La hora de los payasos
La política de nuestros días es una remasterización del populismo, que se basa en las debilidades sociales y no en las fortalezas nacionales
Para Sonia Venegas, nueva directora.
Facultad de Derecho de la UNAM
Hay que meter a los payasos. Esta frase proviene del circo y hasta ha titulado famosas melodías. Se refiere a la aparición inmediata de los payasos cuando sucede una tragedia en el trapecio, en la jaula o en la arena, para que los niños crean que lo sucedido forma parte de la comicidad.
Desde luego que, también, entran los paramédicos y no sólo los payasos. Esa combinación de realismo e ilusionismo sirve para atender heridos y para evitar traumas. Por eso, también nos sirve para infundirnos ánimo, valor y esperanza ante nuestras desgracias. Así debiera suceder en el circo político frente a lo funesto. Aplicar el remedio que alivie, así como el placebo que serene.
Porque hay ocasiones en que el gobernante se desploma del trapecio por saltar a oscuras, por saltar sin red, por saltar en machincuepa triple o por todas al mismo tiempo. Es decir, por empeñarse en los propósitos imbéciles, por amarrarse en las alianzas estériles o por sembrar en las praderas infértiles.
También hay ocasiones en que el gobernante es devorado por la fiera de la corrupción, de la delincuencia, de la migración, del narcotráfico o de la impunidad.
Y también hay ocasiones en que el gobernante se incinera tragando el fogonazo del ridículo, del absurdo, de lo grotesco, de la impotencia, de la impericia, de la imprudencia, del cinismo y hasta del deshonor.
Para todo eso se requiere que entren los payasos que le puedan hacer sentir a una ciudadanía pueril que no ha pasado nada y que la función debe continuar.
La política de nuestros días es una remasterización del populismo, que se basa en las debilidades sociales y no en las fortalezas nacionales. Y que tan sólo se cura con la dolorosa dictadura.
Que es mentiroso porque se sostiene en la falsedad y no puede sostenerse en la verdad. Que es contagioso dentro de una misma sociedad y puede ser pandémico hacia otros países. Es un signo que ha proliferado ya en Estados Unidos, en la América Latina, en el Caribe y en algunas democracias europeas.
Que es dañoso porque nunca ha aportado un beneficio y siempre ha sido perjudicial. Que es costoso porque no es gratuito y es el que posterga soluciones, el que condena generaciones, el que destruye naciones. Que es vergonzoso porque ninguna nación se ha sentido orgullosa de sus periodos populistas y, por el contrario, todas se han arrepentido para siempre. Puede ser de izquierda o de derecha porque no es una ideología sino un truco.
Siempre es menor y siempre decae. Donald Trump es mucho menor que Ronald Reagan. Díaz-Canel es mucho menor que Fidel Castro. Y Nicolás Maduro es mucho menor que Hugo Chávez, lo cual ya es mucho decir. Por si fuera poco, Marine Le Pen sería lo menor en los 65 años de la Quinta República Francesa. Y a ver quién me puede contradecir en esto.
Tanto en México, en Estados Unidos, en Argentina y en otras latitudes, todo esto ha producido un fuerte enojo entre las masas y una grave descomposición en las élites, como lo prueban los niveles de mando. He visto la política durante toda mi vida y nunca habría imaginado el nivel tan pobre en el que nos encontramos de gabinete, de Congreso, de gubernaturas y de partidos. Algunos dicen que hasta de boletas.
Desde luego, hay quienes se salvan de este repruebe, pero no sería más allá de un 10%, lo cual es una catástrofe humana. Reconozco con gusto que hoy vivimos el mejor nivel porcentual de la Suprema Corte, quizá con un 80% de excelencia.
Tengo pánico de que los jóvenes mexicanos crean que así es siempre la política y que crean que así apesta siempre. ¡Vamos!, que no distingan el olor de lo podrido.
Send in the clowns, dicen nuestros vecinos. Si nuestros países terminan como el trapecista desplomado, como el domador tragado o como el pirófago quemado, vamos a necesitar de muy buenos políticos que nos remedien. Pero, si no es mucho pedir, también vamos a necesitar de muy buenos payasos que nos consuelen.
