El buen ladrón y el mal ladrón
En este pillaje (el huachicol fiscal), ni siquiera nos imaginábamos ni jamás llegaremos a saber el tamaño de sus dineros, el número de sus participantes, el nivel de sus alcahuetes y el nombre de sus capos. Pero estamos viendo que alguna tripa se les reventó y se les salió la melcocha
El latrocinio del huachicol fiscal escandalizó a México, tan acostumbrado a la trapaza. Supera cualquier película y novela. Es como si las 6 mil ojivas nucleares de EU fueran falsas y esa transa incluyera a los fabricantes, al Pentágono, a la Casa Blanca y al Capitolio.
En este pillaje, ni siquiera nos imaginábamos ni jamás llegaremos a saber el tamaño de sus dineros, el número de sus participantes, el nivel de sus alcahuetes y el nombre de sus capos. Pero estamos viendo que alguna tripa se les reventó y se les salió la melcocha.
Todo por no seguir los 15 viejos mandamientos de la corrupción, que ahora recuerdo y que comparto. Los dos primeros son el imperativo principal. No robes y no permitas que roben. Pero, en la realidad, muchos humanos son de “carne débil”. Y las otras 13 normas servían para que nunca estuviéramos tan fuera de control.
La tercera de éstas ordena que no se note. Lo más grave del corrupto no es el tamaño del tambache, sino la rabia que provoca con su pillaje. Por eso, aquella leyenda del político que tenía 30 trajes iguales y cinco lados idénticos. La cuarta es que no se sepa. Que la discreción también la practiquen su esposa y sus hijos. Mejor que éstos ni siquiera sepan lo ricos que son.
La quinta decía que el sabio pueblo no se enoje. Si está muy contento es muy tolerante. Por eso, al gobernante eficiente se le han perdonado hasta sus raterías. Hubo un gobernador que acumuló una riqueza inmensa, pero también un cariño legendario. Hoy, su estatua se venera en toda su entidad y su nombre está en avenidas, escuelas y hospitales.
La sexta mandaba que no te atragantes. Nadie podía tener mejor casa ni mejor automóvil ni mejor ropa ni mejor novia que su jefe ni, desde luego, más dinero que él. Eso limitaba el robo por nivel jerárquico. Los alcaldes robaban casi para vivir al día. Ahora, muchos de ellos son más ricos que los presidentes de la República.
La séptima rezaba que no te manches. Hay bolsas donde jamás se debe meter la mano. Aunque nada es plausible, pero no es lo mismo medrar con la venta de unos permisos de casino, pagados por millonarios ambiciosos, que robarse las medicinas del hospital infantil o la ayuda básica de los pobres. Lo primero no tiene perdón. Lo segundo, no tiene madre.
La octava es que no apeste. Ni robes a los paisanos de tu jefe ni a sus colegas de profesión ni a sus aliados políticos ni a sus familiares y amigos. La novena es que no salpique. No formes cárteles de ladrones. La décima es que no se pudra: si ya robaste con éxito, ya no sigas robando y sáciate a tiempo.
La 11 consistía en que no dejes huella. Robar en la compra de papel se disimula. Pero no en los automóviles, porque se inventarían, se conservan y se pueden verificar siempre. La 12 es más elaborada. No dejes “cola”. No permitas que en el siguiente gobierno se queden tus testigos ni tus alcahuetes ni tus cómplices. Van a platicar todo para congraciarse. Consígueles buenas chambas, pero fuera de tu chiquero.
La 13 era no te engañes. Si te dedicaste a robar no vas a ser presidente ni a ascender. O te gusta el poder o te gusta el dinero. Pero no se puede repicar y andar en la procesión. La 14 fue no te duermas. Atemorízate del futuro. Pueden llegar al poder tus rivales, tus malquerientes y tus enemigos. Desde el primer día tendrán preparada una celda con tu nombre. No les facilites las cosas.
La 15 y última era terminante y terminal. Si violas las otras, ya te jodiste. Y así sucedía siempre. No por pecador, sino por penitente.
Así pues, si eres ladrón, por lo menos sé realista. En la cárcel no están los que robaron mucho, sino los que robaron mal. Los huachicoleros tuvieron ingenio criminal, pero no inteligencia política. En fin, me repugna la corrupción y esto no pretende ser un tutorial de San Dimas o un manual del buen ladrón, quien hasta se ganó la santidad. Pero el mal ladrón fue Gestas, el de aquella famosa rima, hoy tan de moda en nuestro México.
