El derecho de guardar silencio
Hay buenas recetas presidenciales. Si hay que informar, que hablen otros. Si hay que llenar espacio, que hablen otros. Si hay que mentir, que hablen otros. Hablar mucho sólo es bueno si se tienen muy grandes éxitos para presumir o muy profundas ideas para compartir. El mejor discurso que conocemos lo dijo Lincoln en dos minutos.
Todo político tiene el derecho constitucional de permanecer callado. Jamás debe desaprovechar ese valioso derecho. Tiberio dijo que somos nuestras palabras. Es muy cierto, sobre todo en la política. El discurso nos dice si el gobernante es inteligente o estúpido, si es valiente o cobarde, si es sincero o mentiroso, si es bravo o bravero, si es prudente o miedoso, si es leal o traidor, si es patriota o apátrida.
Las muchas palabras son muy costosas. Con su conferencia Creelman, Porfirio inició su propia caída. Con sus críticas, Plutarco pavimentó su exilio. Con sus insolencias, los concesionarios petroleros provocaron su expropiación.
Fueron muy benéficos los mutismos de Cárdenas, de Ávila Camacho, de Ruiz Cortines y De la Madrid. Fueron moderados Alemán, López Mateos y Salinas. Fueron muy costosos la defensa canina de López Portillo, la comida rápida de Fox y el cash de Zedillo. Lo mismo las innecesarias explicaciones de Calderón sobre la militarización o de Peña sobre Ayotzinapa. Y ni qué decir de López Obrador, el más profuso y difuso de los presidentes.
La frase “abrazos-no-balazos” es una causa directa de la frase “el-epicentro-de-los-cárteles”. La primera es vergonzosa, además de peligrosa. La segunda es peligrosa, además de vergonzosa. No son tan sólo simples palabras, sino que son políticas contrapuestas. Aquélla propone la paz para los criminales. Ésta propone la guerra para los criminales. Se repelen a sí mismas. No existe la media paz ni existe la media guerra. Sólo una de ellas prevalecerá. Richard Nixon también pagó con su renuncia la grabación de todas sus palabras presidenciales.
Yo ya viví una experiencia aleccionadora, desde luego, en el modesto nivel de mi propia insignificancia. Pero la comparto porque nos ahorra muchas explicaciones. Un día, hace años, estuvo en mi escritorio de procuración un asunto del más alto interés nacional. Ante eso, el Congreso de la Unión requirió mi información. Con el debido permiso presidencial que la ley impone, acudí a la Cámara de Diputados.
Mi comparecencia fue muy breve y muy escueta. Por eso, cae en nuestro tema. No hice una larga exposición que tan sólo sirviera para divagar ni entregué una síntesis que, por ser breve, sería incompleta. Por el contrario, les anuncié que llevaba y entregaba la investigación completa con sus 80 mil fojas, sin faltar una sola. Y, en ese momento, entraron mis empleados con los 15 carritos-plataforma que transportaban las enormes cajas que contenían los 130 tomos de toda la investigación. Y ofrecí que yo quedaba a las órdenes de cualquier aclaración congresional.
Además, anuncié que, desde ese mismo momento, la biblioteca de la entonces PGR ponía a disposición de los medios, de la opinión pública y de toda persona, los suficientes ejemplares de consulta de todos los tomos y de todas las páginas de la investigación. Y, asimismo, también ofrecí que yo quedaba a las órdenes de cualquier duda ciudadana.
Desde luego, no hubo mexicano alguno que las leyera. Ni en el Congreso de la Unión ni en los medios ni en la opinión pública ni en la oposición ni en los colectivos ni en las universidades. ¡Vaya!, creo que no las leyeron ni los jueces que tuvieron que conocer del asunto. No escondí nada, no mentí en nada y no me reclamaron nada. Mis pocas palabras resultaron perfectas.
Hay buenas recetas presidenciales. Si hay que informar, que hablen otros. Si hay que llenar espacio, que hablen otros. Si hay que mentir, que hablen otros. Hablar mucho sólo es bueno si se tienen muy grandes éxitos para presumir o muy profundas ideas para compartir. El mejor discurso que conocemos lo dijo Lincoln en dos minutos.
Los discursos que han cambiado la historia, la vida y el destino de la humanidad han sido muy breves, pero muy profundos. Como aquel romano que murmuró “la suerte está echada”. Como aquel hispano que gritó “¡tierra…tierra!”. Y como aquel nazareno que deseó que “la paz esté con ustedes”.
