La Revolución que fue y se fue
Nuestra Revolución, además de a los hombres, cambió sus estilos, sus perfiles, la economía, la política, la visión del Estado, la visión de la vida, la cultura y, para que todo ello fuera posible, cambió la educación, con la UNAM a la cabeza. Cambió hasta la música. La guitarra desplazó al salterio y el mariachi a la rondalla...
Hubo una Revolución. Fue en México y fue de a-de-veras. La más larga y la más cruenta de toda la historia de América. Duró 20 años de guerra, desde el primer disparo de los Serdán en 1910 hasta el último disparo de la Cristiada en 1930. Se llevó muertos a tres presidentes asesinados, así como a 50 líderes de primer orden y a un millón y medio de mexicanos.
Se gestó como un reclamo político: la no reelección del presidente dictador. Pero estalló por una ratería oficial: el fraude electoral de 1910. Francisco Madero convocó a levantarse en armas a las 6 de la tarde en punto del domingo 20 de noviembre. Ha sido la única revolución anunciada con precisión. En el gobierno, nadie la creyó. En el gobierno, todos se equivocaron.
La soberbia oficial produce ceguera. Ella hizo que la dictadura mexicana no viera la formación del Club Verde y que la tiranía francesa no viera la rebelión de la Fronda. No sólo hay que ver el tamaño de la bomba sino, también, el largo de la mecha.
Pero no todos pueden ver. La mañana del 15 de julio de 1789, el conde de Liancourt informó a Luis XVI de los sucesos del día anterior en La Bastilla. Con displicencia, Luis dijo que era una simple revuelta de sus contrarios. Liancourt le contestó: “No, Sire, no es una revuelta. Es una revolución”. Tuvo el privilegio de ver que el mundo se había salido de su eje.
La Revolución Mexicana triunfó, logró y cambió todo. No fue una revolufia carpera ni un discurso demagógico. Por el contrario, provino de grandes ideas y se concretó en fuertes acciones. Hubo una Revolución que no sólo cambió a los dueños del poder. Para eso no se requiere de una revolución. Basta una elección, una alternancia, una rebelión, un golpe de Estado, una dimisión o, en el más repugnante de los escenarios, un magnicidio.
Pero nuestra Revolución, además de a los hombres, cambió sus estilos, sus perfiles, la economía, la política, la visión del Estado, la visión de la vida, la cultura y, para que todo ello fuera posible, cambió la educación, con la UNAM a la cabeza. Cambió hasta la música. La guitarra desplazó al salterio y el mariachi a la rondalla. El clasismo dual se enriqueció con un tercer estrato: la vigorosa clase media. Ésta sería nacionalista, progresista y distinta.
La Independencia, la Reforma y la Revolución fueron y se fueron. Con las tres, México se fue perfeccionando. Muchos de sus logros fueron copiados por cuatro de cada cinco países. Concretizamos la laicidad. Refinamos la representatividad. Ante el mundo disertábamos y presumíamos de nuestras instituciones.
Ahora ya no sabemos lo que pasó con ellas tres. En algún momento se lisiaron. No importa quién lo hizo ni por qué lo hizo. Lo que importa es que se rehabiliten para que otra vez nos vean como trabajadores y no como limosneros. Como ciudadanos y no como súbditos. Como soberanos y no como vasallos.
Hubo una Revolución que me enorgullece como abogado mexicano que siempre ha estado del lado del progreso de la ley y la justicia, pero nunca con su retroceso. La Constitución Política de 1917 habría de ser su expresión jurídica. Revolución y progreso jurídico, no reacción y retroceso de dos siglos. La revolución cavernaria es vergonzosa, pero la Revolución Mexicana conformó un nuevo Estado de derecho.
El pueblo mexicano creó y consolidó nobles instituciones que hoy están en peligro o ya en franca destrucción. Si no, que lo digan la legislación electoral, el INE y los sistemas nacionales de seguridad social, de protección a los derechos humanos, de educación y de desarrollo social. Que lo digan la Suprema Corte de Justicia y los sistemas judiciales o el derecho de amparo y la justicia constitucional.
Porque la Revolución nos dio derechos, no nos quitó derechos. Sobre todo, nos dio el más importante de los derechos, que es el derecho a defender nuestros derechos. Sin ese derecho, de nada nos servirían mil derechos más. Cuando se ha perdido ese derecho, ya se perdieron todos los demás.
