El ensueño y el espanto
Los que fueron buena oposición no se convirtieron en un buen gobierno y los que fueron gobierno eficiente, hoy son una oposición muy regular. Por eso, al frente sólo está la disyuntiva de la lógica. O gobierno y oposición aprenden, aceptan y asumen su papel o el pueblo los reinstalará en su debido lugar. La oposición regresaría al palacio y el gobierno regresaría a las calles. Quizás así suceda
Hace unos días estuve en un homenaje dedicado a mi maestro Jesús Reyes Heroles, al cual me invitó su hijo Federico, buen amigo mío. También otro amigo, Federico, me invitó a la ceremonia universitaria de su padre, Miguel de la Madrid. Con frecuencia recuerdo a mis maestros, sobre todo en los tiempos políticos difíciles. Y es que, en la política, al final, todos tenemos la razón. La diferencia es que algunos la tuvimos a tiempo y, otros, cuando ya no hay remedio.
Nuevamente son tiempos electorales para un pueblo al que no le gustan las elecciones. Las consideran incómodas, costosas y, sobre todo, inútiles. Quizá tengan razón. Las grandes fuerzas políticas han producido decepciones y las pequeñas no instalan esperanzas. Cada sexenio, los mexicanos concurren a decidir 12 elecciones federales, locales y municipales.
Las votaciones son magras y el abstencionismo es obeso. Los resultados serán muy cerrados. Las diferencias serán de un solo dígito. Tener la mayoría calificada implicaría aventajar con 25 puntos porcentuales a la segunda fuerza. No es fácil que alguien lo logre.
El temor mexicano ha sido, en diversos sexenios, que lleguemos al borde de un abismo. El gobierno, acusando fuertes dosis de impotencia y, la oposición, revelando grandes cuotas de ineficiencia. El gobierno se ha apartado de los necesarios factores de efectividad y de gobernabilidad, cualidades indispensables. La oposición ha abandonado la denuncia y la propuesta, instrumentos insustituibles.
Las causas generatrices de ello se saben de sobra. Los gobiernos de las alternancias han sido inexpertos e improvisados. No contaron con aquellas memorias, buenas o malas, que se traducen en experiencia. De esa manera, cosecharon el reproche y la desilusión. A ello, contestaron con el enojo y la desconfianza.
La oposición, a su vez, también tuvo mucho de inhábil y desmañada. No aprendió a denunciar con acoso y constancia. Le parecía poco elegante el ser insistente. Le daba vergüenza acudir a marchas de protesta. Todo lo proponía con el diseño de fondo, como si todavía fuera gobierno. Lo sencillo le parecía frívolo. En ciertos momentos, prefirió la alianza con el gobierno que con los otros opositores.
Los que fueron buena oposición no se convirtieron en un buen gobierno y los que fueron gobierno eficiente, hoy son una oposición muy regular. Por eso, al frente sólo está la disyuntiva de la lógica. O gobierno y oposición aprenden, aceptan y asumen su papel o el pueblo los reinstalará en su debido lugar. La oposición regresaría al palacio y el gobierno regresaría a las calles. Quizás así suceda.
Nos movemos entre el ensueño y el espanto. La otra noche tuve un sueño donde vi la futura boleta. Soñé que, por-angas-o-mangas, las inminentes candidatas eran removidas o suprimidas. Los nuevos candidatos eran los líderes de los principales partidos. Decidiríamos la Presidencia de México de entre Mario, Marko, Alito o Dante.
¡No se me asusten! Fue tan sólo una pesadilla de la que se espantaba hasta Washington. Junto a eso, la boleta real nos parecía de ensueño. Pedíamos que nos regresaran a las candidatas y jurábamos ya no volver a quejarnos.
El fondo es que muchos mexicanos ya no creen en la democracia porque ésta ha demostrado su ineficiencia. Me advertía un joven y visionario espectador que quizás Acapulco y todo Guerrero sigan votando por el partido oficial. No se crea que estoy haciendo una guasa de algo tan serio. Mis palabras son culpa de nuestra absurda realidad. Nos hemos equivocado muchas veces y en muchos sexenios. No quiero que seamos infalibles, pero tampoco quiero que seamos inservibles.
En la política, el nivel de alarma nos recomienda solicitar ideas. El nivel de peligro nos demanda solicitar soluciones. El nivel de crisis nos reclama solicitar gobernantes. Y el nivel de desastre nos exige solicitar milagros. No basta con tener la razón, sino que, además, lo hagamos a tiempo. Porque, como dijo el célebre filósofo, si ésta no la ganamos… la perdemos.
