Constitución y universidad

La mexicana es la Constitución con el mayor número de garantías. Pero sin control de constitucionalidad, el gobernado queda al capricho del gobernante. Cuando el control constitucional se contamina de poder político ocurre una metástasis que me he permitido denominar como lexoma o cáncer en el sistema de justicia

Me honró la invitación para clausurar un importante seminario constitucional organizado por la UNAM. Les agradezco a Sonia Venegas, a Rodrigo Brito y a José Luis López Chavarría. Con las tesis allí expuestas, una vez más se demuestra que nuestra universidad ha sido en el pasado, lo es en el presente y lo será en el futuro el cerebro de la nación. Nada más, pero nada menos.

La mexicana es la Constitución con el mayor número de garantías. Pero sin control de constitucionalidad, el gobernado queda al capricho del gobernante. Cuando el control constitucional se contamina de poder político ocurre una metástasis que me he permitido denominar como lexoma o cáncer en el sistema de justicia.

Ya Voltaire decía que mientras más obedezcamos las leyes, menos tendremos que obedecer a los gobernantes, y nosotros podemos agregar que mientras los gobernantes más obedezcan la Constitución que juraron respetar, menos tendrán que engañar a los pueblos que juraron servir.

El más importante de todos los derechos es el derecho a defender nuestros derechos. Cuando se pierde ese derecho, se han perdido todos los demás. En un mundo civilizado, no debe existir ningún ser humano tan poderoso que tenga todos los derechos. Y no debe existir un ser humano tan débil que no tenga algún derecho. El diagnóstico infalible de una civilización tan sólo contiene dos axiomas. Dime cuántos derechos tiene el ciudadano y te diré qué puedes. Dime cuántos derechos tiene el gobernante y te diré qué esperes.

En la vida política civilizada hay juegos prohibidos, hay juguetes indebidos y hay jugadores proscritos. No se juega con la Constitución Política, como lo hizo Victoriano Huerta. No se juega con la Suprema Corte, como lo hicieron los petroleros extranjeros. No se juega con las elecciones, como lo hizo Porfirio Díaz.

Hoy, el arrebato nos sugiere que ya no hay centralistas y todos somos federalistas. Que hemos llegado a la práctica del federalismo como los estadunidenses. Que nos complace que los congresos locales legislen como quieran en materia de secuestro, de aborto o de divorcio sin pedir permiso a nadie. Que el federalismo simulado de antes hoy sea un federalismo real y verdadero.

Pero la prudencia nos advierte que, todavía, hay quienes proponen los mandos únicos, las legislaciones uniformes, el modelo idéntico o que los gobiernos federados se conviertan en delegaciones federales.

Así, en ocasiones, el frenesí nos insinúa que ya no hay absolutistas y que todos somos demócratas. Que hemos arribado a la práctica democrática de los franceses. Que nos satisface el pluralismo ideológico, el pluripartidismo electoral y la convivencia tolerante.

Pero la mesura nos avisa que, todavía, hay quienes postulan la reducción congresional. Que reniegan de las elecciones carísimas, olvidándose de que la democracia es cara, pero la dictadura es barata o hasta gratuita. O que acusan que la gobernabilidad presidencial sufre y fracasa a diario por culpa del contrapeso oposicional.

Así, también, la ilusión nos inspira que ya no hay déspotas dictadores y que hemos alcanzado la práctica liberal de los ingleses. Que nos embelesa el constitucionalismo, el garantismo, el respeto del gobernante hacia el gobernado, la evolución del sistema de amparo, la transigencia con las ideas de todos o la tolerancia con las preferencias de cada cual.

Pero la sensatez nos anuncia que, todavía, hay quienes solicitan el ajusticiamiento sumario, el interrogatorio con tortura, la supresión del amparo, la militarización de la policía, la centinelización de la justicia o la gendarmización de la política.

Todo esto no tiene monopolio. Lo hemos sufrido con varios partidos y con varios gobernantes. La Constitución Política no ha tenido partido ni sexenio que la defienda. Le ha ido bien o mal, según su mera suerte. Solamente la defendemos los templarios de la Constitución. Y nadie más. Ojalá que, además de protegerla, también podamos salvarla.

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