El pecado de Porfirio y el pecado de Plutarco

En México, ya llevamos 30 años aplicados a lo inmediato sin verdadera atención hacia lo futuro. Con un exceso de presentismo y con una absoluta invidencia hacia el porvenir. Que la generación de su abuelo se preocupó mucho más por mis hijos, que lo que la mía se preocupó por mis nietos. Debo reconocer, con vergüenza, que mi padre hizo más por sus nietos que yo por los míos

No es importante lo que dura un sexenio sino lo que dura el poder. Son 100 veces más importantes los mil días de Kennedy que lo que serán los 3 mil días de Trump. Bush padre gobernó 20 años. Los 4 suyos, 8 de su hijo y 8 de Reagan. De nuestros 23 presidentes de un siglo, 10 tuvieron periodo normal, 7 fue corto, 3 fue largo y 3 aún no lo sé. La clave del tiempo es que nunca nos falte y que nunca nos sobre.

Si Díaz no hubiera competido en 1910, habría terminado con máximo honor sus 30 años presidenciales. Ya era un héroe y un patriarca. Limantour habría perdido y Madero habría gobernado sin pena ni gloria. La principal avenida se llamaría Porfirio Díaz, no Paseo de la Reforma. Por quedarse tan sólo cinco meses de más, lo tiró una revolución y lo degradó la historia. El pecado de Porfirio no fue cuánto durar, sino cuándo terminar.

Si Calles se hubiera recogido en 1934, sería nuestro gran prócer del siglo XX. Cárdenas no sería relevante. El pecado de Plutarco no fue el mangoneo, sino el alardeo, no fue el manipuleo, sino el ninguneo.    

El tiempo nunca es neutral y siempre corre a favor o en contra. Nunca se adelanta ni se retrasa, porque es infalible. Nunca requiere de energía porque es autónomo. Nunca necesita auxilio porque es independiente. Nunca perece porque es eterno. El tiempo es el sistema perfecto.

Recurro a un ejemplo del tiempo. Para rescatar a 50 millones de pobres, con más de 12 millones de familias, debemos crear más de 12 millones de empleos, mismos que la poderosísima economía de Estados Unidos se tardaría como 12 años sostenidos. En México estamos creando 600 mil empleos al año, lo que nos llevará a esperar 20 años para resolver el problema.

Hoy, me platican nuestros jóvenes su fuerte desagrado por la falta de compromiso de nuestros gobiernos con las futuras generaciones. En México, ya llevamos 30 años aplicados a lo inmediato sin verdadera atención hacia lo futuro. Con un exceso de presentismo y con una absoluta invidencia hacia el porvenir. Que la generación de su abuelo se preocupó mucho más por mis hijos, que lo que la mía se preocupó por mis nietos. En efecto, debo reconocer, con vergüenza, que mi padre hizo más por sus nietos que yo por los míos.

La generación de mi padre sufrió críticas y hasta leperadas por construir lo que se consideraba una presunción inútil. La Ciudad Universitaria, el Hospital de La Raza y el Centro Médico Nacional. El sistema nacional de irrigación y sus grandes presas hidroeléctricas. El sistema de infraestructura. El Sistema Cutzamala y el drenaje profundo. El sistema nacional educativo, que comenzaba con desayunos escolares y terminaba por los conjuntos museográficos y hasta un Auditorio Nacional.

Se aguantaron burlas y guasas por crear Acapulco, Huatulco, Ixtapa, Los Cabos y Cancún; por construir el Metro y Tlatelolco; y por fundar el ISSSTE, el Infonavit, el DIF y la Conasupo. En cuanto a logros inmateriales, los criticaron por instalar el sistema laboral, el desarrollo estabilizador, la reforma política mexicana y el sistema de libre comercio.

Hoy, los jóvenes también reniegan de la falta de seriedad en el ejercicio del poder. La seriedad es indispensable en toda política de gobierno. Pero hemos vivido muchos años en una política poco seria. Decía Byron que un Estado se construye en siglos, pero se destruye en meses. Para rehacerse, Alemania tardó 15 años y lo logró. Cuba lleva 65 años y nada. Los jóvenes mexicanos del futuro ¿serán como los alemanes o como los cubanos? Yo creo que serían muy capaces de rehacer nuestro México en tan sólo 10 años.

Tengo mucha esperanza en los jóvenes. Creo que a ellos ya no les gustará nuestra corrupción, nuestra irresponsabilidad, nuestra inconsciencia, nuestras equivocaciones y nuestro cinismo. Pero, al mismo tiempo, tengo el presentimiento de que a mis hijos y a mis nietos ya no les guste su única herencia. ¡Vamos!, para decirlo directo, tengo mucho miedo de que ya no les guste México.

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