El Estado mexicano se regenera o se degenera
Creo que ya nos ha llegado el tiempo de ponernos a pensar en serio. Reformar el Estado es reformar el poder y nada más, …pero nada menos. ¿Quién manda, quién debe mandar y cómo reformar?
El reciente y excelente libro de Diego Valadés, titulado Constitución y gobernabilidad, me hizo recordar algo de hace 12 años. La UNAM organizó un importante ciclo de conferencias con motivo del V centenario de la edición de El Príncipe, el primer germen renacentista de lo que sería la noción de Estado.
En él participamos Diego y yo, junto con Enrique González Pedrero y Lorenzo Córdova. Al terminar, salimos juntos y platicamos algunos momentos. Le dije que los políticos tenemos las preguntas y los académicos tienen las respuestas. Ésas son nuestras respectivas encomiendas.
En ese entonces, en mis pocos ratos libres me sumergía en mis interrogantes sobre la cientificidad del poder. Me asombraba que las más importantes universidades no la consideraran como ciencia autónoma y como materia en sus cursos de política. Poco después, yo tendría la oportunidad de fundarla con el nombre de Cratología y de explicarla en mi libro La teoría del poder como ciencia exacta.
Allá por el 2001, ambos participamos en los intentos formales de una reforma del Estado. Diego Valadés por la UNAM y yo por el Congreso de la Unión. Nada se logró y en los siguientes sexenios ni siquiera se simuló una intentona. Por eso, después de 25 años de congeladora, me agrada que alguien refresque el tema y mucho recomiendo este libro de Valadés, mismo que me agregó más preguntas de las que ya tenía.
Comparto tan sólo diez de ellas, sobre una eventual reforma del Estado. La primera, ¿qué se entiende por ello? Para algunos sería como una remodelación orgánica y para otros como una regeneración ontológica. La segunda, ¿hacia quién? Ya no todo el poder se deposita en el gobierno, sino que ahora participan los medios, la empresa, las redes, las universidades, los sindicatos, los activistas, las ONG y los países socios.
La tercera, ¿por qué? Por reformar órganos como la Presidencia, el Congreso o los tribunales o por cambiar realmente la estructura de la nación. La cuarta, ¿para qué? Reforma ética, estética o dinámica. Para que sea mejor, para que se vea menor o para que funcione mejor. Para que funcione el hospital, la patrulla y la escuela o para que funcione la soberanía, la libertad y la democracia.
La quinta, ¿con quién? El gobierno y otros, o sólo el gobierno o sólo los otros. La sexta, ¿cuándo? Gradual o repentina. La séptima, ¿con qué? Con los factores de la gobernabilidad o sin ellos. La octava, ¿quién decide? El gobierno o el pueblo. La novena, ¿para quién? Parece que nadie la exige ni la espera.
Y la décima que puede ser la esencial es ¿cómo? Aquí me detengo un poco. Los cambios pueden darse por el camino muy seguro de la transición o por la vereda muy peligrosa de la revolución.
El primer escenario no parece ser el mexicano actual. El gobierno y los partidos ya han demostrado plenamente que no pueden transformarse ni a ellos mismos, mucho menos a la nación. Es necesaria una reforma del Estado, pero el gobierno no la va a hacer y más nos vale que mejor ni la haga.
El segundo escenario tampoco parece ser el mexicano actual. Las nuevas generaciones de mexicanos no quieren saber de política ni de políticos, mucho menos de cambios políticos. Es más, prefieren cambiar de país que cambiar al país. El tercer y fatal escenario sería que otros nos la dictaran desde afuera.
Creo que ya nos ha llegado el tiempo de ponernos a pensar en serio. Reformar el Estado es reformar el poder y nada más, …pero nada menos. ¿Quién manda, quién debe mandar y cómo reformar? Pensando en esto, hace algunas noches me fui a dormir preguntándome la posible solución. En el sueño escuché una voz fuerte y firme que me aterró, al decirme una sola palabra: Madero.
El pánico me despertó, me duché y me consolé con que no me dijeron: Maximiliano. La revolución me repele hasta el miedo, pero la intervención me repugna hasta el asco. Mejor me fui a mi oficina de bufete para pensar en mis asuntos y no en los de México.
