Hamlet se metió en las elecciones

Surge la terrible duda subsidiaria. Si no voto, ¿entonces qué debo hacer? Aclaro que yo nunca he creído en la abstención como solución política. Hace unos días comenté con Pascal Beltrán del Río en radio y televisión que pertenezco a una generación que nunca se abstuvo, sino que se enfrentó a todo en las calles, en las plazas y en todo lugar, aun a riesgo de la vida...

He escuchado las dudas de muchos sobre nuestra muy próxima elección de juzgadores. Ello me ha parafraseado algo que Shakespeare puso en la voz de Hamlet. ¿Votar o no votar? Y de allí, las dudas subsidiarias. Si es votar, entonces ¿por quién votar?, ¿cómo votar?, ¿para qué votar?

Los electores tenemos que decidir entre quienes no conocemos ni sabemos cómo son. Ello nos confunde y nos arriesga al error. Para explicarme con brevedad, recurro a una vivencia personal que parece guasa, pero que fue lección.

Como casi todos los de mi generación, nunca he tenido que comprar mi champú porque éste me lo surten automáticamente en la casa. Pero cierto día yo tuve que hacerlo y, cuando estuve frente a 200 marcas de champú, no supe cuál es la buena y cuál es la mala. Hoy, los electores nada saben de los miles de candidatos en una elección que algunos consideran insólita, ignota, incierta, ignara e inefable.

Tampoco sabía, ni sé aún, para qué sirven el aloe, la sábila, la manzanilla o la espinosilla. Hoy, muchos no saben para que sirve que los candidatos sean especialistas en constitucional, en amparo, en penal, en familiar, en mercantil o en administrativo.

No sabía, ni lo sé aún, si mi pelo es normal, maltratado, grasoso o seco. Hoy no saben quién atiende asuntos ambientales o de violencia animal o de aranceles o de salud. Es más, no saben lo que quiere decir violencia vicaria o suspensión provisional o acto reclamado.

No sabía, ni lo sé aún, si lo quiero tener sedoso, lustroso, brillante o esponjado. Hoy, no saben quiénes son los conocedores, los valientes, los justos, los independientes, los experimentados, los honestos y los fuertes.

En pocas palabras, yo no sabía, ni lo sé aún, cuál champú preferir y seleccionar. Hoy, me parece que así estamos los electores mexicanos. Ni siquiera los especialistas saben, con precisión, los ingredientes de cada uno de los aspirantes.

Pero consulté a la dama que estaba más cerca de mí. Miró mi cabeza durante tres segundos, creo que no le gusté, frunció el gesto y puso un frasco en mis manos. Más tarde, ya en casa, me dirían que su decisión fue perfecta. Ella sabía elegir y yo no podía hacerlo.

Así que ahora, primero, pensemos en los problemas fundamentales de la justicia. Segundo, los atributos que usted considera que deben tener los elegidos. Tercero, oiga todo lo que pueda en cuanto a los problemas como en cuanto a las virtudes. Verá que hay muchos que son de primera, así como muchos que son de última. Por eso, hay que votar.

Pregunte a sus amigos abogados. No a uno solo sino mejor a varios, si es que puede, porque ninguno de nosotros conoce a todos los candidatos ni les sabemos todo a todos. Si tenemos ética, no le diremos por quién votar, para respetar la ley. Pero sí le diremos por quienes votaremos nosotros y usted es muy libre de seguirnos, si lo desea.

Regreso a Hamlet. Ya vimos la opción de votar. Ahora la opción de no votar porque la consideran sesgada y tramposa. Aquí surge la terrible duda subsidiaria. Si no voto, ¿entonces qué debo hacer?

Aclaro que yo nunca he creído en la abstención como solución política. Hace unos días comenté con Pascal Beltrán del Río en radio y televisión que pertenezco a una generación que nunca se abstuvo, sino que se enfrentó a todo en las calles, en las plazas y en todo lugar, aun a riesgo de la vida.

Nos enfrentamos a las autoridades dictatoriales, al Presidente, al establishment, al poder, al Papa y a la tradición. ¡Vamos!, hasta nos enfrentamos a nuestros padres que, en esos tiempos, era mucho más peligroso que todo lo demás.

Y, ¿saben qué fue lo que pasó? Que los cambiamos a todos ellos. El siguiente presidente y el siguiente Papa ya estuvieron siempre en nuestro favor y nunca en contra nuestra. Y, de paso, también cambiamos nuestro mundo de ese entonces y el mundo del futuro porque fueron cambios irreversibles. Siempre con acción, nunca con abstención.

Gracias, Hamlet. Ya te contaremos.

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