De verdad, que viva México

Nos repusimos de terremotos, de pandemias, de depresiones, de devaluaciones, de latrocinios y de otras catástrofes. Todo eso me reanima y también lo invito. En estos cinco días piense en México y en nuestro gran pueblo. México y los mexicanos somos más grandes que todo eso...

Demos a nuestra mente un poco de tregua y de recreo. La política nos fastidia. Pero estos días patrios son muy propicios para el alivio. Cuando pensamos en el hoy, el ánimo se deprime profundamente. Pero cuando pensamos en la historia, el ánimo se estimula decididamente

Cuando pienso en nuestra situación actual, recibo las noticias, oigo los discursos y veo la realidad, resulta que preveo el porvenir, imagino el futuro y adivino el destino. Así, no puedo más que inquietarme, preocuparme, asustarme, enojarme, desanimarme o desesperarme.

Pero, por el contrario, cuando repaso nuestra historia, no puedo más que ufanarme, enorgullecerme y felicitarme por pertenecer a este pueblo, a veces dolorido y a veces trágico, pero siempre gallardo y casi siempre victorioso.

Porque recordemos que la victoria casi siempre ha estado presente en los 200 años mexicanos. Es cierto que sufrimos una única derrota que nos costó la mitad del territorio. Pero hay muchas victorias que pueden alentar nuestro espíritu y sedar nuestro dolor.

Yo, casi a diario, me veo sometido a ese ejercicio de recuerdos. Desde mi escritorio, el paisaje me muestra parte de la Ciudad de México con el Castillo de Chapultepec y, para transitar desde mi oficina hacia la principal zona de oficinas públicas, cruzo por ese mágico y legendario bosque. En mi paso, no puedo evitar mirar el Castillo, dolerme de la derrota y colocar la mano derecha extendida sobre mi pecho, como queriendo calmar una dolencia.

Y es que me duele la invasión extranjera, la secesión de Texas y la pérdida de California. Pero, como dijo Vicki Baum, “si tienes alteza, perdona, y si no tienes alteza, olvida”.

Entonces, regreso la mirada hacia el frente, contemplo la bella avenida y murmuro, para mí mismo, el sortilegio de su nombre: la Reforma. En ese instante se va el dolor y mi mano se convierte en puño, se separa del pecho y se sacude con energía, en actitud de triunfo.

Claro que somos vencedores. Así lo pienso en los instantes que prosiguen en mi recorrido vial. Viene a la memoria que hicimos la Independencia con Hidalgo, Morelos, Allende, Guerrero y muchos más. Redactamos Apatzingán. Nos federalizamos en el 24.

Proclamamos Ayutla. Excluimos a Santa Anna. Hicimos la Reforma. Expedimos la Carta Liberal del 57. Sufrimos la Guerra de Tres Años. Vivimos la epopeya de Juárez. Repelimos la intervención. Cancelamos a Maximiliano. Restauramos la República.

Sí, hicimos la Reforma y vencimos. Nos gobernaba el dictador y lo vencimos. Expedimos las nuevas leyes y eso provocó una guerra civil de tres años, pero los vencimos. Los derrotados pidieron ayuda extranjera y provocaron una intervención. Pero la vencimos. Nos trajeron un monigote real, pero también a él lo vencimos. Después hubo que restaurar la República y reunir a unos mexicanos con los otros. Parecía imposible, pero vencimos. El país se reunificó, los conservadores fueron desplazados y los extranjeros quedaron advertidos.

Repudiamos el tuxtepecazo. Abominamos de la dictadura. Seguimos a Madero. Nos fuimos a la Revolución. Rescatamos el liberalismo. Proclamamos Guadalupe. Remitimos a Huerta. Y promulgamos la Carta Revolucionaria de 1917.

Pero, más recientemente, nos repusimos de terremotos, de pandemias, de depresiones, de devaluaciones, de latrocinios y de otras catástrofes. Todo eso me reanima y también lo invito. En estos cinco días piense en México y en nuestro gran pueblo. México y los mexicanos somos más grandes que todo eso porque somos muy valientes, somos muy valiosos y somos invencibles.

No piense en los senadores escandalosos ni en los trenes costosos ni en todo lo demás. Disfrute a sus seres queridos. Goce de nuestra comida y de nuestra música. Y, créamelo, pase lo que pase, México vivirá siempre y nadie lo vencerá.

Si no me lo cree, allá usted y su derrota. Pero si de verdad me lo cree, convierta su mano en puño, luego su puño en garra y, al final, diga para usted mismo que ¡Viva México!.

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