La guerra con visión de mexicano
El discurso de la paz y del humanismo tan sólo sirve para los pacifistas y para los humanistas. Pero resulta que estos beligerantes ni son pacifistas ni son humanistas. Su guerra ya lleva 70 años y quizá continúe en los próximos dos siglos. No se ha encontrado ni ley ni políticani acuerdo ni amenaza ni promesa que los aleje de la barbarie, de la sinrazón y de los odios
Sin duda alguna, los mexicanos hemos sido muy contradictorios. O, quizá, muy complementarios. Hoy, podemos presumir que somos un pueblo muy pacifista y, al mismo tiempo, confesar que muy violento. Puritano y penitente. Vaya antagonismo que no ha encontrado una explicación sólida.
Desde luego, hemos sido pacifistas. En 200 años de vida independiente, jamás hemos agredido a nación alguna, salvo en defensa. Pero nunca para hacernos de su poder, de su riqueza, de su territorio, de sus derechos o de sus privilegios.
Más aún, hemos colaborado en la solución de los conflictos de otros. Hemos impulsado y logrado la desnuclearización de la América Latina. Hemos consagrado constitucionalmente nuestros principios de autodeterminación, de no intervención, de solución pacífica y de cooperación internacional.
En la crisis actual de Oriente Medio, México diría arréglense como quieran o como puedan, pero sin balazos y sin revanchas. Ésta es mi traducción de nuestro artículo 89 constitucional, fundamento rector de la política exterior de México. Me gustaría creer que habrá una solución diplomática, pero tengo que aceptar una realidad amarga. Ante esa ecuación, el discurso mexicano es incoherente, infructuoso e inservible.
El discurso de la paz y del humanismo tan sólo sirve para los pacifistas y para los humanistas. Pero resulta que estos beligerantes ni son pacifistas ni son humanistas. Su guerra ya lleva 70 años y quizá continúe en los próximos dos siglos. No se ha encontrado ni ley ni política ni acuerdo ni amenaza ni promesa que los aleje de la barbarie, de la sinrazón y de los odios.
En nuestra vida interior, también nosotros hemos sido muy violentos. Guerras civiles muy cruentas. Veinte años la de la Revolución. Diez años la de la reforma. La mitad de nuestros 200 años mexicanos hemos vivido en guerra civil, en guerra internacional o en guerra delincuencial.
De nueva cuenta saludo la actuación de Omar García Harfuch. Su tarea es muy complicada. El crimen violento hoy ocupa 50 especialidades, lo que es un récord mundial. Cada año, miles de homicidios, más miles de desapariciones, más miles de extorsiones, más… más… y más. Pero también tiene que atender frentes con el gabinete, con la opinión pública, con los extranjeros, con las víctimas, con el presupuesto, con los activistas y con sus propios equipos. Lo felicito con sinceridad.
Nunca se puede adivinar si una guerra durará 2 o 10 años. No sabemos si la nuestra durará tres sexenios o dos generaciones. Tan sólo sabemos que no terminará antes de 10 años. Pero no sabemos cómo va a terminar. ¿Con una victoria? ¿Con una derrota? ¿Con una tregua? ¿Con una rendición? Yo no lo sé y no sé de nadie que lo sepa.
Son tres los mecanismos fundamentales de castigo y exterminio del crimen: el informal, el judicial y el militar. Con el informal se llega a la ejecución clandestina de los “malos”. Sólo los “buenos” se enteran del éxito. En la sociedad queda una sensación generalizada de ineficiencia y de impunidad. Con el judicial se puede llevar al tribunal y al patíbulo a los criminales, pero su castigo siempre nos parece insuficiente e insatisfactorio.
Por último, el militar ayuda a desquitar cierta rabia, pero a costos muy altos. Masacrar a los delincuentes o aniquilar a una región es dejar en claro que somos iguales que ellos y que lo que nos hicieron fue porque nos lo merecíamos. Lo más grave y lo más injusto de todo esto es que, para castigarlo o para eliminarlo, muchas veces tenemos que pagar con nuestros valores más preciados. Con la libertad, con la intervención o con otros similares.
Los hados y los dados dirán si Nike abraza a Themis, a Cratos o a Némesis. Si la victoria será para la justicia, para la fuerza o para la venganza. Y, de paso, bueno sería que Hades y Caronte hicieran bien su trabajo. O, dicho en palabras refinadas y sin agraviar a nadie: ¡Ánimas! que se los lleve… a todos los que nos hacen daño.
