Cáncer en los sistemas de poder

En la realidad, el poder político siempre es relativo. Por ejemplo, la mayoría sirve para ganar elecciones, pero no sirve para otra triste cosa. Porque con la mayoría no se logra salvar la quiebra de Pemex ni proteger el T-MEC ni eliminar la delincuencia ni aumentar la inversión

En dos libros sobre teoría del poder, publicados en 2006 y 2017, denominé “cratoma” a un cáncer en los sistemas de poder, que proviene de muchas causas desconocidas, pero que concluye en ingobernabilidad incurable, progresiva y terminal.

Con los ojos de la democracia vemos que hay revoluciones originadas porque no hay elecciones, pero hubo otras originadas porque sí hubo elecciones, como México 1910 y EU 1861. Con los ojos del constitucionalismo vemos que hay guerras porque se derribó una constitución, como México en 1913, y otras porque se expidió una constitución, como México en 1858.

Incluso, si lo vemos como poder político, algunas sociedades estallaron para derribar la monarquía y fundar la república y otras por derrumbar a la república y entronizar a la monarquía. Hubo muchas por absolutismo de poder y otras tantas por poderes separados.

La ambivalencia está presente en todo. La velocidad salva en las ambulancias y mata en los borrachos. Las armas salvan en los guardias y matan en los criminales. La abogacía, la medicina y la política pueden salvar en las manos de los elegidos o pueden hundir en las manos de los perdidos.

Algo similar sucede con la ingobernabilidad, la cual es un síntoma, pero no es la verdadera enfermedad ni la causa patógena.

No se puede curar el cáncer si no se conoce la naturaleza y el funcionamiento de la célula. No se puede practicar la política si no se conoce la anatomía, la fisiología, la patología y la terapéutica del poder. Del poder como ciencia exacta y no como chacota de cantina.

Sin ánimo de asustar a mis lectores, les diré que los humanos aún no sabemos ni siquiera cómo medir el poder político. Eso equivale al tiempo anterior a la invención del termómetro o del baumanómetro. En conocimiento del poder estamos retrasados como 400 años. Por favor, no se asusten.

Por eso, en las sobremesas frecuentemente surgen las cuestiones más cotidianas, como que si manda la Presidenta o el expresidente. Si mandan los gobiernos o los cárteles. Si manda Trump o Musk. Pero casi nunca tenemos en claro que los presidentes priistas fueron los hombres más poderosos en toda la historia de México, por encima de los emperadores aztecas o de los reyes españoles. Desde luego, más poderosos que cualquiera de los dictadores latinoamericanos.

Y, entonces, de inmediato surgen algunas preguntas obligatorias que solamente podrán resolver la historia y la ciencia política. ¿Ese enorme poder político fue bueno o fue malo? ¿Los mexicanos quisieran que regresaran esos tiempos o mejor que ni los recordáramos jamás? Tendremos que contestarnos con harta franqueza.

El más poderoso no es el que gobierna sin constitución, sin oposición, sin equilibrios, sin contrapesos y sin pueblo. Ese es, cuando mucho, un dictadorzuelo, como Trujillo. El más poderoso es el que tiene de su lado al pueblo, a los opositores, a los comunicadores, a los contrapesos y, de paso, a la constitución. Ese es, cuando menos, un estadista, como Roosevelt.

En la realidad, el poder político siempre es relativo. Por ejemplo, la mayoría sirve para ganar elecciones, pero no sirve para otra triste cosa. Porque con la mayoría no se logra salvar la quiebra de Pemex ni proteger el T-MEC ni eliminar la delincuencia ni aumentar la inversión. ¡Vamos!, con todos los votos no se logra ni siquiera reparar los baches. Eso es una muestra de la relatividad del poder político.

El poder absoluto es tan sólo una abstracción ideal que yo he expresado con una fórmula algebraica, pero sin ejemplos reales. Los libros míos que mencioné al principio fueron auspiciados por muy prestigiadas universidades mexicanas y extranjeras. Pero lo curioso es que los tres gobiernos mexicanos de ese tiempo ni idea tuvieron de ellos, no obstante que los puse en sus manos.

Lo diré directo y sin terciopelos. O nos tomamos en serio el asunto del poder o terminaremos como lo están pasando en Estados Unidos, en Europa y en la América Latina.

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