El poder y la justicia en un Viernes Santo

 Ante todo, felicito a Pascal Beltrán del Río y a Imagen Multicast por acercarnos a Artemis II. Que el viaje a las estrellas nos inspire para llegar a la política de excelencia y a la justicia verdadera.

Hace casi dos mil años se realizó la reunión cumbre más importante que registra la historia. En ese Viernes Santo, en tres ocasiones se reunieron un joven e iluminado rabí judío y un astuto y preocupado procurador romano.

Para el mundo occidental, ese novel profeta no era tan sólo el hombre más humilde y solitario del más pobre y dominado pueblo del mundo. Era, ni más ni menos, el único hijo de su dios convertido en hombre. En términos de poder, era el hombre más poderoso que haya pisado la faz de la Tierra. El unigénito del dueño del universo y de la vida, porque ese dios había creado la vida y el universo para que desaparecieran el día que su dueño lo decidiera. 

Pues bien, durante su corta vida de tan sólo 33 años, Jesús nunca se reunió con algún mortal más importante que con Poncio Pilatos. Éste, era el representante del dueño del mundo, entonces llamado Claudio César Tiberio y apodado El Divino. Así, ni más ni menos, quedaron frente a frente el Hijo de Dios y el plenipotenciario del César. Por eso digo que, bajo esa óptica, el Congreso de Viena, la Cumbre de Teherán y otros mil coloquios carecen de importancia.

Ése ha sido el proceso más famoso, más breve, más sumario, más viciado y más importante de la historia. Pero, como paradoja, continúa sucediendo. Todos los días, en algún lugar del mundo, algún procurador de justicia se acobarda como se arrugó el procurador Poncio Pilatos. Todos los días, en algún lugar del mundo, alguien acusa en falso como falseó el sumo sacerdote Caifás. Todos los días, en algún lugar del mundo, alguien vende todo por monedas, como se vendió Judas Iscariote. Y todos los días, en algún lugar del mundo, alguien es sentenciado a la pura voluntad del capricho, como ejecutaron a Jesús de Nazaret.

Es cierto que Pilatos, Herodes y Caifás nunca violaron una garantía constitucional porque éstas no existían y ellos nunca supieron lo que era eso. Esto es un invento muy nuevo, con tan sólo 250 años de edad. Pero nosotros, que nacimos y vivimos en un mundo que ya conoce los principios jurídicos del proceso y las garantías constitucionales, todos los días los desobedecemos y los ninguneamos, con mayor culpa que la que cargaban esos ignorantes de la antigüedad.  

Es cierto que hoy tenemos mejores leyes, que hoy tenemos mejores procesos y que hoy tenemos mejores derechos. Hoy sí tenemos constituciones, aunque muchos gobernantes las usan como arma y muchos gobernados las usan como guarida. Desde hace 200 años ya tenemos códigos procesales, aunque muchas autoridades los malogren porque a los culpables es más fácil elegirlos que encontrarlos.   

Pero no sabemos si nuestros mejores sistemas jurídicos nos han servido. No estoy tan seguro de si hoy nosotros somos mejores que ayer. Si hoy somos menos crueles, menos rateros y menos salvajes que hace 2000 años. O si hoy somos peores que hace apenas tres décadas en violencia personal, en violencia familiar, en violencia patrimonial, en violencia escolar, en violencia animal y en violencia política. 

Ése es el verdadero drama de la Pasión de Cristo. Que no es una historia de hace dos mil años, sino que se renueva a diario. Por eso nos preguntamos: ¿algo hemos cambiado en dos mil años? ¿Algo cambiará en los próximos tres mil? La historia de Jesús, ¿es del pasado, del presente, del porvenir o de siempre? 

El drama de la Pasión es el verdadero drama de nuestros días. De todos los tiempos intermedios y quién sabe si de todos los tiempos por venir. Ésa es la posible enseñanza del Viernes Santo. Que la justicia al antojo es peor que la injusticia. Que todos somos iguales ante las leyes, pero que no todos somos iguales ante los jueces. Y que es totalmente falso que tener el poder es lo mismo que tener la razón.

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