Poder, justicia y moral a medias

Si el poder, la justicia y la moral traicionan a los medios por su lealtad a los fines o si deserta en los fines por su fidelidad a los medios, habrán triunfado en mitades y cuando el poder, la justicia y la moral triunfan a medias, en realidad quien ha vencido es la impotencia, la decadencia y la indecencia. Ésa y ninguna otra es la verdadera ecuación del poder, de la justicia y de la moral.

Las declaraciones de guerra contra la Judicatura Federal, las propuestas de desmantelamiento de la justicia constitucional y los postulados sobre la supremacía de la justicia personal son episodios recientes que nos obligan a pensar si existe un futuro para la justicia mexicana.

Si el poder, la justicia y la moral traicionan a los medios por su lealtad a los fines o si deserta en los fines por su fidelidad a los medios, habrán triunfado en mitades y cuando el poder, la justicia y la moral triunfan a medias, en realidad quien ha vencido es la impotencia, la decadencia y la indecencia. Ésa y ninguna otra es la verdadera ecuación del poder, de la justicia y de la moral.

Hoy hasta se habla de una superioridad moral versus la supremacía legal. Desde hace cinco siglos, esa barbaridad fue descartada por el constitucionalismo soberano. Ramiro de Maeztu lo describe en su clásica obra La crisis del humanismo. Dice que la soberbia es el pecado del diablo, quien no es diablo por ser malo, sino porque se cree bueno. Al contrario, los santos no son santos por ser buenos, sino porque se creen pecadores.

Pero de esa falacia se deriva una consecuencia de poder que la humanidad pagó durante mil años. Si yo soy bueno y tú eres malo, entonces yo soy superior a ti. Y, puesto que yo soy superior y tú eres inferior, yo debo mandar y tú debes obedecer. No obedecer la ley, sino obedecerme a mí. Éste fue el salvaje fundamento del poder político durante todo el medioevo. Cuidémonos de no regresar a una nueva Edad Media de alta tecnología.

El problema de la justicia termina en el tribunal judicial, pero comienza en la escuela de abogados. Con mucha razón me dirán que comienza desde el hogar, porque es un asunto de moral y termina en la política, porque es un asunto de poder. Y estoy de acuerdo con todo eso. Por esa razón me felicito de mi nutrimiento diario con mis amigos abogados y colegas constitucionalistas. En particular, lo hago con Ricardo Sodi y con Raúl Contreras. Sodi es presidente de tribunal del Estado de México y ha sido director de facultad. Contreras dirige facultad y ha sido político.

El mayor mérito que se puede lograr en la vida profesional y en la vida institucional es el respeto de los pares. A los ajenos les podemos mentir porque no nos conocen, pero nunca podemos engañar a los propios porque se saben todas las nuestras. Sodi y Contreras son respetados por los suyos y conocedores de los requerimientos de sus casas. Son realistas y son idealistas. La historia futura se los premiará.

El encontronazo entre el poder y la justicia ha sido una constante en la historia de la humanidad. Así lo escribimos Luis Maldonado, Luis María Aguilar y yo en nuestro libro Themis vs. Cratos, una narrativa histórica y análisis jurídico de casos muy relevantes en los que el poder venció a la justicia. En los que Cratos venció a Themis en el tribunal de la ley. Pero en el tribunal de la historia, a la corta o a la larga, a la buena o a la mala, Némesis siempre tercia como victoriosa.

En casi todos los países, hoy la justicia política se ve tan pobre, tan perversa y tan odiada. Por fortuna, hemos mejorado en la justicia ordinaria como no lo hemos hecho en la justicia política.

En materia jurídica ordinaria, México tiene una buena abogacía, una buena judicatura, una buena escuela, una buena literatura y una buena barra. Pero sufre mucho cuando tiene que cohabitar con la política de justicia porque ésta tiene una mala voz, un mal tema y un mal grupo. Conozco muy bien el mundo de la justicia y el mundo de la política porque nací, he vivido y viviré en ambos mundos.

La triada que forman la política, la justicia y la moral debe ser sabia para que no la engañen; leal para que no la seduzcan; honesta para que no la compren; valiente para que no la asusten; respetada para que no la ataquen; inteligente para que no la confundan, y justa para que no la hinquen.

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