Matías Romero en el siglo XXI
Aunque hoy no se crea, la diplomacia de México construyó una verdadera escuela de grandes cancilleres e internacionalistas que formularon doctrinas aún vigentes... Durante décadas, la diplomacia de todo el mundo imitaba o aprendía de los mexicanos herederos del estilo inteligente y de la eficacia patriótica del fundador de esa estirpe, Matías Romero.
Se celebró un homenaje a Matías Romero en el instituto de estudios diplomáticos que lleva su nombre. Lo presidió su director, el impecable embajador Juan José Bremer. Asistieron muy destacadas personalidades. También algunos familiares del ilustre homenajeado. Disfruté la invitación con José y Patricia Meehan Romero, con Delmari y José Romero Keith y con Rodrigo Martínez Romero.
Durante el evento, mucho pensé que Matías Romero fue un político siempre determinado a preservar y enaltecer la alteza de su honor, así como a proteger y ampliar los espacios de su libertad. Eso es una vigente llamada de atención.
Por eso, asoció a Estados Unidos con los intereses de México, no a la inversa. Lo hace sin conceder una hectárea ni una mina ni un pozo ni una playa ni un límite. Por eso fue 4 veces secretario de Hacienda, pero no aceptó el cargo mientras los presidentes, aun siendo sus grandes amigos, no se hubieren legitimado constitucionalmente. Por eso, ayudó a construir un Estado laico sin renunciar a su religión. Por eso, fue respetado por sus poderosos amigos Benito Juárez, Porfirio Díaz, Abraham Lincoln y Ulises Grant.
Eso es una vigente llamada de atención.
Aunque hoy no se crea, la diplomacia de México construyó una verdadera escuela de grandes cancilleres e internacionalistas que formularon doctrinas aún vigentes, que promovieron tratados de la mayor importancia, que hicieron ineludible la presencia mexicana, que recuperaron territorios perdidos y que hasta ganaron premios Nobel. Durante décadas, la diplomacia de todo el mundo imitaba o aprendía de los mexicanos herederos del estilo inteligente y de la eficacia patriótica del fundador de esa estirpe, Matías Romero.
Pero, hoy, en el mundo hay algunos gobiernos que no creen en la autodeterminación ni en la no intervención ni en la solución pacífica ni en la proscripción de la fuerza ni en la igualdad jurídica ni en la cooperación para el desarrollo ni en los derechos humanos ni en la paz. Por eso, siempre debemos cuidar a México. Es muy benéfica la colaboración en el comercio, en la seguridad, en la justicia y en mucho más. Eso no lastima, sino beneficia. Cuando no existe poder político, económico o jurídico que someta nuestras ideas, nuestros deseos, nuestros sentimientos y nuestras conciencias, es cuando estamos ante un país soberano y ante un hombre libre.
La soberanía no es una teoría política, por cierto, muy complicada. Ni un artículo constitucional, por cierto, muy ninguneado. No es un muro ni una alambrada ni un río ni un dron ni un barco. En realidad, la única y verdadera soberanía somos nosotros mismos y nada más y nadie más. Eso es una vigente llamada de atención.
Muchas mañanas, al conocer las noticias, con mi primer café pienso en Matías Romero. Ya en la ducha, cierro los ojos y lo veo en Washington defendiendo siete años a Benito Juárez y otros siete años a Porfirio Díaz. Prefiero decir que fueron 14 años defendiendo a México. Pero, en estos días, no sólo pienso en Matías, sino que, además, me acompaña, me aconseja y, por momentos, siento que me platica.
Me gusta mucho conversar con él, que también lo hago con otros tan ilustres. Las he bautizado como pláticas fictas. A mis preguntas reales trato de imaginar sus respuestas ficticias y a sus preguntas imaginarias respondo con mis respuestas reales. Casi siempre me contesta de inmediato. Pero, en otras, me ha contestado en mis sueños. A veces, me entusiasma y me alegra. Pero, en otras, me asusta y me aterra. No les cuento porque no quiero que ustedes también se asusten.
Es, entonces, cuando me asalta la duda para el porvenir nacional, No sé si triunfarán los que se aliaron con la valentía, con la lucidez y con la alteza o si medrarán aquellos que se entramaron con la cobardía, con la estulticia y con la bajeza.
A veces, me sirvo otro café en una de sus tazas con sus iniciales. Veo a Romero. Recupero la confianza y la esperanza. Comienza el nuevo día.
