Averiguando en las cajas negras
Como en los siniestros de aviación, es necesario buscar las cajas negras que permitan saber lo que pasó y qué fue lo que lo provocó. Porque está claro que puede servirnos saber lo que lo provocó. Para repetir lo que tenga de bueno. Para evitar lo que haya que prevenir. Para lograr un diagnóstico consistente que les permita hacer lo necesario para el futuro
Decían los clásicos que las tres mejores maestras han sido la imitación, la victoria y la derrota. Creo que tenían mucha razón. La vida me lo ha confirmado no sólo en lo que he vivido sino, sobre todo, en lo que he visto en la vida de otros.
La victoria es una maestra barata, pero engañosa. Nos otorga los placeres del triunfo. No exige mayor sufrimiento ni aplicación. Es bella y es seductora, pero es mentirosa. Casi siempre trata de convencernos de que ha llegado a nosotros por nuestros méritos y no por nuestros sacrificios. Casi siempre logra engañarnos con que nos la merecemos y no que nos la ganamos. Así las cosas, nunca revela la razón de nuestro triunfo ni, mucho menos, los motivos del fracaso ajeno. Es complaciente, pero no maestra.
Por eso es necesario para que los triunfadores sepan lo que aconteció y cómo se generó. Les sería provechoso encontrar y revisar su caja negra porque no es seguro que cuenten con una cabal explicación de las razones de su éxito, que les permitiera capitalizarlo y preservarlo para el porvenir.
Se trató de un triunfo cuyos números lo hacen indiscutible. Pero, ¿cuántos de ese acopio votaron a favor de ellos o cuántos votaron en contra de los otros? ¿Cuáles son los tamaños reales que la hacen una victoria propia y cuáles son los que la hacen una victoria prestada? De ello dependerán los tiempos de la tolerancia y de la paciencia que les brinde la ciudadanía.
Y es que la democracia es impaciente y es intolerante. Y es mayor su impaciencia y su intolerancia mientras mejor esté instalada la democracia. El ciudadano solamente tiene un látigo de castigo o de venganza y se llama boleta electoral. Y el ciudadano mexicano ya aprendió a usar esa cuarta y a fustigar con ella.
Si a Winston Churchill y a Charles de Gaulle los azotaron con el látigo del rechazo electoral, es una muestra de lo
que digo. Si en los Estados Unidos, otra democracia bien cimentada, en casi todo un siglo siempre han decidido que sus presidentes le entreguen la Casa Blanca al otro partido, con una sola excepción, en 1988. Y, en México, al cimentarse la democracia actual, en las 3 últimas elecciones han triunfado 3 partidos distintos.
Los vencedores deben ser muy humildes, porque los éxitos de su gobierno no se alcanzan con la pura Presidencia ni con el puro Congreso ni con el puro sexenio. La inseguridad, la corrupción, el mini desarrollo, la pobreza y la desigualdad no se destruyen con una ley, aunque la apruebe 90% de los legisladores ni se remiten en un solo sexenio, aunque dure seis años.
No vaya a ser que los que votaron en contra de los otros den por cancelado su bono el 2 de diciembre porque ya se fueron aquellos y no esperan más de los nuevos. Y que 54% se convierta en 27% en un solo día. Y ya toleren poco y esperen pronto.
Por último, está la mejor maestra, pero la más cara. La que cobra más que Harvard, Columbia y Georgetown
juntas, pero que enseña más que todas ellas. La derrota es quien más puede enseñarnos, pero quien cobra con nuestro sufrimiento, nuestro dolor, nuestra humillación y, a veces, hasta con nuestra vergüenza.
Pero el que aprovecha sus clases se coloca en el camino de la victoria. Para ello hay dos reglas ineludibles. La primera es saber quién nos venció. La segunda es saber por qué nos venció. Pareciera infantil este sistema, pero no lo es tanto.
Los seis partidos derrotados tendrán que reconocer que la ciudadanía estaba harta de ellos. Que sus ostentaciones fueron humillantes, que sus raterías fueron imperdonables, que sus soberbias fueron intolerables, que sus frivolidades fueron intragables y que sus ineptitudes fueron irreparables. Esto lo pagaron, también, los candidatos decentes y honorables, quienes recibieron la azotaina propinada a sus organizaciones. Cierto que hay funcionarios que no medran y que no yerran, pero una boleta electoral es muy pobre instrumental para distinguir a unos de otros.
Los partidos y los sistemas derrotados deberán comenzar por aceptar la dolorosa realidad de que el voto que los largó del poder no fue un voto ni injusto ni inmerecido. Sembraron y cosecharon. Sin la madurez para digerir eso, no tendrán futuro alguno.
En la política real, la alegría de la victoria y la tristeza de la derrota son dos impostoras de paso. Se van muy pronto. Ni la una ni la otra son para siempre. Dos o tres días de fiesta o de duelo y de nuevo a lo serio. En la política, la victoria y la derrota son mujeres públicas. Son de todos y de nadie.
