Micrófonos y audífonos

En estos momentos yo me instalé en el dulce placer de divagar y estoy pensando en aquello para lo que sirven en la política los micrófonos y los audífonos. Y me doy cuenta de que son instrumentos básicos que, bien aprovechados, pueden convertir a una persona de medio pelo en un paradigma de la política

Para algunos, ya comienza el feriado y la oportunidad del descanso, del recreo y del alejamiento de todo lo que a diario nos asusta, nos indigna o nos aburre, tanto en las calles como en los discursos. Ya ni sabemos si están peor las calles o los discursos. Es más, ni siquiera sabemos si son más peligrosas las calles o más peligrosos los discursos.

Los vacacionistas que son muy religiosos lo aprovechan para poner en paz su alma. Los que no son religiosos lo utilizan para poner en paz su sueño. Y los que somos más o menos lo destinamos a poner en paz nuestras ideas. Tanto las ideas añejas que aún nos siguen persiguiendo, así como las ideas frescas que apenas nos empezaron a asaltar.

En estos momentos yo me instalé en el dulce placer de divagar y estoy pensando en aquello para lo que sirven en la política los micrófonos y los audífonos. Y me doy cuenta de que son instrumentos básicos que, bien aprovechados, pueden convertir a una persona de medio pelo en un paradigma de la política.

Lo digo porque la vida me ha convencido de que dos atributos indispensables del buen político son que sepa hablar y que sepa oír. Por eso requiere tener muy bien entrenadas su garganta y su lengua, así como muy bien lubricados sus orejas y sus tímpanos. Desde luego que también muy bien acondicionado su cerebro para la locución y para la audición.

Muy buen micrófono. No me refiero con esto a que necesariamente sea un campeón de oratoria, aunque no está por demás que sepa hablar muy bien. Pero me estoy refiriendo más a lo que dice que a cómo lo dice. A la esencia, más que a la apariencia. Más al fondo, que a la forma.

Que sepa muy bien lo que debe decir porque es necesario para el bien de su función o para el bien de su persona. Para que le consiga apoyos o para que le produzca seguidores. No para que se les alejen. Para que los seduzca, no para que lo repudien.

Que sepa muy bien lo que no debe decir. Porque ofende, porque lastima, porque asusta, porque indigna o porque resta. Que rechace temas que no deben abordarse, aunque el orador arda en deseos. Que no debe mentir, si no es buen mentiroso. Y que no sea franco, si su franqueza no es elegante. Porque es contrario a la alta política tanto el mal mentiroso, que piensa que sus oyentes son tan estúpidos que le creen todo, así como el franco grosero que piensa que sus oyentes son sus esclavos que le aguantan todo.

Que sepa muy bien lo que tiene que decir, aunque no lo sienta y aunque no lo crea. Que elogie a los enemigos, en lo que valga la pena. Que no elogie a sus amigos, porque no lo necesitan. Por último, que sea sensato, pero no pedante. Que sea amable, pero no ingenuo. Que sea valiente, pero no bravero.

Pero, también, debe tener muy buen audífono. Que sepa escuchar, que sepa interpretar, que sepa tolerar. Que sienta como un gran regalo las buenas sugerencias. Que sienta como una gran dádiva las buenas advertencias. Que no se crea todos los elogios y que no se enoje por todas las mentadas. Que todos los que le hablen pueden tener la razón, así les guste o les disguste.

Porque un ejercicio característico de los buenos gobernantes es el saber escuchar la crítica de los opositores, así como también el elogio de los seguidores. El secreto está en distinguir a los seres humanos en sinceros o en falsarios, no en críticos o lambiscones. Porque muchas veces los mejores enemigos de los gobernantes también reconocen sus virtudes, así como sus mejores amigos también son los más fuertes críticos.

Decir y oír. Hablar y escuchar. Distinguir lo que vale decir y lo que vale escuchar. Dice el viejo refrán que, si el jefe es el más inteligente de su equipo, entonces tiene el equipo equivocado. Así también, los gobernantes que descuidan lo que dicen y desoyen lo que les dicen, dejan clarísimo que no les interesa su pueblo. Y mucho cuidado con el gobernante que siente que es el jefe máximo de su pueblo.

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