Democracia chafa y autocracia real
Hace años advertí en estas páginas que el PRI y Morena serían invencibles mientras no se democratizaran. Aunque tan sólo lo intentó de-dientes-para-afuera, al PRI le fue muy mal. Lo mismo digo de Morena y lo mismo le sucederá cuando quiera democratizarse porque, además, son pésimos para fingir.
México se parece en mucho a una democracia. Tiene virtudes para presumir ante los países más politizados. Nuestro sistema electoral propicia la participación partidista, atenúa las desigualdades entre partidos y les otorga dinero para la competencia. Nuestras instituciones y leyes son de alta factura y han evolucionado, no por el capricho del gobierno, sino por el esfuerzo de todas las fuerzas políticas. Nuestra ciudadanía es respetuosa, pacífica, esforzada, sacrificada, responsable, seria y gratuita.
México es uno de los dos únicos países que han gozado de más de un siglo de elecciones continuas. Eso no lo han vivido ni los europeos, con todas sus guerras; ni los latinoamericanos, con todas sus dictaduras; ni los asiáticos, con todas sus calamidades; ni los africanos, con todas sus catástrofes. Desde hace 106 años hemos celebrado 72 elecciones presidenciales y congresionales sin interrupción, sin alteración de fechas y sin vacíos de poder.
Nuestro sistema ha propiciado la estabilidad, pero no la democracia. Hemos logrado fuertes dosis de alternancia y de representación proporcional en nuestros poderes gubernamentales. Pero no hemos logrado un verdadero equilibrio de poderes. Más aún, éstos están deliberadamente diseñados para ser débiles frente al Presidente. Las debilidades del Congreso son su tamaño, sus largos recesos, su renovación integral y su no reelegibilidad, apenas atenuada.
Las debilidades del Poder Judicial son la relatividad de sus sentencias, su carencia de fuerza ejecutiva, su dependencia presupuestaria y su designación por otros poderes. De los 10 o 12 órganos autónomos, tan sólo uno de ellos tiene autonomía de designación. Tan sólo uno de ellos tiene autonomía presupuestaria. Aunque todos tienen autonomía de gestión, ninguno tiene autonomía normativa primaria. Y ni qué decir de la fragilidad de los gobiernos estatales y municipales.
A pesar de todos esos defectos, nuestra estabilidad está mejor consolidada que nuestra democracia. Nuestro sistema privilegia mucho más a los partidos que a los ciudadanos. Las sentencias judiciales valen más que los votos electorales. Y la mercadotecnia ha prevalecido sobre la ideología.
Hace años advertí en estas páginas que el PRI y Morena serían invencibles mientras no se democratizaran. Aunque tan sólo lo intentó de-dientes-para-afuera, al PRI le fue muy mal. Lo mismo digo de Morena y lo mismo le sucederá cuando quiera democratizarse porque, además, son pésimos para fingir. Como diablos del infierno, dan miedo. Como chamucos de pastorela, dan risa. Por el contrario, si en México realmente nos gustara la democracia, el PAN hubiera sido invencible. Pero también se equivocó. Y es que nos gustan las democracias chafas y las autocracias reales.
Solamente así se explica que Marcelo Ebrard y Omar García Harfuch hayan sido despojados de sus triunfos y muy dócilmente se hayan conformado. O los asustaron con una muy dura o los cautivaron con una muy grande. Quién sabe y quién sabrá. Pero, ante la vista de todo el país, los dueños de Morena les pusieron las orejas-de-burro, al preferir a quienes tuvieran menor valencia propia que la de los despojados, para que más les deban de por vida.
La democracia es muy complicada. Por eso, así como los nuevos ricos no siempre saben para lo que sirve su dinero, los nuevos demócratas no siempre saben para lo que sirve su democracia.
Dice Teresa Labastida que aquel que pierde la dignidad y la vergüenza, ganará mucho dinero y mucho poder. Creo que tiene toda la razón y prometo que revisaré mi programa de vida para mi próxima reencarnación.
En ésta fui abogado y político. Por eso no puedo ni debo ni quiero adular a quien se encamina directo a su desastre. Pero, en la siguiente vida escogeré algún oficio, aunque sea uno de esos muy antiguos, pero que me permita decir lo que les gusta escuchar a los poderosos, lo que les complace sentir a los potentados y lo que fascina creer a los prepotentes.
