Libros, escuelas y políticas

Este modesto artículo no es una melancolía del pasado, sino una premonición del futuro. No me agrada todo lo que ya pasó, pero tampoco me gusta todo lo que va a pasar. Pensar los libros de texto es tan sólo la punta. Además, debemos pensar la escuela, el maestro, el binomio y el destino. Todo ello es la política educativa.

                                                Para Pablo Funtanet, en esta mala hora.

Martín Luis Guzmán fue un ilustre intelectual que sufrió censura, padeció exilio y fue prohibida la difusión de su obra. Por sus ideas y por sus antecedentes no era grato para nuestros gobiernos. Era un disidente, no un obsecuente. Pero tres presidentes lo designaron para fundar y dirigir los libros de texto. No buscaron el gusto, sino el fruto. Su albedrío dio a nuestros textos nacionales no sólo calidad, sino, además, credibilidad. Le apostaron al aprendizaje, no al vasallaje.

Este modesto artículo no es una melancolía del pasado, sino una premonición del futuro. No me agrada todo lo que ya pasó, pero tampoco me gusta todo lo que va a pasar. Pensar los libros de texto es tan sólo la punta. Además, debemos pensar la escuela, el maestro, el binomio y el destino. Todo ello es la política educativa.

Francisco Labastida lo resume en tres preguntas. ¿Qué aprendemos? ¿Cómo lo aprendemos? ¿Para qué lo aprendemos? No estudiar cosas inútiles, con métodos estériles y con propósitos imbéciles.

El saber es superior al poder y al tener. Las naciones más opulentas y poderosas deben a la educación más que a todas sus otras joyas. Estados Unidos valora más a su escuela y a su universidad que a su tesoro o a su ejército. Gracias a lo que es su escuela es lo que es su hacienda, su hospital, su fábrica y su tribunal. Por haber apostado bien, Asia es hoy la líder en automóviles y en electrónica, mientras que Europa ya se rezagó de manera irreversible.

Así, me he preguntado, ¿por qué en México no hemos tenido una política educativa? Desde luego, no me refiero a este sexenio y gobierno, sino a que no la hemos tenido durante ya varias décadas.

¿Sabemos lo que queremos? ¿Cuántos médicos necesitamos tener dentro de 30 años? ¿Cuántos deberán ser especialistas en huesos o cuántos expertos en genomas? ¿Qué vamos a hacer para que los que resulten excelentes no se vayan a los hospitales del extranjero? ¿A cuántos futuros profesionistas arrojaremos a las filas de la desocupación y de la frustración? ¿De qué tamaño será nuestro déficit en otras profesiones?

Se ha dicho que la educación de un ser humano empieza 30 años antes de que vaya a la escuela. En mucho hay razón en esto, a partir de dos vectores que son la familia y la escuela, las dos principales fuentes de aprendizaje y de formación que tenemos en el mundo civilizado, por lo menos hasta hoy.

La familia y sus padres le insertarán los valores, las costumbres, los hábitos, los anhelos, las precauciones, los comportamientos y los respetos. Ellos le mostrarán lo que debe temer y lo que debe amar. La escuela, por su parte, representa la política educativa de su país. Aquí también funcionan las coordenadas generacionales de la educación, parafraseando a Seymour M. Lipset.

Si veo mi generación, con mi primaria iniciada a fines de los años 50, se advierte una definitiva influencia vasconcelista, diseñada en los años 20. Además de las enseñanzas básicas, una fuerte inducción literaria y musical. Fuimos la generación que leía y escribía libros, que ganaba concursos de oratoria, que trasnochaba con Beethoven y con Neruda. La de peñas juveniles, música de protesta y ganas de hacer revoluciones.

Si veo la generación de mis hijos, escolarmente iniciada en los años 80, notamos el diseño de Torres Bodet. Mucho más integral que la mía, ellos crecieron con mayor interés que nosotros por la nutrición, el ejercicio físico, la salud plena, el amor a la naturaleza y una visión cultural de otro vértice. Mis hijos conocen más museos que yo, mientras que yo conozco más salas de conciertos que ellos.

Pero las generaciones prosiguen en su cadena infinita y entonces me pregunto cómo será la formación educativa de mi nieto hoy niño, diseñada en los años 90 por Manuel Bartlett, y cómo será la de mi posible bisnieto, diseñada hoy por Leticia Ramírez.

Aún no sé la respuesta, pero ya sé que será una consecuencia segura de nuestra apuesta de la educación.

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