La Corona de México

Durante 200 años, la Presidencia de la República ha sido el mayor depósito de poder político mexicano, sin institución ni grupo ni persona que le disputara ni un centésimo de su majestad. Podrán haber alternado los partidos gobernantes, pero al presidente mexicanono le han quitado ni los vales de gasolina

El primer día de octubre, Claudia Sheinbaum jurará respetar nuestra Constitución, con lo cual se convertirá en Presidenta de México. Y el día 4 se cumplirán 200 años de la expedición de la Constitución de 1824, que nos instaló como nación republicana, democrática, federal y presidencialista, bajo un régimen constitucional, con poderes separados, con estados federados y con garantías de los gobernados.

Así pues, entre otras efemérides, cumpliremos dos siglos de una Presidencia que casi siempre ha sido muy poderosa. Tan poderoso fue Santa Anna como Benito Juárez, Porfirio Díaz como Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas como Miguel Alemán, López Mateos como Carlos Salinas y López Portillo como López Obrador. Así ha sido siempre y así siempre será la Corona de México.

Durante 200 años, la Presidencia de la República ha sido el mayor depósito de poder político mexicano, sin institución ni grupo ni persona que le disputara ni un centésimo de su majestad. Podrán haber alternado los partidos gobernantes, pero al presidente mexicano no le han quitado ni los vales de gasolina.

Hemos tenido presidentes buenos y malos. Los que construyen y los que destruyen. Los que unifican y los que polarizan. Los estadistas y los primitivos. Los respetados por las otras naciones y los burlados hasta por las mafias. Y es que el poder es crático y no ético. No da virtudes y no impone vicios. ¿Con cuántos votos se convierte en inteligente al bruto? ¿Con cuántos puntos se vuelve valiente al cobarde? ¿Con cuántas reformas se hace patriota al apátrida?

Aquiles creía que era hijo de Zeus. Pero no lo era. Aquiles creía que era todopoderoso. Pero no lo era. Aquiles creía que era invencible e inmortal. Pero no lo era. Muchos hombres de todos los tiempos han creído que son como Aquiles. Pero no lo son.

Mucho de ello tiene que ver con la creencia de la eternidad y de que nunca menguará su poder. Alguna vez, un gobernante me preguntó cuál debería ser el mejor año de su sexenio. Sin la menor duda le contesté que el séptimo año. Me fijó su mirada y me sonrió, como si yo hubiera dicho un chiste tonto. No me creyó y años más tarde me confesó que mucho se arrepintió.

Quizá tan sólo han sido tres los factores que nos han alejado de la dictadura y que a ellos los han alejado de la locura. El primero es la no reelección, con sus consecuentes no prórroga del mandato y no pelelismo de sus sucesores.

El segundo es la división de poderes, que evita que todo el poder se deposite en una sola persona. Me refiero a la división en Ejecutivo, Legislativo y Judicial, más tarde enriquecida con los órganos autónomos. También me refiero a la separación de poderes federales, estatales y municipales. Y me refiero al poder depositado en los partidos políticos, en la empresa privada, en la inteligencia universitaria, en las Fuerzas Armadas y en los medios de comunicación.

El tercero es el respeto absoluto a la Constitución que juraron cumplir y a las reglas políticas de no jugar ni juegos prohibidos ni con juguetes prohibidos. Me refiero a no jugar con la Constitución, con el Congreso y con la Suprema Corte, como lo hizo Victoriano Huerta; ni con el Ejército, como lo hizo Díaz Ordaz; ni con la reelección, como lo hizo Álvaro Obregón; ni con los maximatos, como lo hizo Calles; ni con Estados Unidos, como lo hizo Santa Anna.

Esa misma semana también me recordará el 2 de octubre y los jovencitos universitarios que nos enfrentamos al gobierno para contener y para cambiar. Hoy, de nueva cuenta los veo en las calles, los aplaudo y me vuelvo a ver protestando, siempre acompañado por el rector Barros Sierra.

Sigo convencido de que, en toda la historia, por los hombres y por los pueblos nunca han hablado ni su poder ni su riqueza ni su conquista ni su imperio. Por los pueblos y por los hombres, lo mismo en Hélade que en Lacio, que en Anáhuac, lo único que ha hablado, lo único que habla y lo único que seguirá hablando es tan sólo su espíritu.

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