Los vitalicios
En 1968, yo era un jovencito que a sus 18 años conoció la intrusión militar en su universidad y el garrote presidencial sobre los estudiantes.
Hoy, hace 50 años, la UNAM me tituló como abogado.
Mi deuda es eterna y mi juramento es perpetuo.
En las democracias, todos los gobernantes son transitorios. Más transitorios mientras mejor esté instalada la democracia. Solamente los ciudadanos somos vitalicios. Solamente nosotros nos quedamos después de que ellos se van y les podemos contar a los siguientes lo que sus antecesores hicieron con nosotros. Lo que nos cumplieron y lo que nos quitaron. Lo que nos engañaron y lo que nos quedaron a deber.
Sólo nosotros les explicaremos a los nuevos gobernantes y a las nuevas generaciones las razones por las que a los anteriores los veneramos o los maldecimos. Los motivos por los que los admiramos como un modelo para imitar o los vomitamos como un desperdicio para esconder.
De entre las muchas diferencias existen entre juicio legal y juicio histórico la ciencia procesal señala la continencia. El juicio legal es continente. Contiene toda la causa de discusión, es único y es exclusivo. Nadie puede ser juzgado dos veces por lo mismo y nada juzgado puede volverse a juzgar.
Por el contrario, el juicio histórico es incontinente. Los hechos históricos pueden ser juzgados muchas veces y por muchos jueces. Todo el que lo desee puede ser juez histórico y el juicio puede reabrirse a través de los siglos. Cada quien puede emitir su propia sentencia histórica y todos tienen derecho de erigirse en juez.
Por eso, todo político sensato debe cuidarse de no confiar en que una obediencia congresional o una preferencia electoral le valdrán para mucho en los juicios de la historia. Los congresistas de mañana y los electores del futuro los juzgarán de nueva cuenta.
Este de hoy no es el peor momento nacional que he visto y que he vivido. Pero a esta edad duele más que en la juventud porque se piensa en los hijos y no en uno mismo, porque ya no hay ocasiones para corregir y porque ya no hay tiempo para perdonar. Pero, como dijo Vicky Baum, “si tienes alteza, perdona; y si no la tienes, olvida”.
La represión del 68 nos lastimó a mí y a mi generación. Yo era un jovencito que a sus 18 años conoció la intrusión militar en su universidad y el garrote presidencial sobre los estudiantes. Pero de allí saldría un país ejemplar por liberal, por tolerante y por plural. La crisis de los 80 nos golpeó muy recio a todos. Pero de allí surgiría la potencia económica, democrática y respetada en la que México se convirtió.
Por eso, me animan mis alumnas y alumnos universitarios que abordan su transporte a las 5 de la madrugada para asistir a sus clases de abogacía y diez horas después regresan a su casa para estudiar lo de ese día. Me animan las mujeres que están a cargo de la tercera parte de los hogares mexicanos. Me animan los que trabajan, los que invierten, los que producen, los que creen y los que se la juegan.
Los vitalicios saben que no le deberán nada a nuestros gobernantes recientes. Ya nuestros hijos reconstruirán una nación fuerte, libre y justa para ellos mismos y para los del futuro de México. En nuestros días pienso mucho en nuestra situación actual y me preocupo. Pero, por el contrario, cuando repaso nuestra historia me enorgullezco y me felicito por este pueblo, algunas veces dolorido y algunas veces trágico, pero siempre impetuoso y casi siempre victorioso.
Ellos decidirán si México será un aliado de la valentía, de la lealtad, de la lucidez y de la alteza o si será un alcahuete de la ratería, del atropello, de la bufonería y de la traición. Mis confianzas hacen que mi puño se convierta en mano amiga, pero mis dudas hacen que mi mano se convierta en garra atroz. Y es que sigo siendo una fiera recia que también disfruto ya siendo un tigre viejo.
Y es que México es como mi piel. Todo lo que le pasa a México, me duele a mí.
