupere en 50 años. La paz levantina quizá se instale en 100 años. Así es nuestra criminalidad. Ya no la midamos por sexenios sino por generaciones.
Si a la política mexicana se le pudiera agregar tan sólo un ingrediente milagroso, yo pediría la seriedad. Bien dice David Cantú que el león y el tigre son más espectaculares, pero el lobo nunca ha sido cirquero.
