El invicto y la invencible

Al leer a Pascal Beltrán del Río me interrogo a mí mismo. ¿Qué quieren los maestros en realidad? ¿Quién es su jefe realmente? ¿Por qué piden lo imposible, si no son tontos? ¿Por qué no quieren hablar con el gobierno, en un país donde todos quieren que los reciba? ¿Por qué atacan la sede presidencial y no la SEP ni la Segob ni el Congreso de la Unión? Estoy en dudas y en sombras.

Ya son varias generaciones que en mi casa se habla mucho de política. Es por eso que mis familiares conocen muy bien esos asuntos, aunque no se dediquen a su ejercicio. Es por eso, también, que yo-niño supe cómo era exactamente López Mateos, antes de saber quién era realmente Santa Claus.

Pues bien, hace algunos días, mi hija me preguntó: ¿qué hace un secretario de Gobernación? De inmediato entendí que no era una pregunta parvularia. Mis hijos son adultos, abogados con serias encomiendas profesionales y con un conocimiento político muy superior al promedio de sus contemporáneos.

Así que procedí a contestar una pregunta muy cartesiana y muy cargada de futuro. Simplemente le dije que ese alto funcionario hace lo que hizo Miguel Alemán cuando a su jefe lo amenazaron sus cercanos. Hace lo que hizo Adolfo Ruiz Cortines cuando su jefe se quedó sin delfín. Hace lo que hizo Jesús Reyes Heroles cuando a su jefe le quisieron enjaretar un maximato y, de paso, construyó la reforma política más importante de los últimos 100 años.

También hace lo que hizo Fernando Gutiérrez Barrios cuando 22 gobernadores y 10 líderes sindicales creyeron que el presidente no era su jefe. Hace lo que hizo Francisco Labastida cuando a su jefe lo quiso ningunear el Congreso de la Unión.

En nuestra mesa casera, mi hijo terció y todos estuvimos de acuerdo en que esos secretarios ya se habían enfrentado a algunos presidentes de la República, por lo que enfrentarse a los políticos menores les resultó un juego-de-niños. Ya por la noche la pregunta me perseguía en el reposo. Me aparecieron mis amigos Mario Moya Palencia y Alfonso Navarrete, que me consta que hubieran dado hasta la vida por Luis Echeverría y por Enrique Peña. Fueron escuderos tan leales de reyes de tan mala paga.

En Gobernación no se tienen manuales ni instructivos. Cada titular tiene que descubrir su propia encomienda y encontrar su propio destino. El manual que hubiera escrito algún Plutarco no le hubiera servido a un Juan Camilo y el que hubiera inventado un Uruchurtu no le hubiera servido a un Díaz Ordaz.

Por eso ellos tenían, como dicen los clásicos, la imagen del oficio. Eran inteligentes y se les veía. Eran amables y se les veía. Eran firmes y se les veía. Dije que la pregunta era cartesiana porque me inspiró muchas dudas. Pero no sobre los jefes de Bucareli sino sobre los dueños del Palacio Nacional. ¿Por qué algunos habrán creído que no necesitan a esa dependencia llamada Secretaría de Gobernación?

Y al leer a Pascal Beltrán del Río me interrogo a mí mismo. ¿Qué quieren los maestros en realidad? ¿Quién es su jefe realmente? ¿Por qué piden lo imposible, si no son tontos? ¿Por qué no quieren hablar con el gobierno, en un país donde todos quieren que los reciba? ¿Por qué atacan la sede presidencial y no la SEP ni la Segob ni el Congreso de la Unión? Estoy en dudas y en sombras. Y, entonces, me surge la pregunta-madre, ¿de verdad tendrán conciencia de que están retando a la Invencible? Y paso a explicarme.

Yo siempre he creído, expresado y escrito que, en México, el presidente ha sido invicto y la presidenta es in-ven-ci-ble. Nadie los ha vencido jamás. Ni los maestros ni los petroleros ni los ferrocarrileros ni los banqueros ni los estudiantes. ¡Vamos!, ni el todopoderoso Calles pudo vencer al frágil presidente Cárdenas, después de tres peleles. Ni el impetuoso Kennedy pudo vencer al amistoso presidente López Mateos, después de tres intentos. Ni el chacal Huerta pudo vencer al presidente Madero quien, aun después de muerto, le puso la mayor madriza de nuestra historia.

Muchos secretarios de Gobernación convencieron a nuestros presidentes de que es mejor ser invencible que ser vencedor. Miguel Alemán ocupó los dos cargos y dijo que no hay poder terrenal ni ley de la Suprema Corte ni amuleto de Catemaco que puedan proteger del enojo presidencial. Y créanme que he podido ser testigo de los presidentes enfurecidos y de los penitentes arrepentidos.

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