El callejón de las derrotas

En la política, siempre hay un vencedor y hay un perdedor. El buen vencedor tiene alteza. El buen perdedor tiene majestad. El buen ganador es vencedor. El buen perdedor es invencible. El mal ganador se da por soberbia, por vanidad, por estupidez, por misantropía y por inconsciencia.

Para los griegos, Nike fue la diosa de la victoria y Hades fue el dios asociado con la derrota. La victoria y la derrota siempre nos pueden dar mucho. Pero nunca son para siempre y, por eso, deben ser tratadas como dos impostoras de paso.

En la política, siempre hay un vencedor y hay un perdedor. El buen vencedor tiene alteza. El buen perdedor tiene majestad. El buen ganador es vencedor. El buen perdedor es invencible. El mal ganador se da por soberbia, por vanidad, por estupidez, por misantropía y por inconsciencia. El mal perdedor se da por envidia, por cobardía, por terquedad, por irresponsabilidad y por enajenación.

Donald Trump fue un vencedor excluyente, racista y xenófobo. Como perdedor, tuvo una derrota muy honrosa que él mismo se encargó de convertirla en una derrota vergonzosa. Adolfo Hitler fue malo en la victoria. Intrigante, intolerante e inconsciente. Así como fue malo en la derrota. Terco, cobarde e irresponsable. Maximiliano Robespierre fue un vencedor soberbio, fantasioso y cruel. Así como fue un derrotado humillado, solitario e indefendible.

El mundo ha vivido tiempos de victorias y tiempos de derrotas. Hoy, la derrota reina en todos los países. En México estamos viviendo derrotas que no son de este sexenio sino de los 10 regímenes más recientes.

La delincuencia incontrolable comenzó hace 40 años y nos sigue derrotando. La corrupción intolerable comenzó hace 50 años y nos sigue derrotando. El narcotráfico irrefrenable comenzó hace 40 años y nos sigue derrotando. El debilitamiento de la autoridad, la merma de la gobernabilidad y la fragilización de la institucionalidad comenzaron hace 25 años y nos siguen derrotando.

Desde luego, también todos han tenido sus victorias innegables. Los recientes 50 años, mexicanos tienen blancura que deslumbra y negrura de penumbra. El sexenio de López Portillo fue pavoroso, pero tuvo la reforma política de oro. Miguel de la Madrid recibió el país con inflación del 150% y decremento económico de menos seis puntos. Eso fue un drama. Pero lo entregó con inflación de 9% y crecimiento de 1 por ciento. Salvó a México.

El último año de Carlos Salinas fue una pesadilla, pero ese mismo año nos llevó al TLC, que fue para México más importante que recuperar Texas. Zedillo, Fox, Calderón y Peña tuvieron de lo bueno y de lo malo. Sin embargo, aún nadie me puede convencer de algo bueno del sexenio de AMLO. Ni del AIFA ni del Tren Maya ni del manejo de la pandemia ni de su reforma judicial ni de su política de abrazos.

Y, viendo más atrás, Lázaro Cárdenas tuvo un mal sexenio, pero tuvo un buen día de expropiación petrolera. A Díaz Ordaz se le recuerda por un mal día, pero tuvo un buen sexenio. Echeverría provocó chistes y groserías, pero instaló el Infonavit, construyó Cancún, logró la apertura generacional y contuvo la explosión demográfica.

Y, años antes, a Ávila Camacho se le recuerda por sus caballos, pero nos olvidamos de que fundó el Seguro Social. A López Mateos se le recuerda por sus autos, pero nos olvidamos de que dobló a figuras del tamaño de Kennedy, de Kruschev y de De Gaulle. A Calles se le recuerda por sus casinos, pero nos olvidamos de que diseñó, con toda precisión, el México de los siguientes 100 años.

Hoy, en muchísimos países, la derrota sigue reinando en la migración ilegal, en la trata de personas, en el maltrato a la mujer, en la indefensión de la sociedad, en el desenfreno ambiental, en la insinceridad política, en la cobertura de salud, en el crecimiento económico, en la seriedad del debate, en el respeto constitucional, en la tolerancia de la otredad, en el equilibrio de potestades, en el límite de poderes y en el espacio de las libertades.

Son muchas las derrotas y son muy pocas las victorias. Ojalá que un día no muy lejano toda la política de todas las naciones tenga la majestad de Nike y la dignidad de Hades, para que la victoria no nos embriague ni nos deslumbre y para que la derrota no nos deprima ni nos destruya.

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