La verdadera revolución es el tiempo

Los tiempos han cambiado la corrupción. Antaño era moderada, discreta e inocua. Ahora es cínica, desmedida y muy dañina. Antes, los municipios vivían al día. Ahora, hay 300 alcaldes que podrían robar 400 millones cada año. Y no es lo mismo vender permisos de casinos, que no afecta ni al erario ni a los ciudadanos, que robar en medicinas vitales.

El tiempo lo cambia todo. Tan sólo en el último siglo ha cambiado la salud, la naturaleza, la política, la ley, la ciencia, la cultura y hasta la religión. Por eso vemos fenómenos insólitos. Hoy, los reyes son los respetuosos de sus parlamentos mientras que los presidentes injurian o amenazan a sus congresos. Hoy, las detenciones se avisan, las investigaciones se informan y los espías se anuncian. Hoy, los cárteles son cumplidores y los gobiernos son mentirosos.

El tiempo ha cambiado la salud. En tan sólo 50 años, la ciencia médica mejoró y vencimos las enfermedades de país pobre. Las enfermedades tropicales, las infecciones y las vacunables. Las disenterías, las tuberculosis y las fiebres. Pero no lo previmos y nos quedamos con las enfermedades de país rico. La diabetes, el corazón, la obesidad, el cáncer y la vejez, que es la enfermedad más larga, la más costosa, la más incurable y la más mortífera que existe. Su pronóstico nunca falla.

El tiempo ha cambiado la educación. En las décadas 60 y 70, los niños estudiamos con el diseño educativo de José Vasconcelos, claramente intelectual y humanista. En las décadas 80 y 90, nuestros hijos estudiaron con el diseño educativo de Jaime Torres Bodet, más tecnológica, más naturista y más científica. Más tarde, nuestros nietos han estudiado con el diseño educativo de Manuel Bartlett y no sé cómo crezcan. Y los hijos de esos nietos se formarán con el diseño de Mario Delgado. Ésa es la obra de los tiempos en la educación mexicana.

El tiempo ha cambiado la delincuencia y sus nueve etapas de evolución. Ellas son la delincuencia tradicional, la corruptiva, la organizada, la internacionalización, la deshumanización, el barbarismo, la subversión político-criminal, la politización delictiva y la regencia delincuencial. Hoy vamos entre la octava y la novena, so pena de ser ingenuo.

Se han vencido algunos delitos. Otros, se pueden vencer. Pero hay algunos que, hasta ahora, perecen invencibles, como el narcotráfico. Aún no lo ha vencido ni el país más rico ni el ejército más poderoso.

Los tiempos han cambiado la corrupción. Antaño era moderada, discreta e inocua. Ahora es cínica, desmedida y muy dañina. Antes, los municipios vivían al día. Ahora, hay 300 alcaldes que podrían robar 400 millones cada año. Y no es lo mismo vender permisos de casinos, que no afecta ni al erario ni a los ciudadanos, que robar en medicinas vitales.

Los tiempos han cambiado la visión de la posible desaparición futura del Estado como forma de organización política. Es lógico que ninguna obra humana existirá para siempre. Que todas las históricas formas de organización política han desparecido. Así sucedió con el clan, con la tribu, con el feudo y con el imperio. Sería ingenuo pensar que el Estado fuera la excepción de eternidad.

Confieso que yo soy de los que cree que, antes de la extinción del Estado, habrá una metamorfosis de muchas ideas políticas. Quizá los conceptos y los modelos de soberanía y de república sean de los que pervivan más tiempo. Pero la democracia, el control constitucional, la federación y la división de poderes han tenido una persistente decadencia, por lo menos en México.

La gran interrogante para el futuro es si queremos más Estado o queremos menos Estado. Aquí habrá que enfrentar dos riesgos. El primero es que los defensores del Estado lo quieran proteger por la vía del estatismo que fácilmente se convierte en totalitarismo, de allí en dictadura y de allí en tiranía.

El segundo es que los opositores del Estado lo quieran derruir por la vía del liberalismo que fácilmente se convierte en individualismo, de allí en desorden y de allí en anarquía.

Para tratar de entender, me gusta preguntar a los maduros y a los jóvenes. Todos tienen talento. Aquéllos, con experiencia. Éstos, con esperanza. Pero todos los días me enriquezco con sus respuestas. Gracias a ellos, no tengo día perdido. Carpe diem.

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