Crisis o decadencia
El futuro se adivina sin políticos de calidad y, entonces, ante esa carencia, los países se entregarán a quien esté disponible. Sería tan grave que, ante eso, de poco nos serviría la república, la democracia, la Constitución y todos nuestros grandes inventos políticos. En los países donde no hay médicos ni abogados ni políticos, nos opera, nos defiende y nos gobierna tan sólo quien caiga.
En la política, como en la medicina, la decadencia es un trastorno permanente y progresivo. A diferencia, la crisis suele ser transitoria y remisible. Lo que las identifica es que ambas son enfermedades del cuerpo o del Estado. Esto me viene a cuenta porque llevo tiempo pensando si la política mundial de hoy está en crisis o está en decadencia. No he llegado a una conclusión, pero de lo que estamos seguros es de que está enferma.
Por eso es esencial el diagnóstico. En nuestro caso no hay duda de que enfrentamos muchas crisis. Seguridad, salud, corrupción, crecimiento, desarrollo, producción, energía, educación, diplomacia y muchas otras cosas van mal como la credibilidad, la seriedad y la esperanza. Pero todo ello junto y hasta agrandado sería soportable si la política fuera buena. Cuando todo va mal, pero la política va bien, todo puede mejorar. Pero, cuando la política va mal, hasta lo que hoy va bien mañana puede ir mal.
Como un ejemplo médico, pensemos en un apéndice que requiere extirpación urgente. Si lo opera un médico, no hay problema. En un par de días el paciente regresará a su casa y en 5 días a la oficina. No recordará ni su malestar ni a su médico. Pero, si me eligen a mí como cirujano, el paciente se va a morir. Soy un abogado que nada sé de cirugía. Así les pasa a las naciones que entregan su política a quienes no saben de política.
Los tiempos recientes me han hecho pensar si muchos de los países más importantes están padeciendo crisis o están sufriendo decadencias. La crisis es la apendicitis. La decadencia es la falta de médico.
En 1960, los estadunidenses tuvieron que afrontar la dificultad de elegir entre dos hombres de gran formato, como lo fueron Nixon y Kennedy. Pero, tan sólo cuatro años después, no veinte, sino tan sólo cuatro años, ese noble pueblo tuvo que acudir a las urnas para soportar el dolor de tener que elegir entre Johnson y Goldwater. Ya qué puedo decir cuando, en 2024, tuvieron que elegir entre Donald Trump y Kamala Harris. Pero, además del dolor, el de sufrir la humillación de la vergüenza porque si esos eran sus candidatos fue en virtud de que no había más de dónde sacarlos. El verdadero fondo del drama es que, en ese oscuro momento de su historia, esos eran lo mejor que tenían.
Hubo dos décadas en las que coexistieron los mencionados Kennedy y Nixon, además de Winston Churchill, Charles de Gaulle, Konrad Adenauer, Nikita Kruschev, Mao Tse-Tung, Zhou Enlai, Jawaharlal Nehru, Gamal Abdel Nasser y Adolfo López Mateos.
Es por eso que a muchos hombres y mujeres de mi generación casi nadie nos puede asombrar ni nos puede deslumbrar. Hemos visto lo transitorio del poder político, que siempre dura menos que los hombres. Hemos sabido de la impostura del poder político cuando no es grandioso sino cuando, simplemente, es grandote.
Me acomete el temor de una decadencia y ya no sólo de una crisis. Ello porque, hoy más que antes, muchos jóvenes no quieren ser políticos ni saber nada de la política. No encuentran a quién admirar, a quién imitar, ni de quién aprender. Consideran que muchos políticos son estúpidos, cobardes, traicioneros, perversos y rateros. Y todavía no encuentro alguna razón para rebatirlos.
Así las cosas, el futuro se adivina sin políticos de calidad y, entonces, ante esa carencia, los países se entregarán a quien esté disponible. Sería tan grave que, ante eso, de poco nos serviría la república, la democracia, la Constitución y todos nuestros grandes inventos políticos. En los países donde no hay médicos ni abogados ni políticos, nos opera, nos defiende y nos gobierna tan sólo quien caiga.
El tiempo histórico no es línea recta ni la vida tiene palabra de honor. Casi siempre promete, pero no necesariamente nos cumple. Mucho deseo que la historia futura no registre nuestro tiempo político como el del paso de una crisis sistémica hacia una decadencia bárbara. El del tránsito hacia una edad media de alta tecnología.
