El estilo es gobierno
El gobernante fuerte suele no demostrarlo. Lázaro Cárdenas nunca amenazó a los petroleros. López Portillo nunca amenazó a los banqueros. Carlos Salinas nunca amenazó a La Quina. Claudia Sheinbaum es fuerte, pero sin alardes. Roosevelt quebró a Hitler y todo político sensato considera al dulce Juan Pablo II como el Papa más temible de todo un siglo.
Hace unos días, tanto Pascal Beltrán del Río como otra inteligente persona de mi cercanía me preguntaban sobre la salud mental del presidente Trump y su aparente deterioro diario. Yo no sé de psiquiatría, pero algo sé de política y no lo veo muy bien. Hasta los suyos lo acercan a los molinos, a los dragones y a Dulcinea. Se sospecha de un impeachment o camarazo premeditado que no les cambiaría de partido, sino tan sólo de Potus.
El estilo es gobierno. La mente y la política son laberintos. Hay presidentes que parecen terribles y que, en realidad, no son tan temibles. Por el contrario, hay presidentes que parecen muy afables y que, en realidad, no son tan amables.
Nicolás Maduro se disfraza como dictador que amenaza, pero no es más que un dictadorzuelo. Augusto Pinochet y Jorge Rafael Videla no hablaban como dictador, pero actuaban. Llenaban con disidentes los estadios-prisión. Colmaban con opositores las cárceles-mazmorras. Y repletaban con adversarios el paredón-panteón. Hasta dan miedo los relatos sobre los calabozos argentinos de Trelew y las jaulas chilenas de Puerto Montt. Y es que la dureza de un gobernante sólo se mide en una profunda radiografía política.
Estoy casi seguro de que muchos mexicanos consideran que sus presidentes más duros han sido Gustavo Díaz Ordaz, Carlos Salinas de Gortari o Luis Echeverría. Pero, también, casi estoy seguro de que ninguno consideraría a Adolfo López Mateos como el presidente mexicano más recio de los últimos 80 años.
Se recuerda su amabilidad, porque era muy amable. Se recuerda su simpatía, porque era muy simpático. Se recuerda su sencillez, porque era muy sencillo. Pero no se recuerda su rigor, porque nunca se enojaba, nunca regañaba y nunca se peleaba.
Era muy duro porque era muy firme. Pero no lo demostraba porque no lo presumía. Sin embargo, de ello podríamos preguntar a Demetrio Vallejo, a David Alfaro Siqueiros o a Rubén Jaramillo, si se trata de confrontación política. O podríamos preguntar a los invasores de predios y a los hambreadores de alimentos.
A los concesionarios ingleses de la electricidad simplemente les dijo que a él le costaría lo mismo la compra que la expropiación. Pero que a ellos les resultaría mejor cobrar en la notaría, de inmediato y sin gastos, que en la Suprema Corte, a cinco años y con abogados. El resultado lo sabemos bien.
Respecto a extranjeros, la firmeza de López Mateos zarandeó a John F. Kennedy y a Charles de Gaulle, los presidentes más duros de los últimos 70 años de Estados Unidos y de Francia, respectivamente. Pero les dejó en claro al de Boston que nunca se le ocurriera meterse con México y al de Lille que cualquier asunto con la América Latina lo tendría que platicar primero en Chapultepec.
Por cierto, John F. Kennedy era durísimo, pero también su pueblo piensa que fueron más duros Nixon y Reagan. Sin embargo, cimbró desde a los racistas de George Wallace hasta a la mafia de Sam Giancana. Todos le tuvieron mucho miedo. Quizá por eso fue lo de Dallas.
A Nikita Kruschev ya lo había pandeado con la Crisis de los Misiles. Pero hundirle sus barcos en el Caribe era en su propio patio. Faltaba asustarlo en el patio ruso. Por eso no lo hizo en el confort de su Oficina Oval, sino que le fue a gritar junto al muro divisorio que se cuidara mucho de lo que le hiciera a Alemania porque se lo haría a Estados Unidos.
Fue una sola frase de tres palabras que le dijo todo: “Yo soy berlinés”, pero en la voz del presidente estadunidense de más fácil gatillo que conoció el siglo XX. Mi memoria no alcanza a recordar a ningún gobernante que no se hubiera arrugado.
El estilo es gobierno. El gobernante fuerte suele no demostrarlo. Lázaro Cárdenas nunca amenazó a los petroleros. López Portillo nunca amenazó a los banqueros. Carlos Salinas nunca amenazó a La Quina. Claudia Sheinbaum es fuerte, pero sin alardes. Roosevelt quebró a Hitler y todo político sensato considera al dulce Juan Pablo II como el Papa más temible de todo un siglo.
