No es hora de jugar

Las generaciones de mi padre y de mi abuelo diseñaron su propio destino nacional. La mía hizo muchos cambios y diseñó el nuestro. Las de mis hijos y de mis nietos también diseñarán el suyo. Estoy seguro de que el nuestro fue mejor que el de mis mayores, así como el ...

Las generaciones de mi padre y de mi abuelo diseñaron su propio destino nacional. La mía hizo muchos cambios y diseñó el nuestro. Las de mis hijos y de mis nietos también diseñarán el suyo. Estoy seguro de que el nuestro fue mejor que el de mis mayores, así como el de mis sucesores será mejor que el mío.

México no está en tiempo para jugar porque se encuentra en la sala de terapia intensiva. Enfrenta no dos ni diez, sino un centenar de daños muy graves, comenzando por la alta criminalidad y terminando por Donald Trump. En medio de eso, avanzados grados de descomposición en corrupción, pobreza, educación, salud, energía, migración, narcotráfico, deterioro ambiental, insuficiencia hídrica y 90 más. Pero las generaciones sabias conservan lo que deben preservar y cambian lo que quieren mejorar.

Entre muchas enseñanzas que aún valen, recuerdo que los viejos decían que los presidentes podían jugar con mucho, pero no con todo. No se juega con la Constitución, como lo hizo Victoriano Huerta. No se juega con el Ejército, como lo hizo Díaz Ordaz. No se juega con el Banco de México, como lo hizo Echeverría. No se juega con Estados Unidos, como lo hizo Santa Anna. No se juega con la reelección, como lo hizo Obregón. No se juega con el maximato, como lo hizo Calles.

Todavía no terminan de cobrárselos y todavía les faltan 100 años de historia para que su pueblo se olvide de sus juegos. Ellos se fueron a su exilio, a su soledad o a su tormento. Pero los mexicanos nos quedamos con el daño y con la tarea de reparar lo que rompieron y lo que descompusieron. Desde luego, casi todos los juguetes gubernamentales son muy peligrosos. En estricto rigor, no se debe jugar con ninguno de ellos. Pero tenemos que reconocer que hay distintos rangos de riesgo.

Se puede jugar con las playas, pero no con la salud. Se puede jugar con los sorteos, pero no con los salarios. No se juega con la UNAM ni con el IMSS ni con la Suprema Corte. No se debe jugar ni con los pobres, como lo hizo Fulgencio Batista, ni con los ricos, como lo hizo Salvador Allende, porque los pobres y los ricos pueden ser muy peligrosos, cada uno a su propia manera y con sus propios métodos.

Es muy grave no tener democracia o no tener desarrollo o no tener estabilidad. Pero lo más grave, en cualquier país y en cualquier sexenio, es no tener inteligencia. El gobernante que resuelve todos los problemas merece nuestro honor. El gobernante que resuelve algunos problemas merece nuestro respeto. El gobernante que no resuelve ningún problema merece nuestro desprecio. Pero el gobernante que, en vez de resolver, se dedica a crear los problemas, ése no tiene… perdón.

Sin embargo, a algunos gobernantes les ha gustado jugar al superhéroe. Éstos son los más peligrosos porque se les puede ocurrir recuperar el tiempo, recuperar la historia o recuperar California. Es decir, recuperar lo que ya no tiene remedio.

Nuestros gobernantes ya han jugado mucho y casi todos esos juguetones han jugado mal. De nuestros recientes 10 sexenios, en 7 de ellos se la pasaron jugando y, por si fuera poco, se la pasaron perdiendo. Lo bueno que nos ha quedado lo lograron los tres presidentes que fueron serios.

Pero, sobre todo, nos salvaron los poderes verdaderos que son la empresa, la universidad, el profesionista, el trabajador y el comunicador. Agrego a cuatro instituciones públicas imprescindibles que son el Ejército, el Banco de México, la Suprema Corte de Justicia y, sobre todo ello, la Constitución Política. Pero ya no hay tiempo para jugar. Es más, ya no hay tiempo… y punto.

En la política, el político profesional no juega. Para el cirujano, no es un juego operar a un moribundo. Para mí, como abogado, no es un juego defender a un acusado. Y para quien gobierna, no es un juego salvar a su nación. Podrá ser delicioso porque es nuestra profesión, es nuestra vocación y es nuestra pasión. Pero nunca debemos enojarnos, nunca aceptemos fatigarnos y, sobre todo, nunca podemos equivocarnos.

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