Ficción política de alta tecnología
Pero estoy convencido de que la democracia es realmente una nicecracia. No un gobierno de los pueblos, sino un gobierno de los vencedores. No siempre el realismo es lo mejor. El partido mexicano dominante en el siglo XX no fue demócrata y qué bueno que no lo haya sido. Lo que hizo bien no lo hubiera logrado con democracia
En memoria de Alejandro Martí.
La política siempre ha convivido con la ficción. Ello no es para escandalizarnos. Pero lo que resulta insoportable es la mala ficción. La torpe, la descuidada, la fodonga. La que carece de elegancia y de refinamiento.
La ficción no tiene signo ni valencia propios. Tan puede ser buena como puede ser mala. Santa Claus y El Coco son fingidos, pero necesarios. Los dos utilizan costal y lo único real en ellos es que ambos son ficticios. El navideño ayuda al entusiasmo y el nocturno ayuda al comportamiento. Qué bueno que son artificiales porque si fueran reales ambos estarían presos. Uno, por acoso consumado con sus constantes obsequios, así como por violación tentativa. El otro, por extorsión consumada con sus constantes amenazas, así como por secuestro tentativo.
En cuanto a la política, me he referido a la 4ª regla de la política ficción. Que la ficción no se la crea su autor. Que no prometa y luego se ilusione. Que no amenace y luego se asuste. Que no invente y luego se engañe. Que siempre tenga la clara noción de cuál es la verdad. Que no contraiga la psicopatología política que podríamos bautizar como los manicomios del poder.
Por ejemplo, es bueno que no creamos que la democracia, la justicia, la libertad o la soberanía son navajas de un solo filo que tan sólo cortan por un solo lado. Todas ellas dan y quitan cuando estamos en un mundo de política civilizada. Por el contrario, en el escenario de la barbarie, ellas tan sólo sirven con un solo filo, como la guillotina.
La historia nos cuenta que, en nombre de la democracia, Maximiliano Robespierre guillotinó a más franceses que ningún otro lo haya hecho. Poco tiempo después, en nombre de la democracia, la mayoría francesa decidió guillotinarlo. El que a democracia mata, a democracia muere. Ya ni modo.
Desde luego, soy un devoto de la democracia. Pertenezco a la generación del 68, la más lastimada desde hace un siglo en todo el planeta. La que renegó y se enfrentó al totalitarismo, a la intolerancia y al autoritarismo. A los jóvenes nos maltrataron porque no nos gustaba la guerra ni la dictadura ni que nos prohibieran pensar.
Pero estoy convencido de que la democracia es realmente una nicecracia. No un gobierno de los pueblos, sino un gobierno de los vencedores. No siempre el realismo es lo mejor. El partido mexicano dominante en el siglo XX no fue demócrata y qué bueno que no lo haya sido. Lo que hizo bien no lo hubiera logrado con democracia. Imaginemos el derrumbe si Santa Claus y El Coco se volvieran reales.
Leonardo da Vinci decía que lo importante no es que algo sea cierto, sino que esté bien inventado. Desde tiempos lejanos, Lucio Anneo Séneca, Nicolás Maquiavelo y Julio Mazarino disertaron sobre la mentira y consta que sus pupilos directos, Claudio César Tiberio El Divino, Lorenzo de Médici El Magnífico y Luis XIV El Sol, bien se ganaron su mención honorífica.
En mis edades muy tempranas leí el Mirabeau, de José Ortega y Gasset. En aquel entonces, que yo era un jovencito aspirante a político, el asunto de la verdad y de la mentira llegó a perturbarme. Tuve que buscar en el fondo de mí mismo para encontrar mi centro y configurar mi criterio. Más tarde supe que eso se llamaba autoanálisis. Creo que me fue útil y oportuno. Diez años después leí la obra de Jeane Kirkpatrick, La estrategia del engaño. Hoy me doy cuenta de que fui afortunado de haberlas leído en ese orden y con esa distancia.
Me percaté de que existen siete razones fundamentales por las que miente el hombre de Estado. Ellas son el cinismo, la codicia, el temor, la vergüenza, la ignorancia, la irresponsabilidad o la inconsciencia. Las dos primeras suelen mostrar el dominio de la mente y del temperamento. Las dos segundas ya nos anuncian el desbarranco del gobernante asustado y del político avergonzado. Por último, el mandatario ignorante, irresponsable o inconsciente más debiera buscar los asilos de la verdad que las guaridas de la mentira.
