Handicap presidencial

Lo que suceda en los próximos días no necesariamente será definitivo ni definitorio. Primero, porque, ante la ley, aún no serán candidatos oficiales ni tendrán registros legales ni adquirirán derechos electorales. Los dueños de los partidos podrán cambiarlos cuando les apetezca o cuando les convenga.

Podríamos decir que el handicap presidencial ya está en el arrancadero. Hay nerviosismo en los participantes y hay expectación en el público. En algunas etapas parecía que se seguiría un libreto ya memorizado. Pero las reacciones espontáneas y erráticas nos sugieren que no hay un guion y que todos van con navaja libre.

Sin embargo, lo que suceda en los próximos días no necesariamente será definitivo ni definitorio. Primero, porque, ante la ley, aún no serán candidatos oficiales ni tendrán registros legales ni adquirirán derechos electorales. Los dueños de los partidos podrán cambiarlos cuando les apetezca o cuando les convenga. Desde estas fechas hasta las de la postulación oficial y el registro legal, podrán pasar muchas cosas para las que nuestra imaginación es muy pequeña.

Además, lo de estos días ni nos beneficia ni nos perjudica. Esta semana no nos pasará absolutamente nada a nosotros, los mexicanos. Nuestro futuro se jugará hasta el próximo 2 de junio. En realidad, los resultados de aquí al 6 de septiembre tan sólo conciernen a los interesados, pero no a nosotros, los mirones.

El proceso sucesorio que se avecina no terminará en una elección, sino en un referéndum. Más que una selección de candidatos, el electorado hará una selección de posiciones. Por una parte, aquellos millones de mexicanos que quieren sostener el régimen y, por la otra parte, aquellos millones de mexicanos que quieren derribarlo. Los que votarán por la continuidad y los que votarán por el cambio, sin importar los nombres y los apellidos que contengan las boletas. En ello se advierte que será un choque de fuerzas más que un combate de candidatos.

Los análisis políticos muestran que el futuro está parejo, aunque algunos digan otra cosa. Las encuestas son como los análisis clínicos, pero no son el análisis médico. Un termómetro anuncia la fiebre, pero no diagnostica la enfermedad de entre 20 posibles que son piréticas. Una encuesta nos dice números, pero no nos dice razones ni mucho menos pronostica lo que va a pasar dentro de casi 300 días que faltan para la elección.

Por otra parte, algo tendrá que ver la configuración de las quinielas electorales. No sería el mismo pronóstico para una contienda entre cualquier ecuación. En una elección, las encuestas pueden mostrar la fuerza de cada uno. Pero sólo la inteligencia política muestra las flaquezas de cada uno.

La fuerza de una cadena es igual a la resistencia del más débil de sus eslabones. Si se encuentra ese eslabón, se puede romper la cadena. Si se encuentra el punto débil, se gana cualquier elección. Así, John Kennedy y William Clinton vencieron a candidatos mucho más fuertes, como lucían Richard Nixon y George Bush.

En todo esto también algo tendrían que ver las deserciones amañadas. Por ejemplo, Adán Augusto López podría declinar en favor de Claudia Sheinbaum y, con esos 10 o 12 puntos, robársela a Marcelo Ebrard “con todas las de la ley”. Pero no creo que sean tan truculentos.

Por otra parte, estarían los berrinches separatistas reales en el bando oficial y que no se dieron en el bando opositor. Esos posibles episodios pueden desequilibrar la lógica de una elección. Aunque las afectaciones sean de pocos puntos, pero en una elección cerrada hasta las variaciones pequeñas pueden ser determinantes.

Sin embargo, no lo siento probable. Si un aliancista se enfrenta al gobierno, se llama oposición y se paga con mucho, como lo pagó José Vasconcelos. Pero si un morenista se enfrenta al gobierno, se llama rebelión y se paga con todo, como lo pagó Francisco Serrano. En ambos casos se requiere de mucho valor y las encuestas no miden la valentía.

En fin, ya arranca el handicap presidencial. Para ganar una carrera hípica tan sólo se requiere cruzar la meta antes que los otros y para ganar una carrera electoral tan sólo se requiere tener más votos que los otros. La hípica es pura velocidad y nada más. La electiva es aritmética pura y nada más.

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