El placer de soñar y el placer de despertar

En el año que comienza los partidos políticos seleccionarán entre palabras o acción.

 

Prosigo con mi reflexión sobre placeres que me seducen y que me fascinan. Me gusta soñar y me gusta despertar. Con frecuencia los combino. Y entonces, sueño despierto. Cuando hablo de soñar me refiero a ilusiones, no a fantasías. Y cuando hablo de despertar me refiero a logros, no a milagros. Realidades y realizaciones para mí y para los otros. No conmigo, sino con todos.  

A estas alturas, tengo toda la seguridad, aunque no tenga todas las certezas, que no es lo mismo. No siempre sé lo que va a pasar, pero nunca me inquieta lo que pueda pasar. 

Los tigres viejos cazamos mejor en la oscuridad nocturna, donde las presas son más fáciles, son más lentas, son más torpes y son más frágiles. La noche nos facilita todo porque no nos asusta, no nos afloja, no nos ciega y no nos duerme.

Me gusta cazar con los tigres viejos, como mis amigos los aún presentes y los ya ausentes. Y con los tigres jóvenes, como mis hijos y sus coetáneos. Los tigres jóvenes defienden a los viejos con su vigor y los tigres viejos protegen a los jóvenes con su saber.

Jóvenes y viejos son la pareja perfecta que aterra a toda la fauna. En mis amigos hay un tigre que no se engaña, que no se confunde y que no se equivoca, así como en muchos jóvenes mexicanos hay un tigre que no se asusta, que no se arrodilla y que no deserta.           

Me gusta soñar y me gusta despertar. También son varios los millones de mexicanos que, por una parte, sueñan con un futuro nacional grande, ineludible e infalible. No son ingenuos ni ilusos. Son mexicanos esperanzados y optimistas que creen en una futura salvación nacional donde todo será mejor.

Pero, por otra parte, existen otros varios millones de mexicanos que sienten que nuestro pasado nacional fue lo mejor que pudimos tener y que éste es irrepetible, aunque inolvidable. No son amargados ni catastrofistas. Son mexicanos orgullosos y melancólicos que piensan que nuestra mayor gloria ya pasó.

Esos millones de mexicanos que sueñan unos con el futuro y otros con el pasado constituyen una abrumadora mayoría que concuerda en una coincidencia terrorífica. A casi todos los mexicanos no les gusta nuestro presente, no les gusta nuestra pobreza, no les gusta nuestra inseguridad, no les gusta nuestra justicia, no les gusta nuestra diplomacia, no les gusta nuestra política y, por último, o por principio, no les gustan nuestros gobiernos de ningún signo ni color.

Mientras puedan, se refugiarán unos en el pasado, otros en el futuro, algunos más en otro país, quizá algunos en otra dimensión. Pero, cuando ya no puedan encontrar algún refugio, ¿hacia dónde y contra quién volverán su desesperanza, su desesperación o su rabia?

Escoger a veces incomoda, a veces duele y a veces aterroriza. En el año que comienza los partidos políticos seleccionarán entre palabras o acción. Los actores políticos seleccionarán entre unidad o cisma. Los gobernantes, entre seriedad o farsa. Los del régimen, entre patear el bote o levantar el guante. Los de la oposición, entre alzar la voz o subir la guardia.

Los sectores productivos seleccionarán entre expansión o retracción. Los ahorradores seleccionarán instrumentos. Los especuladores escogerán ingenuos. Las amas de casa, la forma de integrar una canasta. Los estudiantes, una opción de desarrollo. Los profesionistas, una vía de realización. Los patriotas, la forma de mejor proteger a México. Y los tránsfugas, como lo hacen siempre, seleccionarán su nuevo país.

Ésta es una advertencia y un consejo que nos hace la política real. La que no se engaña con estadísticas. La que no se ensueña con discursos. La que no se estafa con ceremonias. La que no se disfraza ni se emboza. La que sabe distinguir entre la realidad y la ficción, entre la sinceridad y la mentira, entre la verdad y el truco.

El año 2026 se adivina con hartos riesgos y, por lo tanto, hay mucho qué cuidar y hay mucho de qué cuidarnos. Por eso, deseo mucha ventura para todos nosotros, los mexicanos.

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