El tiempo y el destino son los únicos invencibles

En México, ya llevamos 30 años y seis gobiernos aplicados a lo inmediato y sin verdadera atención hacia lo futuro. Los jóvenes me han dicho que la generación de mi padre se preocupó mucho más por mis hijos que lo que la mía se preocupó por mis nietos. En efecto, con mi vergüenza he tenido que reconocerlo

Las generaciones se suceden y eso es obra del tiempo. Pero también se transforman y eso es obra del destino. Me gusta platicar con los jóvenes que hoy llaman millennials y que son la generación de mis hijos y sus amigos. Yo pude ver un país a cargo de su juventud. Durante los 76 años del priismo, los presidentes iniciaron su mandato al promedio de los 45 años de edad. Después hubo un salto generacional en México, en Estados Unidos y en otros países. Muchas veces pregunto a los jóvenes ¿qué es lo que no les gusta de nuestra política? Su respuesta siempre es muy directa. No les gusta la falta de compromiso de nuestros gobiernos con las actuales y las futuras generaciones. Y no les gusta la falta de seriedad en el ejercicio del poder.

En México, ya llevamos 30 años y seis gobiernos aplicados a lo inmediato y sin verdadera atención hacia lo futuro. Los jóvenes me han dicho que la generación de mi padre se preocupó mucho más por mis hijos que lo que la mía se preocupó por mis nietos. En efecto, con mi vergüenza he tenido que reconocerlo.

La generación de mi padre sufrió burlas y hasta leperadas por construir lo que se consideraba una presunción inútil. La Ciudad Universitaria, el hospital de La Raza y el Centro Médico Nacional. El sistema nacional de irrigación y sus grandes presas hidroeléctricas. El sistema de infraestructura. El sistema Cutzamala y el drenaje profundo. El sistema nacional educativo, que comenzaba con desayunos escolares y terminaba por los conjuntos museográficos y hasta un Auditorio Nacional.

Se aguantaron chistes y guasas por crear Acapulco, Huatulco, Ixtapa, Los Cabos y Cancún; por construir el Metro y Tlatelolco; y por fundar el ISSSTE, el Infonavit, el DIF y la Conasupo. En cuanto a los logros inmateriales, los criticaron por instalar el sistema laboral, el desarrollo estabilizador, la reforma política mexicana y el sistema de libre comercio.

En cuanto a lo segundo, los jóvenes también tienen mucha razón. La seriedad es indispensable en toda política de gobierno. Pero hemos vivido muchos años en medio de una política poco seria. No me refiero tan sólo a López-Gatell. Me refiero a 60 gateles en 6 sexenios. No me refiero a un episodio, sino a un país. No me refiero tan sólo a México, sino a un mundo que anda por las mismas. Nada más veamos a sus gobernantes y a sus gabinetes.

Lo he dicho con un solo dato. En México, el crimen ha medrado porque es una organización seria, mientras que la seguridad ha fracasado porque no ha sido seria. En el lado de los gánsteres, el que no cumple, se muere. En el lado de los gobernantes, el que no cumple, asciende.

Al México del siglo XX se le pueden atribuir muchos pecados que no me interesa refutar. La deficiencia en democracia y en equidad. O la autarquía y el partido absoluto, por mencionar algunos. Pero son innegables su eficiencia y su seriedad.

Aclaro que no me gusta la seriedad cuando es dictatorial ni, mucho menos, la represión. Soy de la juventud del 68 y me gusta la libertad, la tolerancia y la paz. Pero, por ser de esa generación, me gusta la seriedad. Aprendí, muy bruscamente y muy dolorosamente, que la política es una bebida muy fuerte y que es algo demasiado serio. Vi cómo los que perdieron, se murieron, y vi cómo los que ganaron, se destruyeron.

Al tiempo y al destino nadie los ha vencido. Me resulta más fácil imaginar el futuro de Japón y Corea que el de India y Rusia. El de Alemania que el de Estados Unidos, de Francia, de Inglaterra o de España. Y tengo muy claro el futuro de Oriente Medio, el de África y el de Haití.

Tengo mucha esperanza en los jóvenes. Creo que a ellos ya no les gustará nuestra corrupción, nuestra irresponsabilidad, nuestra inconsciencia, nuestras equivocaciones y nuestro cinismo. Pero, al mismo tiempo, tengo un terror, pánico, de que a mis hijos y a mis nietos ya no les guste su única herencia. ¡Vamos!, para decirlo directo, tengo mucho miedo de que ya no les guste México.

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