Aristóteles y Kelsen en el caribe

Mucho agradezco a Aristóteles, quien nos enseño a pensar, y a Descartes, quien nos enseñó a dudar. La mejor posición de quien nada aporta es la de abstenerse de comentario, sobre todo aquellos Estados que tienen relación diplomática con ambos interesados.

Para Marcela y Olegario Vázquez Aldir, en esta mala hora.

                

 

Mis reflexiones preliminares publicadas en Excélsior esta semana me inducen a resolver algunos dédalos. Uno de ellos es muy sencillo en su premisa y muy complicado en su conclusión. La premisa es, o aceptamos que las constituciones son supremas o consideramos que no lo son. Para ayudarme, invité a Aristóteles de Estagira, padre del razonamiento lógico. y a Hans Kelsen, padre del positivismo jurídico.

Para Kelsen, la constitución es suprema o no es constitución. Es la base y la cúspide de lo jurídico. Los que así lo aceptamos, nos aguantamos el encontronazo de leyes o, dicho con buen léxico jurídico, el conflicto de normas. Para Aristóteles, o aceptamos que dos leyes soberanas se contraponen o resolvemos que no hay leyes soberanas en ningún país.

Algunos nos dirían que los extranjeros no pueden violar el territorio de Venezuela. Otros nos dirían que los extranjeros no pueden violar la ley de Estados Unidos. Y ambos se contradicen, pero no se contraponen porque ese territorio venezolano y esa ley estadunidense son soberanos, por ley de ellos mismos.

La verdadera soberanía es la jurídica. Las dizque soberanías territorial, económica, energética, alimentaria, cultural y otras cien fueron alias inventados para referirse a la autosuficiencia o a la exclusividad, no realmente a la soberanía.

En estricto sentido, no hay una constitución superior a otra. Sostener lo contrario es negar la igualdad jurídica de los Estados que está consagrada en nuestra constitución y creemos en ella. Bajo este criterio, ni la constitución de Estados Unidos ni la de Venezuela tienen supremacía jurídica sobre la otra.

Entonces, sólo queda una solución que parece de trogloditas, pero es de alta juridicidad. Prevalece la ley de quien la pueda aplicar. La ley del impotente no es ley. Tengamos mucho cuidado con las altas impunidades.

En el mismo tenor, en mi criterio no vale invocar las normas de la ONU o de la OEA. Eso sería considerar la norma internacional por encima de la supremacía de las constituciones de los países. Si lo aceptáramos, negaríamos la soberanía jurídica de todos los países del mundo. Pero, más allá de todo concepto clásico, lo cierto es que la soberanía se compone de dos elementos indispensables. La supremacía y la independencia. Aquélla concierne a lo interior y la segunda se refiere a lo exterior.

México no inventó, pero patentó los principios de autodeterminación y no intervención. Lo hizo Adolfo López Mateos en los años 60. Fue una inteligente diplomacia extrusiva. Tú no te metas conmigo y yo no me meto con nadie. Nos protegió y nos ayudó. Así, apoyamos a Cuba sin pelear con Estados Unidos y, así, apoyamos a Estados Unidos sin pelear con Rusia.

Más tarde, Luis Echeverría giró hacia la intrusión, en el asunto chileno del 73. López Portillo fue sensato en lo de Irán y Miguel de la Madrid en lo de Nicaragua. Ambos ayudaron y no regañaron. De Salinas a Peña seguimos nuestros cánones. AMLO regresó al echeverrismo y lo potencializó. Mucha intrusión con los otros y la recíproca intrusión de los otros. Ahora no sé que pasará porque no soy adivino, simplemente abogado y político.

Son estos los tiempos en los que resulta poco clara la soberanía. Ha ido perdiendo nitidez la concepción y la práctica. Por eso, estos ejercicios nos vienen a refrescar lo ya olvidado. Mucho agradezco a Aristóteles, quien nos enseño a pensar, y a Descartes, quien nos enseñó a dudar. La mejor posición de quien nada aporta es la de abstenerse de comentario, sobre todo aquellos Estados que tienen relación diplomática con ambos interesados.

Esto es juridicidad pura y pretendo apartarla de ideologías o de intereses, aunque yo los tenga y respete los ajenos. Pero ése no es el quid del caso. Ya he escuchado a muchos gobernantes de varios países hablar como dueños absolutos de la verdad. Ellos consideran que así hablaba Zaratustra. Esto es un drama, no una guasa.

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