La línea divisoria

En ocasiones es difícil distinguir al gobernante brillante del gobernante estúpido. Más aun cuando, por esa contigüidad o por esa continuidad, la estupidez inocula a la brillantez o la brillantez disimula a la estupidez...

Séneca diría que en la política es muy fácil distinguir la brillantez de la estupidez. Sin embargo, han pasado 2000 años y aún parece difícil distinguir la línea divisoria entre una y otra, sobre todo cuando están contiguas o cuando son continuas.

Así, en ocasiones es difícil distinguir al gobernante brillante del gobernante estúpido. Más aun cuando, por esa contigüidad o por esa continuidad, la estupidez inocula a la brillantez o la brillantez disimula a la estupidez.

Para el escéptico Séneca, no hay verdad ni mentira. Para el desconfiado Descartes, sí las hay, pero no son confiables. Para el idealista Gibrán, ambas son lo mismo, pero disfrazadas. Para nosotros y aterrizando en México, el espejismo nos dice que Lázaro Cárdenas tuvo un mal sexenio, pero un buen día que lo elevó a la gloria, mientras que Gustavo Díaz Ordaz tuvo un buen sexenio, pero un mal día que lo sepultó en la historia.

Para evaluar a un gobernante, yo recurro a un método casero, que no considero original, pero que lo comparto con quienes les guste protegerse en el refugio de la objetividad y también con quienes prefieran esconderse en la guarida de la subjetividad.

Yo comienzo valorando un perfil de cinco elementos referidos a los problemas que el gobernante resolvió, tanto preexistentes como emergentes. Lo mismo hago para los problemas que el gobernante no resolvió. Allí ya van cuatro y el último, que es gravísimo, se refiere a los problemas que el propio gobernante generó por sí mismo.

Estos elementos los aplico a 20 pruebas concretas y comienzo con seguridad, corrupción, amparo, reforma judicial y huachicol. Prosigo con salud, educación, infraestructura, energía y alimentación. Continuo con finanzas, economía, comercio, crecimiento y desarrollo. Termino con democracia, libertades, Estado de derecho, división de poderes y federalismo.

Esto no es un límite. Cada quien puede agregar cinco o diez de lo que más le interese. No importa que no sean importantes para los demás si lo son para usted. Los baches, los preparativos del Mundial, las mañaneras o lo que usted incluya. Con todo esto ya verá lo que fueron y lo que son sus gobiernos.

Pero considero otras líneas divisorias. Una de ellas es el status y la tendencia. En pocas palabras, cómo estamos y cómo vamos. Por ejemplo, dos enfermos pueden tener 38° de temperatura, pero no estar igual porque hace dos horas uno tuvo 37° y ahora va mal, mientras que el otro tenía 42° y ahora va bien.

Como diría el genial Cantinflas, es lo mismo, pero no es igual. La línea divisoria entre la sinceridad y el fraude para distinguir entre los charlots y los charlatanes. La línea divisoria entre la lealtad y la malandría, porque los que lamen patas también muerden manos. La línea divisoria entre la apariencia y la esencia, porque el hábito no hace al monje. Allí está el detalle, remataría.

Otra línea divisoria nos distingue entre nuestro gobierno y nuestra sociedad. Porque en todo país civilizado mucho más se le debe a la sociedad que al gobierno. Y en México van bien muchos de nuestros espacios que no son del gobierno. Menciono algunos de ellos.

Van bien las empresas, los bancos, muchas universidades privadas y públicas, los medios de comunicación, muchos de los profesionistas, la planta laboral, la cultura, el turismo, los transportes, el abasto, la construcción, el vestido, los hospitales privados, las comunicaciones y otros cien espacios. Eso alienta la esperanza de un buen mañana mexicano.

No desconozco que fuera del gobierno también van mal otras cien cosas como las universidades patito, los partidos políticos o la violencia, desde la delincuencial hasta la familiar.

Para terminar, menciono una línea divisoria en la que no atino a descifrar. La siempre complicada, misteriosa y arcana línea del tiempo. El tiempo nunca se va y siempre existirá, pero siempre cambia y nunca será igual. Por eso, en verdad, confieso que aún no sé si todavía es temprano o si ya es demasiado tarde.

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