En su 250 aniversario, celebro y saludo la independencia de Estados Unidos y su concretización, lograda 10 años después de aquélla, mientras las 13 colonias se mantuvieron desligadas y desunidas. Ese suceso cambió, para bien, la política del mundo, comenzando por la nuestra.
Se cuenta que, en esos tiempos, en una ocasión, John Adams, representante de las colonias ante Inglaterra, se presentó ante el primer ministro William Pitt para tratar un asunto muy grave para la joven nación. El inglés le resolvió, con ostensible menosprecio, que no eran iguales, puesto que los americanos ni tenían constitución ni eran país ni tenían soberano.
John Adams era un abogado que comprendió la necesidad de ser un Estado para hablar “de igual a igual”. La mayoría de sus paisanos políticos eran muy modestos, aunque eran verdaderos iluminados que habrían de inventar el sistema que hoy han copiado 80% de los países del planeta, mismos que también han copiado las prerrogativas de la Revolución Francesa y de la Reforma Mexicana.
Todavía habría de transitarse un largo camino rumbo a la vida constitucional. Los ruegos de Alexander Hamilton para lograr el imprescindible liderazgo congresional de George Washington. La renuencia inicial de éste y su final aceptación. La desconfianza generalizada de las delegaciones estatales. El nutrido asesoramiento de ideas europeas, surtido desde París por Thomas Jefferson. El cabildeo personal y periodístico del propio Hamilton, asociado con James Madison y John Jay.
La posición de Nueva Jersey. La oposición de Virginia. La transacción de Connecticut. El críptico juego de Benjamín Franklin. La exclusión del voto de Nueva York por motivos legaloides. La paciencia de Washington. Y la votación aprobatoria, ciertamente apretada, pero republicanamente aceptada por todos. Sin esa unión, su futuro hubiere sido incierto. De allí el lema de la nación “E pluribus, unum”, de muchos, uno. Se dice que otro día Adams volvió ante Pitt para entregarle ya “de igual a igual” un pergamino y decirle fríamente: “Excelencia, lea este documento que va a cambiar la historia del mundo. Se llama Constitución de los Estados Unidos de América”.
Las ideas políticas han producido más cambios que todas las guerras, que todas las revoluciones o que todas las conquistas, y han transformado la historia de las naciones. Por eso, los tiranos temen mucho a los pensadores políticos, pero confían mucho en los cárteles de delincuentes. Las ideas han movido a las armas, pero las armas nunca han movido a las ideas. Sin embargo, a veces las ideas no son entendidas plenamente ni por sus autores ni por aquellos a los que van dirigidas. Recurro a tres episodios.
La Revolución Francesa de 1789 proclamó la igualdad. De ella deviene la libertad, porque todos los hombres son iguales; la democracia, porque todas las voluntades son iguales, y la justicia, porque todos los derechos son iguales. Pero, en su origen, la frase “a las armas, ciudadanos” era inentendible, porque no se sabía lo que era un ciudadano.
La Reforma Mexicana de 1857 proclamó la separación entre el Estado y la Iglesia. Creo que todavía no nos lo perdonan los afectados, pero 160 países nos han seguido. Más tarde, propusimos el sufragio efectivo, en un libro que nadie leyó, pero que provocó una revolución en un país de analfabetas y dio paso al sistema más estable de la historia de la América Latina.
La Revolución Norteamericana de 1776 proclamó la república federal, el gobierno democrático, la libertad constitucional y la soberanía popular. Al principio, nadie sabía lo que significaba una constitución decretada por “nosotros, el pueblo”. Adams le dijo a Pitt que “mi soberano es más poderoso que el suyo”. El pueblo de EU no tiene límites, pero el monarca de UK sí está limitado.
En buena hora los franceses, los mexicanos y los estadounidenses nos sacaron de las cavernas. Ojalá que nunca regresemos a ellas.
