Pásele, marchante

El primer domingo de junio se rematará un país. Todos prometen lo bello, lo eterno y lo perfecto. Un país maravilloso sin pobres, sin rateros, sin desempleados, sin mentirosos y hasta sin tristes. Las candidatas disfrutan, pero está en juego nuestro destino. En la mesa del casino político nacional, “la polla” somos nosotros mismos.

Es temporada de elecciones y ya comenzaron las campañas que serán cerradas, agresivas, violentas, confusas e impredecibles. Así que Pascal Beltrán del Río y yo compartimos con el amable lector que el próximo 13 de marzo presentaremos formalmente nuestro libro Poder y deseo: la sucesión presidencial en México.

Como es un libro con rigor académico, lo haremos en la UNAM, con el anfitrión, Raúl Contreras, director de la Facultad de Derecho. Será un evento presencial y virtual. Va a estar bueno.

En un eje de esta contienda se enfrentan dos posiciones históricas y políticas: la continuidad contra el cambio. En otro eje se enfrentan dos posiciones éticas y psíquicas: la verdad contra la mentira. Una candidata dice que estamos tan bien como nunca lo habíamos estado. La otra dice que eso es mentira. La primera revira con que la segunda calumnia. La segunda replica con que la primera difama. Nosotros tendremos que adivinar quién es quién.

Si no sabemos, preguntemos. Yo no soy capitalino, pero la mitad de mis amigos sí lo son. A ellos les preguntaré quién es Claudia. Yo no soy senador, pero muchos de mis amigos sí lo son. A ellos les preguntaré quién es Xóchitl. Porque pensar en la elección sin pensar en el destino es como pensar en la boda y no en el matrimonio, en la copa y no en el vino, en el velorio y no en el muerto.

Hay muchos asuntos nacionales de los que yo no sé, pero hay muchos que he tenido cerca. Por ejemplo, en el de la justicia, una candidata no tiene propuesta y la otra tiene una propuesta que no me gusta. Con eso, no sabría por quién votar, pero ya sabría por quién no votar. Algo es algo hasta el día de hoy.

El primer domingo de junio se rematará un país. Todos prometen lo bello, lo eterno y lo perfecto. Un país maravilloso sin pobres, sin rateros, sin desempleados, sin mentirosos y hasta sin tristes. Las candidatas disfrutan, pero está en juego nuestro destino. En la mesa del casino político nacional, “la polla” somos nosotros mismos.

Los electores cuentan con mucho tiempo para pagar. En algunos casos serán sus hijos o sus nietos quienes tengan que sufragar, con su bienestar y su esperanza, el destino de dos generaciones que sus padres o sus abuelos decidieron e hipotecaron. Por eso, ¡cuidado, mucho cuidado!, ya que salida la mercancía ya no se admite reclamación. Si el producto que escogieron tiene defectos, pues ya ni modo, porque no hay cambios ni reposiciones ni devoluciones.

Ya se inventó un placebo constitucional que se llama revocación del mandato, que, en palabras callejeras y no académicas, sería “si le salió malo, pos tírelo y cómprese otro, a ver si éste sí le sale bueno”. Los electores son consumidores totalmente indefensos. Sólo falta que algún ideólogo mexicano recomiende que también fueran electos los utópicos protectores inspectores del elector.

Cuidado con los “producto-patito” porque la gravedad de nuestros problemas no se cura con amuletos ni con merolicos. En lo político, México no tiene una dolencia. Tiene un cáncer. No tiene una cratalgia. Tiene un cratoma.

Varias veces hemos comprobado que un sexenio es suficiente para retroceder y postergar a más de dos generaciones. Malo sería que, por añadidura, reculemos lo avanzado en democracia, en estabilidad, en constitucionalidad, en libertad, en productividad y en libertad.

Un mal gobierno puede condenar a México a 50 años de matones, de asaltantes, de tarugos, de tiranos, de ignorantes, de enfermos, de desesperanzados y de encabritados. Por eso, los electores deben tomar muy en serio quién será la próxima dueña de México y del destino nacional. No vaya a ser que se equivoquen, como ya les ha sucedido. No vaya a ser que los engañen, como ya los han timado.

Porque está comprobado que, en los asuntos de la política, al final de cuentas, todos tenemos la razón. Lo que nos distingue a unos y a otros es que algunos la tuvimos a tiempo, pero otros la tuvieron cuando ya no había ningún remedio.

Temas: