La leyenda de las Américas
En muchos discursos deshilachados se repite el sonsonete de la unidad panamericana.Pero la historia nos indica que Europa es unida y que América es desunida. El paneuropeísmo es ya una realidad, mientras que el panamericanismo sigue siendo una fantasía.
Simón Bolívar, James Monroe y José María Morelos imaginaron que América era una, que era única y que era unida. No fueron ilusos, sino tan sólo ingenuos. Los ilusos son los que 200 años después siguen creyendo en esa leyenda americana.
Nosotros fuimos la primera nación en despertar de ese ensueño. Fue brusco, fue amargo y fue en 1847. Los vecinos nunca se lo habían hecho a alguno y nunca se lo volvieron a hacer a otro. Todo su territorio siempre se adquirió a la buena. Por el patriotismo de la independencia, como lo fueron las 13 colonias. Por la hazaña de la colonización, como lo fue su región central. O por el dinero de la compra, como lo fueron Alaska y Luisiana.
Lo nuestro fue la excepción. Pero eso ya fue del pasado, no es del presente ni será del futuro. Ni esperamos devoluciones ni queremos disculpas. Desde entonces hemos sido socios en los tratados y aliados en las guerras. Así debe ser. Ya lo dijo Vicki Baum, “si tienes alteza, perdona, y si no la tienes, por lo menos olvida”. Así ha sido.
Pero si miramos hacia el sur, ni todos nos son gratos ni nosotros les agradamos a todos. Tomo el ejemplo inocuo de la predilección futbolera. Si España y Argentina jugaran la final mundial, nueve de cada diez mexicanos estarían a favor de España. Y si el juego fuera entre México e Italia, la mayoría de los sudamericanos estaría con Italia y en contra de México.
México ha sido un lobo solitario en el concierto latinoamericano. Es pura fábula eso de que ha sido el líder y el hermano mayor. México fue el único que no votó la exclusión de Cuba de la OEA. Pero eso no nos hizo enemigos de Estados Unidos. México fue el único latinoamericano aliado de Estados Unidos, mientras que muchos coqueteaban con el Führer. Pero eso no nos hizo enemigos del sur.
Por eso, todos saben que no existe la América sino las Américas. Ningún otro continente reconoce su pluralidad. No existen las europas ni las asias ni las áfricas. Tan sólo las Américas, así se hable de plazas, de cines, de restaurantes, de hipódromos o de cumbres presidenciales.
Sin embargo, en muchos discursos deshilachados se repite el sonsonete de la unidad panamericana. Pero la historia nos indica que Europa es unida y que América es desunida. El paneuropeísmo es ya una realidad, mientras que el panamericanismo sigue siendo una fantasía.
Los europeos han estado determinados por una lucha en contra de las dictaduras, de las persecuciones, de las discriminaciones, de los exterminios y de las injusticias. Por eso, para ellos, la protección al individuo es un valor preeminente al de la defensa de las soberanías.
En cambio, los americanos han estado más determinados por los abusos de unas naciones en contra de otras. Particularmente de las más poderosas en contra de las más débiles. Es por eso que, para un latinoamericano, la historia y la política lo han puesto en la condición de buscar la defensa de la soberanía por encima de todo.
Por eso me parece ver varios errores de real política. Creo que se equivoca el gobierno de Estados Unidos cuando quiere que todos los países sean demócratas. Y creo que se equivoca el gobierno de México cuando quiere que todos los países sean amigos.
La ecuación lógica de la soberanía de los pueblos americanos nos obliga a respetar que cada quien adopte el régimen político que más le acomode y que cada quien escoja los amigos que más se le antojen.
Ni Cuba tiene que dejar de ser una tiranía para cumplir nuestros caprichos ni Estados Unidos tiene que invitar a quien no tolera para cumplir nuestros antojos. Es más, nosotros a nadie le aceptaríamos que nos impusiera sistemas a la brava ni que nos impusiera invitados a chaleco.
Las cumbres panamericanas tan sólo sirven para el discurso, para la fotografía y para contar en su país lo que cada uno quiera. Nadie es imprescindible, salvo Estados Unidos. Al que no asiste, ni lo extrañan y ni lo notan. Todos se abrazan y todos prometen regresar para la siguiente.
