Hay que ahorrar a cualquier precio

Todos los gobiernos tienen la obligación de racionalizar su gasto. Tanto los muy opulentos como los muy estrechos. El dispendio público está reñido con la seriedad gubernamental. El dinero público debe manejarse con todo celo como si fuera dinero propio, pero con la clara consciencia de que es dinero ajeno. Esto es un axioma político de validez universal y que no recibe cuestionamiento alguno

Donde empiezan las dudas y las discusiones es en la precisión de la racionalidad presupuestaria y en los rubros del gasto. Es decir, en el cuánto y en el qué gastar. La mayoría de los expertos aconsejan que se ahorre en el gasto corriente, en beneficio del gasto de inversión. Y, al recortar el gasto corriente, los socialistas sugieren que se ahorre en viajes y en comidas mientras que los capitalistas recomiendan ahorrar en los salarios y en las prestaciones.

México ha llegado a un punto de quiebre en estos asuntos. Tenemos que aceptar que después de las décadas doradas del “desarrollo-estabilizador”, donde todo se gastaba con prudencia y con inteligencia, sobrevinieron sexenios terribles para nosotros. Los mandatos de Luis Echeverría y de José López Portillo estuvieron impregnados por el despilfarro y el derroche. ¡Así nos fue! Lo tuvimos que pagar con mucho sufrimiento.

Después, los gobiernos de Miguel de la Madrid, de Carlos Salinas y de Ernesto Zedillo entraron a una racionalidad necesaria. El primero de ellos porque las circunstancias nos obligaron “a chaleco”. Los dos restantes tuvieron años de una razonable presupuestación. Su formación profesional y sus antecedentes laborales los indujeron a ello de manera casi natural. Los últimos tres sexenios han sido de una espiral de gasto creciente y parece que incontrolada. 

Por eso, ahora tenemos que ahorrar, sobre todo en lo innecesario. Por ejemplo, a muchos mexicanos nos parece un despilfarro inútil los miles de millones que se destinan a la manutención de los partidos políticos. Gasto enorme que ha demostrado su banalidad y que indigna a los contribuyentes. También nos indigna el gasto en “guaruras”, hasta para burócratas de cuarto nivel y completados con sus flotillas de camionetas de altísimo precio. Todo ello lo utilizan hasta sus yernos y las queridas de sus yernos. Por otra parte, tenemos que ahorrar en la multiplicidad de organismos y de subsecretarías. Hay comisiones federales hasta para el estudio de la mosca prieta y para prevenir el maltrato a los moscos transmisores. Ya me referí a ello en las páginas de Excélsior y agradezco la cita de ellas que hizo mi compañero David Vicenteño, en su reportaje de primera plana.

Donde tengo enormes dudas es en el supuesto ahorro en los salarios de los ejecutivos especializados. Me queda en claro que el mercado laboral es un mercado libre. Quizá el más libre de todos los mercados. No está sujeto a monopolios ni a concesiones ni a regulaciones. El gobierno es un simple competidor en ese mercado y, si paga de menos, obtendrá de menos. Aclaro que tampoco estoy de acuerdo con algunos salarios estrafalarios de 600 mil pesos mensuales, no porque la gente no lo valga, sino porque no es moral que lo pague un gobierno.

Pongo como ejemplo a la Suprema Corte porque la abogacía está cerca de mi vida y de mi experiencia. Hay uno de los ministros, o quizá haya más de uno que, en el mercado libre de los bufetes, ganaría 5 o 10 veces más de lo que gana como ministro. Pero, también, hay ministros que, en la calle, con dificultades ganarían la mitad de lo que les paga el gobierno.

En muchas áreas gubernamentales se requieren ejecutivos de alta preparación y desempeño. Ellos cuestan mucho dinero y, si se ha contado con muchos jóvenes subpagados, es porque ellos están aprendiendo y serán transitorios. Se irán a las filas privadas de la buena remuneración, a bien vivir de lo que aprendieron en la gran escuela que es el servicio público. En muchas ocasiones se dedicarán a combatir al gobierno y es muy posible que lo hagan con un gran éxito.   

Lo que digo lo sé porque lo viví y porque lo vivieron muchísimos profesionistas de mi generación y de muchas generaciones. Nos formamos en el gobierno y allí aprendimos la parte sustantiva y funcional de nuestra profesionalidad. Así lo he repetido en mi ensayo Las escuelas de la política. Algunos fuimos muy bien pagados en el gobierno. Pero hubo un día en que nos fuimos a pastar en praderas más cómodas y mejores.

Por eso creo que si el gobierno reduce los salarios de esos ejecutivos, perderá competitividad en el mercado laboral, sin beneficio alguno ni para el sector público ni para con nosotros, los ciudadanos gobernados. En eso, los patrones no pueden ahorrar, sean sector público o sector privado. Desechemos la receta de los tecnócratas absurdos, en el sentido de que hay que ahorrar, aunque cueste lo que cueste.

Presidente de la Academia Nacional de México

Twitter: @jeromeroapis

Temas: