La raíz cuadrada de la justicia
La relación entre democracia y justicia tiene muchas complicaciones. La democracia sirve para lograr lo que queremos. La justicia sirve para lograr lo que debemos. La democracia se finca en la voluntad. La justicia se finca en el deber. La democracia triunfa cuando el pueblo ha sido complacido. La justicia triunfa cuando el pueblo ha sido respetado
En un importante evento celebrado en la Facultad de Derecho de la UNAM se dejó constancia de la voluntad de justicia que debe regir la vida de la abogacía. Allí se expresaron la directora, Sonia Venegas; la próxima consejera jurídica presidencial, Ernestina Godoy, y Juan Carlos Sánchez Magallán, quien presidió. Generosamente me invitaron a improvisar algunas palabras.
Allí pusimos en claro que la abogacía es ubicua y es eterna. Está en todas partes y está en todo tiempo. No hay instituciones buenas ni malas. Hay abogados de alteza y hay abogados de bajeza. La raíz cuadrada de la justicia es igual a la abogacía.
Son abogados los jueces de todos los tribunales y los fiscales de todas las procuradurías. Son abogados los consejeros jurídicos de la Presidencia de la República y del Congreso de la Unión. Son abogados los defensores y los asesores en los procesos. Son abogados los consultores del gobierno, de la empresa, de la banca, del sindicato y hasta del cártel. En fin, son abogados los maestros de los futuros abogados.
Si la justicia y la abogacía están sometidas al poder de la política, del dinero, de la ambición o del miedo, todos estarán en peligro en el futuro. Acaso, desde hoy en día. La justicia futura depende, en mucho, de una abogacía madura, sensata y valiosa, además de valerosa.
En torno a esto habrá que explicarse muchas interrogantes de orden esencial que surgen cuando se habla de un gremio cuya conducta afecta, positiva o negativamente, a la sociedad entera; cuyo prestigio está urgido de una necesaria y legítima restauración; y cuya reordenación sólo podrá lograrse a base de unión, de comunidad y de voluntad.
Hace algunos años, la UNAM realizó un importante ciclo de conferencias sobre la difícil relación existente entre la política y la justicia, entre el proceso y la democracia, entre el poder y la ley.
Piero Calamandrei expresó que, en ciertos periodos de transformación social, el juzgador ejerce una función declaradamente política y elige la solución que le parece más útil para su causa. Agregó que la politización de la justicia hace que el juez se sienta autorizado a castigar no sólo lo que la ley señala, sino lo que estima contrario a una causa política. A esto lo intituló el ilustre florentino, con muy acertada ironía, con el dardo denominador de “derecho libre”.
La relación entre democracia y justicia tiene muchas complicaciones. La democracia sirve para lograr lo que queremos. La justicia sirve para lograr lo que debemos. La democracia se finca en la voluntad. La justicia se finca en el deber. La democracia triunfa cuando el pueblo ha sido complacido. La justicia triunfa cuando el pueblo ha sido respetado.
La abogacía sólo nos lleva a la justicia cuando cumple con sus tres cometidos esenciales. Uno es frenar a los poderosos para evitar el mal. Otro es defender a los débiles para evitar el daño. Pero el tercero es impulsar a unos y a otros para lograr el bien.
Es muy poderoso el abogado del poderoso, pero también es muy poderoso el abogado del indefenso. La diferencia es que el abogado del poderoso no sólo es muy poderoso, sino que también puede ser muy peligroso si a su poderoso no le explica o si no lo obliga. ¡Vamos!, si no lo orienta o si no lo enfrenta.
Hace tiempo le dije a un presidente de México que los abogados podemos ser muy molestos, pero que también podemos ser muy benéficos. Que éramos como los dentistas porque nosotros ponemos los frenos, pero nosotros también ponemos los dientes. Se rio, me tomó del antebrazo y me dijo que de esos le pusiera ambos. Le prometí que él tendría los frenos más fuertes y los dientes más potentes. Y le cumplí. Ese presidente hizo todo lo que quiso hacer, pero nunca violó la ley. La historia no me desmiente.
Confiemos en que no habremos de caer en el grave error de hacer de la justicia la solución de la política, ni en el grave pecado de hacer de la política la solución de la justicia.
