Discursos de campañas

En una campaña y en un gobierno es muy importante que el discurso tenga coherencia. Que el orador no se contradiga en cada ocasión. Que no diga que se acabó la guerra contra el crimen y, más tarde, diga que la guerra se reforzará. Que no prometa el imperio de la ley y diario la viole o la amenace. Que no invite a la unidad nacional y al día siguiente contraponga en odios a sus compatriotas.

En las épocas electorales hay aspirantes que hablan mucho y no dicen nada. También hay otros que dicen mucho aun sin hablar. Entre una veintena de anhelantes hay de todo. Los superiores, los inferiores y los mediocres.

En la historia, ningún candidato ha sido infalible. Al que ha sido el menos elocuente de todos le escuché uno de los mejores discursos mexicanos. Y a uno que fue un gran orador le escuché el peor de los discursos políticos de este país. Una sola palabra puede ser más importante que todo el discurso. Y un solo discurso, más importante que toda una carrera.

Es muy importante la forma de hablar. Una parábola narra que un faraón consultó a uno de sus nigromantes, quien le dijo que eran muy claros los significados. Que todos sus hijos príncipes eran unos inútiles, tal como también lo había sido su ya finado faraón padre. El monarca se sintió insultado, enfureció y decretó que ejecutaran al adivino, que confiscaran sus bienes y que exiliaran a su familia.

Llamó a otro vidente, quien también le dijo que todo era muy claro. Que por siempre sería recordado como el más grande monarca de su dinastía. Fue premiado con honores y con riquezas. Ambos brujos dijeron exactamente lo mismo, pero con distintas palabras. Por eso los resultados fueron tan diferentes.

El discurso político debe ser motor y motriz para mover en la dirección que pretende su autor. Que motive a los seguidores y que mueva a los opositores. Que convenza a los propios y a los extraños. Con dos discursos, Kennedy movió a los estadunidenses, a los rusos y a los mirones, desde los políticos y los militares, hasta los banqueros y los científicos. Movió a todo el planeta y a varias generaciones. Cuando el político logra esto, ese discurso ya no valdrá por su elocuencia, sino por su consecuencia.

En una campaña y en un gobierno es muy importante que el discurso tenga coherencia. Que el orador no se contradiga en cada ocasión. Que no diga que se acabó la guerra contra el crimen y, más tarde, diga que la guerra se reforzará. Que no prometa el imperio de la ley y diario la viole o la amenace. Que no invite a la unidad nacional y al día siguiente contraponga en odios a sus compatriotas.

El verdadero discurso político comienza siendo el discurso de la concordia contra el discurso del conflicto. Pero termina siendo el discurso de la verdad contra el discurso de la mentira. El discurso de la sinceridad contra el discurso del fraude. El discurso del cumplimiento contra el discurso del sablazo.

La ecuación del discurso es la suma de todo lo que queremos decir más todo lo que los otros quieren oír. A esta sumatoria se le debe restar todo lo que no debemos decir, aunque queramos. Y todo lo que no deben oír, aunque lo esperen. Si algo queda de esa suma y de esa resta, eso es un verdadero discurso político.

Jesús Reyes Heroles hacía tres recomendaciones al orador. Que hablara erguido, para que todos lo vieran. Que hablara fuerte, para que todos lo oyeran. Y que hablara breve, para que todos lo aplaudieran. Estos consejos de mi maestro son infalibles.

Yo me atrevería a agregar otros tres. Que el orador no mienta, porque los mítines siempre están muy llenos de testigos. Para mentir está la intimidad, no la publicidad. Está el cuarto oscuro, no la tribuna iluminada. Está el locutorio, no el auditorio.

Segundo, que el orador no prometa, sino que cumpla. Que no diga lo que va a hacer, sino que informe lo que hizo. Que no firme pagarés para el futuro, sino que entregue cheques pagaderos a la vista. Tercero, que el orador no presuma, sino que merezca. Que las alabanzas se las digan otros y no se las surta él mismo.

El gran orador político debe tener humildad, síndrome inequívoco del gran político. Debe tener realidad, síndrome imprescindible del indispensable político. Debe tener inteligencia, síndrome inigualable del infalible político. El verdadero político es el único mariscal de sus legiones, es el único estratega de sus batallas y es el único héroe de sus victorias.

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