Espejismo y ficción

Los sedientos del desierto viven el espejismo que los lleva a beber la arena, no porque crean que es agua, sino porque tienen necesidad de beber lo que sea. Yo he visto hambrientos comer periódico, no porque lo crean comida, sino porque tienen la imperiosa exigencia de ingerir algo. Los pueblos desesperados eligen lo que sea, no por idiotas, sino por ansia descontrolada

Hay momentos en que los mexicanos no sabemos si nosotros no entendemos la política o si la política mexicana no se puede entender. Sólo los psiquiatras podrían decir si estamos viviendo una alucinación o una locura. Es cierto que la política siempre ha convivido con la ficción y ello no debe alarmarnos. Pero lo insoportable es la mala ficción. La torpe, la descuidada, la fodonga. La que carece de elegancia y de refinamiento.

La ficción puede ser buena o puede ser mala. Santaclós y El Coco son fingidos, pero necesarios. El personaje navideño ayuda al entusiasmo y el callejero al comportamiento. Los dos sirven muchísimo. Pero la actual Guardia Nacional o la antigua banca nacionalizada no le sirvieron para nada ni a sus autores.

La IV regla de la política ficción dicta que la ficción no se la crea su autor. Que no prometa y luego se ilusione. Que no amenace y luego se asuste. Que no invente y luego se engañe. Que no se pierda en sus propios manicomios. Que el autor no invente su grandeza, su pureza o su fortaleza y luego se engañe hasta creerse fuerte, puro o grandioso.

Existen dos estilos de concebir y de practicar la política. Uno de ellos está basado en lo imaginario. En lo que ya pasó o en lo que aún no existe. En lo que sólo es un deseo o un afecto y lo que sólo es una repulsión o un odio. A fin de cuentas, en lo que no tiene una consecuencia práctica. Este estilo ha recibido el nombre de “política ficción”. El otro estilo, por el contrario, se basa en referentes reales y concretos, muy especialmente en lo que beneficia o en lo que perjudica.

En ocasiones se confunde nuestra ficción y nuestra realidad. Un editor extranjero me dijo que, en algunos países, las librerías catalogan mi libro El jefe de la banda como novela ficción y no como historia política. Hay quienes han creído que yo inventé a Ruiz Cortines porque no lo conciben como un ser real. Eso fue en el 2015 y no sé lo que supondrían de mi mente si hoy relatara la actualidad mexicana.

En algunos momentos la política mexicana llegó a ser muy rica. Hace ya años, al más connotado politólogo europeo de ese momento le platiqué que el presidente mexicano acaparó durante 80 años el 95% de las potestades políticas. Que en ese tiempo se sucedieron 20 gobernantes distintos y, en algunas ocasiones, hasta enemigos. Y, sin embargo, todos respetaron el mandato constitucional de sucesión, en tiempo y forma.

Entonces, en esa grata sobremesa, el ilustre maestro me preguntó cómo lo habíamos logrado. Le expliqué que tan sólo respetando una fórmula nuestra convertida en dogma de política. Se lo dije en español porque no encontré una traducción más fiel y más precisa: la no reelección y la no elongación del poder.

Mis palabras lo asombraron y me dijo que es maravilloso que una sola idea política lograra durante 80 años dominar, someter y controlar a un gobierno autoritario, a sus partidos, a sus ejércitos y a sus ambiciones. Concluimos concordes en que las ideas políticas son el mejor ingrediente del poder político… Y, para rematar, pedimos otro digestivo.

Sin embargo, hoy no puedo imaginar y ni siquiera suponer el futuro político de México. Los sedientos del desierto viven el espejismo que los lleva a beber la arena, no porque crean que es agua, sino porque tienen necesidad de beber lo que sea. Yo he visto hambrientos comer periódico, no porque lo crean comida, sino porque tienen la imperiosa exigencia de ingerir algo. Los pueblos desesperados eligen lo que sea, no por idiotas, sino por ansia descontrolada.

Me consuela para el porvenir que yo confío mucho en los jóvenes. Ellos tienen una idea muy clara de lo que quieren. Y creo que lo que quieren no es malo. Quieren vivir con seguridad, quieren que los gobernantes no les mientan y quieren que éste sea un país más civilizado. No están enojados, ya que su pasado no proviene de una tiranía. Pero están encabronados porque su futuro proviene de un fracaso.

Temas: