Murmullos, pasos y sombras
El gobierno impulsa una reforma al sistema electoral, cuyas propuestas estelares son la forma de designación de los funcionarios electorales y la eliminación de los legisladores plurinominales. Por su parte, los opositores van por la negativa. Pero las posturas encontradas poco tienen que ver con la democracia y, sin embargo, esa es la palabra que más utilizan o manosean en sus discursos.
Desde hace algunos sexenios, la mexicana se ha convertido en una política surrealista. Ha dejado de estar formada por realidades. Buenos o malos, son reales la verdad, la mentira, el éxito, el fracaso, la inteligencia y la estupidez. Pero hoy, ya nuestra política-ficción pertenece al imperio de lo psicológico, donde reinan la alucinación, el espejismo y la fantasía.
Por eso, nuestros recientes sexenios han comenzado en una ensoñación y han terminado en una pesadilla. Por si fuera poco, muchos creemos que vamos de mal en peor.
En mi caso, yo no podría asegurar si va peor la política de mi país o va peor el funcionamiento de mi cerebro. Cuando pienso en los cuatro recientes regímenes, me resulta más fácil explicarme los errores de Vicente Fox que los errores de Enrique Peña. Entiendo que Fox se haya equivocado en la mitad de sus designaciones por la culpa de sus head-hunters. Pero Peña también erró en la mitad y no tuvo head-hunters a quienes pudiéramos culpar.
Algo parecido me sucede con otro caso. Desde un principio me pareció equivocada la política de Felipe Calderón en materia de delincuencia. El mismo día que la anunció pude expresárselo en persona, en corto, en respeto y en buena fe.
Lo hice sabiendo lo peligroso que siempre ha sido decirle al Presidente de México que está equivocado. Y, por añadidura, sabiendo que es más peligroso el infortunio de tener la razón. Si yo me equivocaba, a nadie le costaría. Pero, si el Presidente se equivocaba, le costaría a México.
Hoy, la política del actual gobierno, más que equivocada, me parece inefable. Aquélla la pude contradecir. Ésta no la puedo ni explicar. Y aquí es donde caemos en el pozo de lo irreal. Lo que acusan los opositores del gobierno, yo quisiera no creerlo. Y lo que explican los defensores del gobierno, yo quisiera entenderlo. Por eso digo que vivimos con los dos ingredientes de la pesadilla. Uno, es el terror. Otro, el absurdo.
En otro ejemplo, ahora del presente para no perturbar los sepulcros de los sexenios difuntos, hemos empezado a vislumbrar un debate que no parece ser de realpolitik, sino de política ficta.
Por una parte, el gobierno está impulsando una reforma al sistema electoral, cuyas propuestas estelares son la forma de designación de los funcionarios electorales y la eliminación de los legisladores plurinominales. Por su parte, los opositores van por la negativa. Pero las posturas encontradas poco tienen que ver con la democracia y, sin embargo, esa es la palabra que más utilizan o manosean en sus discursos.
En primer lugar, es innegable que el INE ha sido decisivo en el perfeccionamiento del servicio electoral. Es bueno tener un buen árbitro, pero eso no basta para tener un buen futbol. La democracia la hacen los gobernantes y los gobernados. Sin embargo, es muy duro decirlo y es muy difícil aceptarlo, pero a la mayoría de nuestros gobernantes nunca les ha gustado la democracia y la mayoría de nuestros gobernados nunca han conocido la democracia. Hemos vivido entre la autocracia del siglo XX y la partidocracia del siglo XXI.
En otra propuesta, la reducción legislativa la motivan con el ahorro presupuestal. Nada más disparatado. La democracia es cara. La dictadura es gratis. También son caros los tribunales, los hospitales y las escuelas. Ahorrar en ellos es la ecuación de la irresponsabilidad pública.
Mas al fondo, México tiene ahora una representación política de las más avanzadas del planeta. En mi librito La teoría del poder como ciencia exacta la clasifico como una democracia polimeral de quinta generación, equivalente político del cálculo diferencial. La propuesta reductiva implica regresar a México a una democracia elemental de primera generación, equivalente político de la aritmética simple.
Por eso he dicho que ni generamos ideas ni realizamos hechos, sino que tan sólo vemos sombras por la ventana, escuchamos murmullos tras la puerta y sentimos pasos en la azotea.
