Charlatanes, chapuceros y charlots
Los gobernantes mienten por tres principales motivos. El primero es para ocultar una verdad que les repugna o que les avergüenza. Estos se llaman cínicos. El segundo es porque su mente les confunde la verdad con la fantasía. Estos se llaman dementes. El tercero es porque su propia gente los ha engañado sobre la verdad. Estos se llaman pendejos.
Los tiempos electorales nos obligan a recordar el pasado, a prevenir el futuro y a analizar el presente. Mientras más fina sea nuestra memoria, mientras más potente sea nuestra visión y mientras más valiente sea nuestro diagnóstico, más infalible será nuestro acierto.
Los gobernantes mienten por tres principales motivos. El primero es para ocultar una verdad que les repugna o que les avergüenza. Estos se llaman cínicos. El segundo es porque su mente les confunde la verdad con la fantasía. Estos se llaman dementes. El tercero es porque su propia gente los ha engañado sobre la verdad. Estos se llaman pendejos.
En mis edades muy tempranas leí el Mirabeau, de José Ortega y Gasset. Diez años después leí La estrategia del engaño, de Jeane Kirkpatrick. Hoy me doy cuenta de que fui afortunado de haberlas leído en ese orden y con esa distancia.
Mi profesión, mi vocación y mi ocupación forzaron que me convirtiera en un detector de mentiras. En la abogacía y en la política se trabaja con muchas personas que mienten. Por añadidura, varios sexenios fui el jefe de la procuración y de la investigación. Allí me quisieron engañar muchos acusadores y muchos defensores, muchos delincuentes y muchas víctimas, muchos fiscales y muchos policías, muchos testigos y muchos metiches.
Para mi fortuna, no pudieron, pero todos ellos me equiparon para que hoy sea casi imposible que me engañen ni siquiera los presidentes, sobre todo cuando hablan de mis temas. Advertí lo insoportable que es la mentira torpe y fodonga. La que distingue a un cuentista genial de un merolico estúpido.
Hay dos maneras de asumir la realidad política. O enfrentando con valentía o mintiendo con cobardía. Cada quien escoge y cada quien paga. Enfrentar es caro, pero mentir no es gratis. Por eso se necesita seguir un protocolo de seis rituales muy recomendables.
Lo primero es que no se confiese la mentira. El mentiroso triunfante debe pagar el precio de la absoluta discreción y de la renuncia a la glorificación de su victoria. Lo segundo es que la mentira no se comparta. Lo mejor es que no existan cómplices o que sean los menos posibles y que ellos no sepan toda la verdad ni toda la mentira.
Lo tercero consiste en que la mentira no se le olvide a su autor. Los mentirosos desmemoriados siempre nos llevan, primero, a la risa y, después, a la lástima. Lo cuarto se refiere a que la mentira no se la crea su autor. Que no prometa y luego se ilusione. Que no amenace y luego se asuste. Que no invente y luego se engañe.
Lo quinto es que no se mienta sin experiencia. Que no se intente sin ya haber ensayado los embustes o sin conocer la inteligencia de las víctimas. Lo sexto es que no se mienta con soberbia. Que no creamos que nosotros somos los más inteligentes y que los otros son puros imbéciles.
Ningún gobernante ha sido mentiroso ni sincero perpetuo, sino alternativo. Del pasado remoto nos dijeron que íbamos a ser la segunda potencia, junto con Estados Unidos. Que le prestaríamos dinero a Europa si lo pagaran en pesos porque no aceptaríamos euros. Que Estados Unidos necesita más a México que México a Estados Unidos. Que hay narcotráfico porque hay adictos. Que hay corruptos porque hay ofrecidos.
De más reciente tenemos que el Metro se cayó por falta de tornillos. Que la Megafarmacia será la más grande del planeta. Que está muy bien nuestra seguridad. Que hicimos un gran aeropuerto. Que tenemos el mejor sistema de salud. Que se acabó la corrupción. Que se ha respetado como nunca la majestad de la Constitución.
Para el futuro nos pueden decir que el agua huele mal, pero que está muy buena; que el pasado tiene la culpa de todo, que el presente está limpio a plenitud, que pondremos astronautas mexicanos en la Luna y que recuperaremos Texas en menos de un sexenio.
La mentira es como el color. No tiene forma propia y se materializa siempre en una promesa de campaña, en una disculpa de gobierno o en una calumnia de impostor.
