La última razón del rey y del Estado
Llama mi atención que Para la Navidad del 2025 es una obra que atraviesa el tiempo. Nos deleita con recuerdos y eso es el pasado. Nos encuentra en nuestros días y eso es el presente. Nos alerta el porvenir y eso es el futuro. Es un regalo de la experiencia y es un regalo de la imaginación. Vale leerlo en estas semanas de recuento y reflexión.
Carmen Valles, José Antonio González Fernández y Miguel Ángel Porrúa realizaron la conjunción de 131 amigos de Sergio García Ramírez, todos ellos muy generosos, muy talentosos y muy valiosos, para escribir y corresponder al regalo navideño que nuestro homenajeado escribiera durante casi 40 años para hacernos un regalo exclusivo.
Llama mi atención que Para la Navidad del 2025 es una obra que atraviesa el tiempo. Nos deleita con recuerdos y eso es el pasado. Nos encuentra en nuestros días y eso es el presente. Nos alerta el porvenir y eso es el futuro. Es un regalo de la experiencia y es un regalo de la imaginación. Vale leerlo en estas semanas de recuento y reflexión.
Ese juego de los tiempos me ha traído recuerdos de mis pláticas sobre un tema particular. Apenas yo había rebasado la edad de 20 años cuando Jesús Reyes Heroles me sembró la inquietud sobre la razón de Estado. Pero lo importante de esto es que a México se le ve desorientado desde hace algunos sexenios y hoy debemos reiniciar nuestra búsqueda de esa razón de Estado, entendida desde los romanos con su famoso aforismo necesitas carem legem, “la necesidad no tiene ley”.
Curiosamente, los penalistas tienen facilidad para entender el asunto porque su ciencia contiene 5 ecuaciones que explican la razón de Estado, las cuales no las aborda la ciencia política con la misma claridad. Para mi suerte, apenas yo había rebasado mis 30 años cuando Sergio García Ramírez me incorporó en la PGR con la realidad del derecho penal.
La historia nos recuerda un episodio. El cardenal Richelieu instaló en los cañones de Luis XIII la frase latina ultima ratio regum, “ésta es la última razón del rey”. Tenía razón. La fuerza debe usarse sólo cuando ha fracasado todo lo demás. Es prudencia de política, pero es advertencia de ultimátum. No se usará de inicio, pero se usará si llegare el caso. Cuando todas las razones fallan, es el momento de utilizar la última. Es razón, pero es la última. Es la última, pero es razón.
Pero un requisito esencial es que sea razón y no sinrazón. Me refiero a todo tipo de fuerza. La militar, la policial, la judicial, la ministerial, la fiscal, la económica, la jurídica, la mediática o la política. Desde luego, el estadista refinado antes debe resolver con quién la usa, contra quién la usa, cuándo la usa, cómo la usa, dónde la usa, con qué la usa y para qué la usa. Pero el gobernante puede fracasar si no es estadista o si no es refinado.
El estadista refinado resuelve sus crisis o, en su defecto, genera sus crisis. Para lo primero, se requiere mucha inteligencia. Para lo segundo, se necesita mucha valentía. La fuerza expropiatoria bien la usó Lázaro Cárdenas con los petroleros y mal la utilizó José López Portillo con los banqueros. La fuerza de la guardia nacional bien le sirvió a John Kennedy en Alabama y mal le sirvió a Donald Trump en California. La fuerza represiva bien le reportó a Adolfo López Mateos en el vallejazo y mal plantó a Gustavo Díaz Ordaz en el tlaltelolcazo.
Otro requisito es que sea del Estado o del soberano. Que sea como la que asumió Venustiano Carranza a favor del Estado en el Plan de Guadalupe, no como la que usurpó Victoriano Huerta contra el Estado en el Plan de la Embajada.
Por último, que sea la última y no la primera. Que antes se procuren el diálogo, no el monólogo; el arreglo, no la discordia; la concesión, no el monopolio; la transigencia, no la terquedad; la advertencia, no la emboscada; la oferta, no la exigencia, el argumento, no el dogma; la reunión, no la cerrazón, y el respeto, no la injuria.
En fin, me gustó la presentación del libro. Cada día disfruto más de ver a mis amigos y de escuchar a presentadores inteligentes. La amistad y la inteligencia son una pareja ideal. Me complace verlos honrar a un hombre que, como buen maestro, siempre me enseñó en la vida. Como buen jefe, siempre me aconsejó en privado. Y como buen amigo, siempre me aplaudió en público.
