La hidromancia mexicana

Los mexicanos serían más felices con menos asesinatos, no con menos diputados. Con impartir justicia, no con elegir jueces. No estoy en contra de las elecciones. Les tengo buena ley porque he sido candidato y he triunfado. Pero no creo que muchos votos conviertan en honesto a un ratero y en leal a un traidor. Lo que el alma no tiene, la elección no regala

La hidromancia es la adivinación por el agua. En México, la política del agua ha sido de lo más absurdo en cuanto a su administración, a su suministro, a su cuidado, a su costo, a su precio, a su huachicol, a su cultura, a su aprecio y a su desperdicio.

En lo burocrático, el agua se fuga en la tubería y se fuga en la tesorería. La merma da una pérdida de hasta el 40%, debido a sistemas viejos, desgastados y mal atendidos. A esto hay que agregar la indolencia y la corrupción. Los grandes consumidores industriales y comerciales pagan lo que quieren y cuando quieren. Así es que sólo los consumidores domésticos estamos cautivos.

Para México, la naturaleza no ha sido madre sino madrastra. Nuestro altiplano se localiza a más de dos mil metros sobre el mar. Es decir, muy lejos de los mantos subterráneos. Los grandes valles están entre las dos cordilleras y no entre las sierras y el mar, con lo que se hubieran beneficiado de las vertientes. Y, como país esbelto, las cordilleras están tan cerca del mar que no alcanzan a formar valles, sino que escurren directamente al océano. La vertiente mexicana se parece más a una cascada que a un río.

Los ríos que escurren a los valles centrales son tan enclenques que rayan en el ridículo. Los 80 millones de mexicanos que viven en el altiplano y en la mesa central nunca han visto un río “de a de veras”. Algún día, una dama austriaca me preguntó el nombre del río de la capital mexicana. A una europea no le puedo decir que no tenemos río porque no me lo creería. Ni que tuvimos como 30 ríos, hoy todos enterrados, entubados y pavimentados. Ni que nuestros ríos no son hidrantes sino sépticos. Ni que los usamos para excretar, no para beber.

Para disimular nuestro salvajismo, le contesté que el río de la Ciudad de México se llama Cutzamala y no le mentí. Le dije que alcanza para que bebamos 25 millones de personas, el triple de su país. Pero le oculté que no cruza la ciudad, sino que se encuentra a 130 kilómetros y que traer el agua, por entre las montañas de 3 mil metros sobre el mar, es un portento mundial de la ingeniería y casi un milagro diario.

Por eso, el gobierno de Miguel Alemán desarrolló un gran programa de irrigación con la construcción de obras, desde monumentales hasta pequeñas redes de distribución. Más tarde, otros visionarios realizaron el represamiento de nuestros mayores ríos, tanto con fines energéticos como de irrigación. En ese gobierno y durante 50 años tuvimos un ministerio del agua que después se degradó a simple agencia. Mal hecho porque el agua es un asunto de políticos, no de piperos.

A través del agua podemos profetizar. Yo vivo en una colonia que no la hizo la riqueza sino la sensatez. Cuenta con 15 pozos de abastecimiento, además de una presa proveedora en su poniente y de un vaso regulador en su oriente. Por ése y otros muchos, es un modelo urbanístico único en México. El agua es cara y la Tesorería es celosa. Pero el agua no ha fallado desde hace 70 años cuando fue planificada por extranjeros de un país muy acuoso. Los planificadores mexicanos no piensan en el agua.

El México tan gravemente enfermo no se aliviará de todos nuestros problemas estructurales con reformas mentirosas, inútiles, dañinas y fantasiosas. Los mexicanos serían más felices con menos asesinatos, no con menos diputados. Con impartir justicia, no con elegir jueces. No estoy en contra de las elecciones. Les tengo buena ley porque he sido candidato y he triunfado. Pero no creo que muchos votos conviertan en honesto a un ratero y en leal a un traidor. Lo que el alma no tiene, la elección no regala.

La seriedad nos permite adivinar el futuro. Hace 100 años nos hubiéramos reído si nos hubieran dicho que la industria del automóvil iba a ser la industria fundamental del siglo XX. No nos burlemos si hoy nos dicen que ni la industria de las armas ni la del petróleo y ni siquiera la de las computadoras, sino la del agua, va a ser la industria fundamental del siglo XXI.

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