El destino no tiene dueño

Victoriano Huerta creyó que era el único dueño del poder y del destino. Por eso atacó a la judicatura y a la legislatura. Al contrario de él, dos presidentes comenzaron su mandato con harta debilidad política, pero un buen día ambos se hicieron muy fuertes tan sólo con apoyar a su Suprema Corte. Kennedy respondió con la integración racial y Cárdenas respondió con la expropiación petrolera

El destino no tiene dueño porque nadie puede tenerlo todo ni tenerlo siempre. Algunos pensaron que su poder político sería eterno. Álvaro Obregón así lo creyó hasta en su última mañana y Plutarco Elías Calles supuso que el Maximato era para siempre. Quizá Miguel Alemán pensó que seguiría influyendo a través de Gabriel Ramos Millán y Carlos Salinas, que lo haría por medio de Luis Donaldo Colosio.

Pero ninguno de ellos contó con la torneada de Cárdenas, con el avionazo del Popocatépetl ni con las pistolas de León Toral y de Mario Aburto. Tampoco se adivinaron los idus de Julio César ni la barbecue de Roosevelt ni el tour de Kennedy ni el referéndum de De Gaulle. Si todo eso pasó con esos titanes, ¿qué nos podemos esperar con los de estatura chiquita?

El poder causa soberbia, moderada o exagerada. Así lo he visto, así lo he oído y así lo he leído. Incluso, por mi cercanía con los poderosos, hasta así lo he vivido. Por ello mi silogismo es muy sencillo. Si Claudia Sheinbaum se convierte en presidenta, de inmediato sentirá que el poder es propio y no ajeno. Que no le deberá nada a nadie. Y que nadie se atreva a disputárselo.

En 1932, Plutarco quitó a Pascual, pero en 1935 Lázaro quitó a Plutarco. Yo estoy seguro de que, siendo el caso, Sheinbaum podría borrar a AMLO, pero AMLO no podría barrer a Sheinbaum. En eso la apoyarían los propios y la aplaudirían los extraños. Ya ni qué decir si Xóchitl Gálvez resulta ser la próxima presidenta.

En cuanto al espacio, también es casi imposible ser dueño de todo el poder político, sobre todo en las democracias, aunque éstas sean fingidas. Más aún en las simuladas porque la farsa requiere de comparsas y los cómplices siempre cobran. Esas cuotas sistémicas de poder hicieron que el siglo XX mexicano obligara a cada presidente en turno a pagarlas muy cabalmente.

Baste decir que todos los órganos de poder formaban lo que los politólogos llamarían un cogobierno y que yo prefiero llamarlo gobierno corporativo o nomenklatura política, según su tinte ideológico. Todas las fuerzas políticas participaban en el gabinete ejecutivo, el Congreso legislativo, la judicatura, las gubernaturas y las alcaldías. En todas ellas había cuotas de participación para el Ejército, el PRI, la UNAM, la izquierda, la derecha, la juventud, los obreros, los campesinos y hasta el IPN.

Esto ha atarantado al observador poco ilustrado haciéndole creer que nuestro sistema ha sido un totalitarismo unipersonal. Si eso fuera cierto, hubieran prosperado la reelección presidencial, el Maximato político, la prórroga del mandato, la suspensión constitucional, la exclusión de cogobierno, la eliminación de cuotas y hasta la supresión pendular.

Enfrentaríamos las críticas, las sanciones y los anatemas de toda la comunidad internacional, comenzando por Estados Unidos. Nos sobajarían comparándonos con Cuba, Nicaragua, Venezuela, Corea del Norte y las tiranías levantinas.

Victoriano Huerta creyó que era el único dueño del poder y del destino. Por eso atacó a la judicatura y a la legislatura. Al contrario de él, dos presidentes comenzaron su mandato con harta debilidad política, pero un buen día ambos se hicieron muy fuertes tan sólo con apoyar a su Suprema Corte. John Kennedy respondió con la integración racial y Lázaro Cárdenas respondió con la expropiación petrolera.

Aclaro que Kennedy era un aristócrata, no un afroamericano integracionista, y que Cárdenas era un militar, no un obrero laboralista. Pero su genialidad fue que no defendieron grupos ni creencias. Defendieron la Constitución de sus países. Con eso, se metieron a la historia.

El poder no se hizo para los solitarios. El que juega solito, da lástima. El que baila solito, da risa. El que habla solito, da miedo. En la política, como en el barrio, los montoneros madrean al solitario, pero nunca al acompañado.

Fatum carem dominum, decían los romanos. El destino no tiene dueño. Más aún, el destino es el dueño, diríamos nosotros.

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